domingo, 23 de mayo de 2010

Cuarta parte: HOMOFOBIA: PATOLOGÍA Y AGENTE PATÓGENO

HOMOFOBIA: NARRACIÓN Y DISCURSO

Desde la perspectiva de la Antropología del Comportamiento, también cabe pensar la homofobia como narración del otro y como discurso interiorizado (del otro y de uno mismo). Narración y discurso que configuran una amplia gama de actitudes (tanto individual como colectiva y social) en las que subyacen, además del miedo irracional (que le da nombre al fenómeno), sentimientos y sensaciones de amenaza, inseguridad, fragilidad, peligro...

La homofobia es una narración compleja que arrastra, a un tiempo, una historia personal, grupal y social, y deriva en un discurso plural (y con frecuencia contradictorio) que deviene en maneras de construir, percibir y comprender al otro (y por extensión, al mundo) desde una perspectiva ilusioria y canónica: miradas y explicaciones centralizadas en la noción de una sexualidad genésica (o potencialmente genésica); perspectiva fundamentalista que torna hegemónica una mirada y una política sexuales no sólo falocentristas y hembristas, sino heterocéntricas.

A partir de creencias y de un imaginario genésico (determinista de la sexualidad), la homofobia parte de… y construye narraciones/discursos definitorios y explicativos sobre la homosexualidad, que dan lugar a un discurso afectivo que se interioriza en el proceso de socialización del sujeto social. La homofobia, por consiguiente, se sustenta en construcciones parcelarias que, vía juicios morales, ideológicos, médicos, etc. y opiniones, acciones y emociones individuales y grupales, delinean y promueven confrontaciones, distanciamientos y desgarros en las siempre paradójicas relaciones, interacciones y retroacciones entre los sujetos, y entre éstos y las instituciones sociales, como la familia, la iglesia, la ley... Así, la homofobia media y matiza, por extensión, otras nociones y categorías sociales, tales como “moralidad”, “ética”, “justicia”, “legalidad”, “salud”, “bienestar”, etc. Es por ello, que Didier Eribon sostiene que:

“Hay que analizar el discurso homófobo como un sistema general de enunciación, instauración y legitimización de las jerarquías, discriminaciones y desigualdades.” (Eribon, D. [2000:59] Identidades, Edicions Bellaterra, Barcelona.


Como fenómeno y actitud, como narración y discurso, la homofobia atraviesa e impregna el vivir y las experiencias, tanto del hombre y la mujer heterosexuales como del hombre y la mujer homosexuales (incluyendo a bisexuales y a aquellos a los que se ha dado en llamar ―para bien o para mal― transgéneros); y afecta a todos ellos (si bien de manera distinta), en la medida en que perturba (desde afuera e incrustándose en el adentro) la autoestima y la posible convivencia entre unos y otros. El homófono se siente alterado (cuando no agredido) ante la presencia (real o imaginada) de todo aquello que él significa como homosexual y reacciona en su contra, tanto como el homosexual se siente alterado por lo que significa como acción, opinión o situación que lo afecta en lo más íntimo de sus emociones sexo-afectivas o eróticas. Sirvan de ejemplo de ello dos fragmentos testimoniales; el primero es de un hombre que se asume y acepta homosexual:


…yo de niño aprendí a odiar a los maricones, a los jotos; aprendí a expresarme de ellos con burlas, insultos y risas, aprendí a no soportarlos y agredirlos, sin saber realmente quiénes eran y qué era “ser maricón”. Aprendí a despreciar y a temerle a algo abstracto. No manifestar rechazo y odio a “eso”, era serlo, y serlo era no ser hombre, ser cobarde, ser como las niñas, ser débil. Años después supe que “los maricas” eran hombres que sentían lo que yo, que les atraían más los chicos que las chicas. Antes de saber quién era yo mismo, aprendí a odiarme…

El segundo fragmento, corresponde a un hombre heterosexual:

…recuerdo que en la primaria un grupo de amigos organizamos todo un plan para darle una golpiza al maricón de la clase, porque no tenía derecho a sentarse junto a uno de nosotros. Era un niño fuerte y alto, pero que no le gustaba jugar al futbol ni le entraba a las peleas; y sólo por eso pensábamos que era un joto despreciable. Hoy reconozco que ignorábamos qué sentía él, en qué pensaba, porqué no le gustaban nuestros juegos… no sabíamos realmente qué era la homosexualidad; sólo “sabíamos” que si uno era un hombre, su deber era acabar con los putos que no lo eran, sin ser verdaderas mujeres…


La homofobia no se produce, pues, en el momento mismo del encuentro de las diferencias, sino que lo precede; incluso precede a los individuos. Antes de nacer y de reconocerse el individuo como heterosexual u homosexual (según el caso), la homofobia ambienta los espacios y las posibilidades de sus posibles encuentros con los otros, por lo que nos convierte a todos en entes casi abstractos (incluso para nosotros mismos) y atemorizados (incluso de nosotros mismos), y en consecuencia, nos dispone y condiciona (prepara) para enfrentarnos socialmente a heterosexuales y homosexuales como opuestos y antagonistas... inmersos en un escenario propicio para la violencia y el trastorno emocional. Andrew Sullivan lo recuerda al decir:


“Habíamos aprendido los mecanismos de hostilidad hacia la homosexualidad antes de tener la más mínima noción de a lo que se referían.” (Sullivan, A. [1999:18] Prácticamente normal, Alba Editorial, Barcelona.)

Así, la homofobia es una narración del otro que impronta anímicamente al individuo en su construcción como sujeto, y que lo predispone (cuando no condiciona) una manera de ver y de sentirse visto, que prefigura una consciencia de uno mismo y un conciencia social constructoras de un discurso y de numerosas reacciones y respuestas; mismas que finalmente sustentan una frágil, violenta y morbosa red de relaciones, en la que subyacen rechazos y reclamos en relación a los deseos, las imágenes y las vivencias tanto hetero como homoeróticas. Las primeras (que no necesariamente anteriores), instituidas como deseables, naturales, legítimas y privilegiadas (pero que se sienten amenazadas por la diferencia), y las segundas tenidas como blanco de injurias, desprecios, rechazos, desigualdades y persecuciones (y por lo mismo, igualmente amenazadas). Todo ello, en más de un sentido, cualifica a la homofobia como trastorno emocional y agente trastornador de las imágenes del soy y el eres… y por extensión, de las construcciones identitarias de unos (los/las heterosexuales) y otros (los/las homosexuales y bisexuales).

La penetración de la homofobia resulta tan profunda, que ninguno de los actores (protagonistas y antagonistas) escapa a sus efectos, por lo que deviene en vivencia y experiencia compartida; y aunque las historias personales, en uno y otro caso, deriven en reacciones, movimientos y percepciones diferentes, paradójicamente comparten sensaciones, sentimientos y pasiones violentas y enfermizas. Al respecto, Guy Hocquenghem apunta:

“El discurso de la sociedad sobre la homosexualidad, interiorizado por el homosexual, es el fruto de la paranoia que un modo dominante de la sexualidad, la heterosexualidad familiar reproductora, utiliza para expresar su angustia frente a las formas siempre renacientes de los modos sexuales eliminados.” (Hocquenghem, G. (1974:18) Homosexualidad y Sociedad Represiva, Granica Editor, Buenos Aires.)

Es por ello, que hay que pensar la homofobia no sólo como acción (conducta) dirigida de “A” hacia “B” (sean “A” y “B” individuos, grupos homosexuales o el correspondiente sector poblacional). La homofobia, antes que confrontación directa entre individuos, es fuente y ciclorama de una diversidad de conflictos psico-afectivos y socio-culturales que se expresan tanto en el sujeto para sí como del sujeto hacia y para los otros, fracturando las posibilidades de un nosotros. En ese sentido, como cualquier trastorno (y cualquier enfermedad) se significa como desorganizante, en la medida en que impide la estabilidad sistémica de la endogenia (organismo) frente a su exogenia (entorno).


La homofobia cabe pensarla, tratarla y comprenderla, por consiguiente, como patología que, en un bucle recursivo y dialógico deviene en agente patologizante: es expresión de miedos obsesivos, y provocadora de obsesionantes miedos. Las maneras de expresarse el conflicto entre el homófono (u homófona) y el/la homosexual o bisexual, van desde los rechazos (incluso sutiles, disimulados o indirectos, tal vez ni siquiera asumidos o reconocidos) y las injurias y ataques crudos, duros y directos, hasta las vergüenzas y las culpas que pueden dar lugar a serios deteriores de la auto-imagen y la auto-estima… en otras palabras: de la autonomía del individuo como sujeto-social y como sujeto-a-lo-social. Al respecto, y reflexionando en concreto sobre el peso, los significados y alcances de la injuria y la ambientación homófobas de… y en el espacio/orden social, a través de un ejemplo concreto y actual que mueve a debates acalorados [el reconocimiento legal de las parejas homosexuales], el mismo Didier Eribon apunta:

“...la injuria homófoba se inscribe en un continuum que va de la palabra proferida en la calle [...] pasando por las palabras que están implícitamente escritas sobre la puerta de la sala de matrimonios de los juzgados: ‘Prohibido a los homosexuales’; las prácticas profesionales de los juristas que inscriben esta prohibición en el derecho y hasta los discursos de todos los que justifican estas discriminaciones en artículos que se presentan como elaboraciones intelectuales (filosóficas, sociológicas, antropológicas, psicoanalíticas, etc.) [...] no son sino discursos pseudo eruditos destinados a perpetuar el orden no igualitario, reinstaurarlo, ya sea invocando a la naturaleza o a la cultura, a la ley divina o a las leyes de un orden simbólico inmemorial. Todos estos discursos son actos, y actos de estricta violencia.” (Eribon, D. [2000:59] Identidades, Edicions Bellaterra, Barcelona.)

La homofobia, como afirma Eribon, muchas veces se expresa de manera incluso retórica, pero siempre se experimenta, por un lado, como ataque físico y directo, como discriminación social, y por otro, como ansiedad, como estado vigilante que deriva en violencia y aislamiento social, en persecución e internamiento en cárceles y hospitales o incluso asesinatos, así como en recriminaciones, arrepentimientos, culpabilización, introspección, mutismo, miedo (incluso pánico), desconfianza, inseguridad, neurosis y suicidios. Consecuentemente, hay que abordar y tratar el fenómeno de la homofobia en términos de agente promotor de emergencias y cualidades comportamentales, mismas que penetran y atraviesan a los sujetos sociales, modelando y mediando identidades, emociones, desempeño social, formas y estilos de vida.

domingo, 16 de mayo de 2010

Tercera parte: HOMOFOBIA: PATOLOGÍA Y AGENTE PATÓGENO


A diferencia de otro tipo de fobias, la homofobia termina por afectar, en primera instancia y de manera inmediata, a aquello que, más que provocarla, la desencadena en el homófobo: la homosexualidad; al tiempo que se incrusta en todos y cada uno de los individuos-sociedad-especie (las endogenias), a manera de cualidad responsiva, vía radiaciones psico-afectivas, matizando y texturizando los componentes bio-sociales y socio-culturales de sus exogenias (entornos). De hecho, a modo de boomerang la homofobia se redirecciona y resemantiza como agente patógeno que genera, tanto en los individuos heterosexuales como en los homosexuales y bisexuales, estados emocionales alterados; mismos que derivan en un amplio abanico de respuestas sociales en las que subyacen el rechazo, el desprecio y el acoso, la injuria, la devaluación, la opresión-represión y la persecución de lo que se signa (ve y califica) como homosexual u homoerotico (vivencia y experiencia comportamental).


Hoy por hoy, en el seno de gran parte de las academias médicas, la idea de ver a la homofobia como patología es casi de inmediato rechazada, en la medida en que, reconocerla como padecimiento psicológico supone reconocer que, por lo menos en el contexto occidental, se trata de una verdadera pandemia que subyace en el discurso mismo del hacer médico y, a mayor escala, del orden social heterocentrista. Se discuta o no la validez gramatical o lingüística de la palabra“homofobia”, hoy por hoy, es una voz que da presencia a un hecho, a una construcción social; una palabra que no es inocua (o neutra), pues como apunta Didier Eribon:


“El lenguaje nunca es neutral, y los actos de nominación tienen efectos sociales: definen imágenes y representaciones.” (Eribon, D. [2001:23] Reflexiones sobre la Cuestión Gay, Editorial Anagrama, Barcelona).


“Homofobia”, como palabra, nombra algo cuyos contornos y contenidos quizás la rebasen, pero deviene en noción y concepto que da visibilidad y hace referencia a un fenómeno complejo, cuyos numerosos aspectos tanto biológicos y psicológicos como sociales y culturales (tanto históricos como biográficos) atraviesan y median el uso mismo del término. De hecho, ya desde la segunda mitad del siglo XIX y a lo largo de todo el XX, el reconocimiento del fenómeno discriminatorio obligó a intentar el estudio y la comprensión, tanto de los comportamientos homosexuales como de las tradiciones culturales que daban cuenta de tal realidad comportamental.


Hoy, se requieren estudios que no pasen por alto las cualidades, los rasgos y las formas de expresión del fenómeno, y que permitan detectar los ambientes y los procesos que genera la homofobia en el concierto-desconcierto socio-cultural en el que el animal humano se expresa, en términos de los impertativos comportamentales de agresividad, territorialidad, sexualidad e inquisitividad. Al hablar de la homofobia, se alude a cómo las imágenes creadas (incluyendo los estereotipos/caricaturas) en relación a la homosexualidad, afectan a los individuos adscritos (conscientes o no) a un grupo social en torno al cual se crea toda una mitología; una mitología relativa a los gustos, deseos, emociones, sensaciones y conductas sexo-eróticas de los individuos… despojándolos a éstos de su categoría (y de sus derechos) de sujetos sociales autónomos.



HOMOFOBIA: FENÓMENO DIVERSO


Por el amplio cuadro de prejuicios e ignorancias que sobrevuelan las maneras de ver (e incluso de vivirse) la homosexualidad, la homofobia necesitamos pensarla y trabajarla -por lo menos desde la Antropología del Comportamiento- no sólo en función de las acciones (conductas y reacciones) que supone, sino como un plural fenómeno social diverso, y es necesario analizarla en términos de responsividad y de actitudes. Fenómeno que genera (provoca) respuestas y actitudes que devienen en la texturización de una mentalidad social (aunque no se quiera ver ni reconocer como problema), cuyas significaciones e implicaciones subyacen en numerosas leyes y reglamentaciones, en no pocos procedimientos administrativos y en la aplicación de la justicia, así como en no pocas políticas de seguridad y salud públicas; y de manera más que directa (no siempre evidente), en las políticas educativas y laborales, y en las lógicas y dinámicas de la vida cotidiana (intra y extrafamiliar).


Teniendo como punto de partida (y como substrato) la erotofobia, que supone una visión de rechazo a toda sexualidad que no se ajuste a una perspectiva heterosexual-genésica, en el contexto social la homofobia condiciona y matiza el devenir cotidiano no sólo del individuo homosexual (y por aproximación, de los bisexuales) sino también de los heterosexuales, vía el tratamiento que en el seno familiar, en las instituciones médicas y jurídicas, en los centros educativos, de trabajo y en los recreativos, en las Iglesias, en la prensa y en las instituciones deportivas y militares se les da a las personas por sus preferencias o conductas homoeróticas (o incluso, por su apariencia y sus maneras). Tratamientos no sólo discriminatorios sino también metaforizados que, en virtud de numerosas presiones morales y económicas, se ven intensificadas como reacción, por un lado, a la cada vez más abierta y extendida manifestación pública de los hombres y las mujeres homosexuales —a partir de la rebelión de Stonewall en Nueva York, en junio de 1969 y la posterior mundialización del OrgulloGay—, y por otro, a la emergencia epidemiológica del SIDA, a principios de los años ’80 (y hoy convertida en pandemia).


Al hablar de “homofobia” (o decir “homófobo”) se tiende a pensar en acciones concretas dirigidas a los homosexuales; como fenómeno unidireccional: A → B, sin tomar en cuenta (ni mucho menos reconocer) que tales acciones devienen en una pluralidad de relaciones y retroacciones dialógicas que, necesaria e inevitablemente, hunden sus raíces en maneras de ver, percibir, sentir y pensar sobre y respecto a las conductas homoeróticas y a los homosexuales como individuos. Maneras de ver, percibir, sentir y pensar que tienen una larga historia, pues, como atinadamente expresara José Joaquín Blanco:


“...la homosexualidad —como cualquier otra conducta sexual— no tiene esencia, sino historia. Y lo que se ve ahora de diferente en los homosexuales no es algo esencial de personas que eligen amar y coger con gente de su mismo sexo, sino propio de personas que escogen y/o son obligadas a inventarse una vida [...] en la periferia o en los sótanos clandestinos de la vida social”. (Blanco, J.J. [1981:183-184] “Ojos que da pánico soñar”, en: Función de Medianoche, Ediciones Era, México).


Desde una perspectiva simplista, que pretende explicar las dinámicas sociales y culturales en función de dos polos (heterosexual-homosexual, bueno-malo, sano-enfermo, virtud-pecado, lícito-ilícito…), la homofobia queda reducida a una explicación de causa→efecto, que supone un tensión entre dos partes confrontadas por sus pretendidas “esencias” (“naturaleza”, “sino” o “predisposición genética”). Se intenta, así, ocultar (o desatender) su complejidad como tensión retroactuante de... y en... un todo sin esencia, naturaleza o sino unívoco. Esta visión esquemática (y simplificante), por consiguiente, oculta el papel que la homofobia juega, por un lado, como escenario psico-afectivo de los sujetos sociales, y por otro, como dispositivo de acción de estos y de las instituciones. Actualmente, es imprescindible sustituir dicha perspectiva por otra que no evada la complejidad; una perspectiva desde la cual se piense la homofobia en términos de fenómeno plurívoco, de flujo de cualidades y de resonancias y que, contrariamente a lo que se suele pensar, no sólo afecta a los sujetos y grupos homosexuales, sino también a los individuos heterosexuales y a los grupos e instituciones que la avalan, sienten, promueven y ejercen la discriminación y la opresión-represión de la expresividad homosexual; produciéndose una dialógica retroactuante: causa ↔ efecto… la causa determina el efecto, que actúa sobre… y modifica la causa. Dialógica que provoca/produce lo que, en su momento, Fernando Savater denominó “una sociedad enferma” (Enríquez, J. R. (ed) [1978] El Homosexual ante la Sociedad Enferma, Tusquets Editor, Barcelona.)



Al abordar el estudio del fenómeno de la homofobia, tenemos que pensar más allá de lo inmediato y concebirlo en un doble plano sincrónico↔diacrónico, o lo que es lo mismo, pensarlo en términos de devenires y mentalidades históricas/ontogenéticas. Asimismo; es necesario pensarlo y tratarlo como generador y manifestación de una atmósfera social: la homofobia genera un ambiente y el ambiente genera expresiones de homofobia. Una atmófera-ambiente que orilla a ciertos individuos (a un sector de la población) a moverse y a resistir en la intimidad y en obscuridad social, frente a otro sector que, de manera pública y a plena luz, a su vez se resiente ante… y resiste… la presencia de seres que le generan un desánimo, individuos (y grupos) que percibe perturbadores/amenazantes; que siente le afectan directamente por el hecho mismo de existir, de formar parte de su contexto y de su dinámica social, que subvierte de alguna manera un orden que se quiere pensar (y se pretende) inamovible e inevitable… un fantaseado e ideologizado orden natural.


La homofobia, por consiguiente, deviene en caleidoscopio de opiniones y conductas, de presupuestos y reacciones psico-afectivas, de sensaciones, sentimientos y pasiones en las que subyacen la violencia y la parálisis de pánico, que alteran (afectan) tanto al emisor de las acciones y opiniones homófonas como a aquellos que son sus blancos/víctimas. Pese a lo que generalmente se piensa, el homófono (independientemente de su preferencia sexo-erótica) experimenta un trastorno emocional paralelo (aunque no necesariamente de la misma magnitud) al que experimenta el homosexual que se ve (y se siente) devaluado, cuando no abierta y violentamente perseguido… sea a través de acciones físicas directas contra su persona o mediante mofas, insultos o discriminaciones.


En tanto que fenómeno y abanico de respuestas y actitudes hacia unos otros torpemente definidos y tendenciosamente explicados, la homofobia genera un ambiente comportamental, vía la configuración social de una mentalidad o radiación psico-afectiva. En otras palabras, produce una atmósfera para la acción (o ecología de la acción) que impronta, modula y matiza aprendizajes, tanto en… y entre… los heterosexuales como en… y entre… los homosexuales. Un ambiente de rechazo/miedo, tanto del otro-diferente, como del yo-mismo. Tanto en heterosexuales como en homosexuales (y sin duda en los bisexuales), el ambiente emocional que facilita (cuando no crea) el sentimiento homófobo, mueve a idear diversas estrategias de sobrevivencia emocional que, por resonancia, modelan y modulan una pluralidad de reacciones y respuestas psico-afectivas que sobrevuelan (y van más allá de) un acto concreto y directo de una persona o institución respecto a otra persona o sector de la población.


Así, la homofobia es mucho más que la expresión de un rechazo circunstancial (momentáneo), más que una opinión de un desacuerdo o una sensación; se significa como patrón conductual que deviene en escenario y en disposición para una pluralidad de dinámicas de muy diverso corte; entre ellas, una violencia polimorfa que se expande y generaliza de manera borrosa (imprecisa) y tentacular. En consecuencia, cabe pensarla como agente disposicional y en emergencia de no pocos trastornos, incluso de cuadros patológicos (físicos y mentales) que, en más de un sentido, tornan disfuncionales tanto al sujeto homófobo como a sus víctimas. Genera en ambos (victimario y víctima), sensaciones y sentimientos de desconfianza y vulnerabilidad: la existencia y presencia del otro provoca desconcierto y descontrol, y desencadena irritación, ansiedad, depresión, etc.


jueves, 13 de mayo de 2010

Segunda parte: HOMOFOBIA: PATOLOGÍA Y AGENTE PATÓGENO

Muchas enfermedades han sido pensadas (y materializadas en un corpus médico) a partir de nociones que, más que sustentarse en aspectos biológico-funcionales o psiconeurológicos, por ejemplo, derivan de creencias, de supersticiones e ideologías, de una determinada y rígida (más que rigurosa) manera de concebir un orden social que deviene hegemónico. Un ejemplo histórico (y puntual) de ello, lo encontramos en la noción e imagen que se ha tenido (y se tiene) de la homosexualidad ⎯o de las conductas de tipo homosexual⎯, que de abominación y pecado (en tiempos bíblicos y hasta el siglo XVIII) pasó a ser vista y tenida como delito y finalmente (a partir del siglo XIX) concebida y tratada como enfermedad (psicopatología, en términos de Frafft-Ebing) o algo semejante (neurosis, desviación o detención del “normal desarrollo psico-sexual del individuo”, etc.). Concepciones de corte médico que, incluso hoy por hoy, subyacen en el ánimo social y, con frecuencia, en el discurso y tratamiento político (casi siempre con tintes religiosos) o académico, sin que ningún tipo de acercamiento al fenómeno (serio y riguroso, no permeado por valoraciones ideológicas de corte judeo-cristiano) sustente tales ideas, y menos aún, permita sostener afirmaciones de ese tipo y calibre, por lo que no sirven de base para las acciones de tipo terapéutico que absurda y fraudulentamente se proponen. No obstante, tal vez debiéramos reconocer que había un fondo de coherencia en tales construcciones ideológico-académicas, en la medida en que se piensa que es pecado, delito o enfermedad todo aquello que inquieta y altera al orden que rige y regula a los grupos sociales, porque ponen en duda (si no en entredicho) al mismo orden social hegemónico y, consecuentemente, pueden devenir en amenaza que mine sus cimientos... sin importar realmente que el fenómeno a considerar, en cuanto tal, perturbe o no al individuo y derive o no per se en un estado de no-bienestar.


Reconozcamos que las enfermedades son, en primera y última instancia, concepciones (nociones) sociales/culturales/lingüísticas, que subyacen en las maneras y posibilidades de ver, comprender y explicar al mundo (y a los yo, que cada uno de nosotros es, y al otro que son los demás), y no realmente constituyen realidades unívocas que necesariamente trastornan las maneras de vivir y vivirse como organismo. De ahí que la enfermedad y el padecer (sufrir) sean objeto de investigación antropológica de pleno derecho: forman parte constitutiva y significante del fenómeno humano (de nosotros como especie, como sociedad, como resultados de una historia socio-cultural y de innumerables biografías).


La enfermedad, más que el propio padecimiento, pertenece al universo de una realidad formal, por lo que, si bien es un innegable tipo de afección, siempre es, a la par, una significación sociocultural de una serie de eventos, situaciones, síntomas, signos y procesos endo-exogénicos. La noción misma de enfermedad ⎯y por tanto, de salud⎯, finalmente resulta altamente escurridiza, en la medida en que desborda a los individuos que viven los (posibles) trastornos que se le asocian; y los discursos médicos (sanitarios) de salud, se aferran y ajustan a nociones más o menos rígidas (quizás estrechas), buscando las más variadas explicaciones que permitan validar que algo pensado como enfermedad, lo sea, aunque realmente pueda no serlo.

Siguiendo con el ejemplo de la homosexualidad, cabe subrayar que no es hasta la década de los 70, cuando la Asociación Psiquiátrica Americana (APA) ―institución hegemónica― borra de la lista de trastornos mentales a la homosexualidad (en su DSM-III ), y hasta 1990, que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ―otra institución hegemónica― le hace eco... aunque el fantasma de la previa patologización persista hoy en día. La idea de la homosexualidad como enfermedad está fuertemente arraigada en el ánimo y en el pensar, tanto de muchos de los mismos homosexuales como de numerosos profesionales de la salud; y más aún en el resto de la población, que ha aprendido a temer a la homosexualidad tanto o más que a la legendaria peste medieval. Ello, deriva en un sin número de imaginarios sociales y de conductas colectivas en las que subyace el miedo a una explosión demográfica de homosexuales-amenaza; miedo acrecentado por las mitologías generadas a partir de la emergencia (e inmediata mitificación) del SIDA.

Esta historia de fantasías y miedos alimentados y matizados a lo largo del tiempo, en el contexto de las sociedades de tradiciones greco-latinas y judeo-cristianas, deriva en categorizaciones patologizantes y en prescripciones médicas en relación a la homosexualidad, que a su vez deviene en la generación de un trastorno psico-afectivo, que ni la APA ni la OMS han tenido a bien prestarle atención (por lo menos, no con la seriedad que amerita): la homofobia. Un trastorno emocional que, también en la década del setenta, ya George Weimberg reconocía y denunciaba como un trastorno psíquico que demandaba tratamiento psicológico, como una patología.

Desde la perspectiva de la Antropología del Comportamiento, es posible apoyar y defender la tesis de Weimberg. Independientemente de que se lleguen o no a precisar cuadros o patrones generalizables de las emociones y conductas de los homófobos, y que se discutan de una u otra manera posibles explicaciones (o incluso avales) de carácter ideológico, moral, político o legal para las reacciones y respuestas homófobas en una sociedad dada, podemos apuntar hacia una definición bastante precisa de este fenómeno, en términos de miedo irracional hacia la homosexualidad, hacia las conductas homosexuales y hacia los homosexuales. Lo que, incluso en el discurso médico hegemónico occidental debe verse (y tratarse) como un trastorno similar (en su estructura psíquica base) a la aracnofobia, la claustrofobia, la acrofobia o cualquier otra fobia... de ahí que el término homofobia acuñado por Weimberg (que puede ser discutido en términos lingüísticos), hace referencia a reacciones, actitudes y conductas no sólo permeadas por… sino emergentes de… un miedo no sólo irracional, sino persistente y obsesivo.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Primera parte:HOMOFOBIA: PATOLOGÍA Y AGENTE PATÓGENO




Por Luis Guillermo Juárez Martínez
(IMSS-Monterrey, N.L.)

y
Xabier Lizarraga Cruchaga
(Dirección de Antropología Física-INAH)






“El lenguaje opresivo hace algo más que representar violencia: es violencia.

Toni Morrison.


Los agentes patógenos y, en consecuencia, las enfermedades, suelen arraigarse en los cuerpos (tanto de los individuos como de los sectores poblacionales y los grupos-sociedad-especie) mucho antes de que sean detectados-identificados-diagnosticadas (reconocidos y reconocidas como tales). Las enfermedades, por tanto, resultan más letales cuanto más presentes y menos identificadas (o concebidas) son, dado que, con frecuencia, su fuerza devastadora llega a ser directamente proporcional al tiempo que tales fenómenos (agentes y enfermedades) permanecen actuando sin ser reconocidos. En la medida en que una enfermedad -se conozca o no su particular historia bio-social y su desarrollo- se hace presente en el contexto social y en el ánimo de los sujetos, a través de la noción misma de patología y del establecimiento de un posible agente (o factor) patógeno, los padecimientos devienen no sólo en síntomas bio-médicos, sino también en perturbación, desgarro y deterioro del entramado de las relaciones (e interacciones) que conforman las redes sociales de intercambio del sujeto social con sus núcleos relacionales (parientes, amigos, compañeros de escuela o de trabajo, congregación religiosa, etc.) y con las organizaciones e instituciones sociales (la familia, la escuela, la iglesia, la ley, el ejército, etc.).



Sólo en la medida en que las redes se deterioran o rompen y que una enfermedad deriva en (des)concierto social, ésta adquiere significancia, motivando reacciones plurívocas (acompañadas de creencias, opiniones y actitudes), y posteriormente, provoca el planeamiento de estrategias y propuestas de acción (a modo de programas) que permitan o intenten su control, su prevención y/o su tratamiento.


Desde muy diversas perspectivas -microbiología, virología, genética, a la par que psiquiatría y psicología, por sólo mencionar cinco de múltiples posibilidades-, los grupos sociales, en sus devenires históricos, han construido e institucionalizado saberes capaces de identificar -o cuando menos, imaginar y concebir- un sin número de enfermedades; mismas que pueden, tras ser definidas y evaluadas a partir de un discurso hegemónico, ser consideradas y tenidas como:


· transitorias o crónicas,

· más o menos preocupantes,

· raras o comunes,

· endémicas, epidémicas, pandémicas o aisladas,

· significativas o no-significativas (estadísticamente hablando),

· históricas o emergentes, etc.


Sin embargo, esa posible categorización hunde sus raíces (y razones) en la previa identificación del agente (o las causas) que hacen posible el padecimiento, así como en sus vías y maneras de desarrollarse o propagarse y el grado en que llegan a comprometer al sistema en su conjunto (sea el del organismo afectado, el del grupo-sociedad-especie o ambos).




LAS ENFERMEDADES COMO SINÓNIMO EMOCIONAL DE TEMORES SOCIALES


Desde un pensamiento simple, que parte del principio disyuntivo y binomial de la dinámica unidireccional y unívoca de causa→efecto, suponemos que conocer la causa (casi siempre pensada en singular) de una enfermedad nos permite llegar a conocerla in toto e idear estrategias para combatirla. De ahí, se suele pasar a experimentar y estudiar en y con los individuos las posibles maneras de anular síntomas, signos y efectos (o las posibles consecuencias/resonancias sociales). La urgencia y la prisa por conocer no sólo los agentes patógenos sino también el desarrollo (en el paciente y en el grupo) del padecimiento, depende, no obstante, de cuánto alarma al orden y perturba a los discursos hegemónicos. No preocupa igual un padecimiento con baja tasa de mortalidad, que otro con más altas tasas; tampoco preocupan tanto las enfermedades no-infecto-contagiosas y con una baja frecuencia, que las que se expresan con elevados índices de propagación entre individuos-casos (sea por vías naturales: agua, alimentos, aire, etc. o por contacto físico directo o indirecto entre los que la padecen y los susceptibles de ser afectados); por lo general preocupan más las de origen viral que las bacterianas (en la medida en que estas últimas suelen ser controlables vía antibióticos); y de las que podemos calificar de mentales, asustan más aquellas que perturban/fracturan la lógica y las dinámicas de relación individuo-entorno-orden social. La alarma que activa un agente patógeno o una enfermedad depende, por lo mismo, del tipo o modalidad; por lo que, de ello, también dependerá la atención que se les preste, tanto a la expresión patológica como a los afectados (eufemísticamente llamados pacientes).


Ahora bien, para identificar, diagnosticar y finalmente comprender una enfermedad, es necesario centrar la atención no sólo en la observación y el registro de su capacidad de devastación orgánica o funcional, sino en los sentidos que adquiere y de las direcciones y significaciones de sus cualidades. De ahí, que sea necesario singularizar y evaluar detenidamente los cómo, porqué, cuándo y dónde estudiar sus rasgos, su fuerza o virulencia y sus particularidades y detalles; aquello que nos permita también clasificarla en una o varias categorías distintas, en virtud de una amplia y plural taxonomía prevista (ideada), misma que siempre deriva de un tipo de mirada y de un discurso especializado... v.g. enfermedades renales, coronarias, inmunológicas... somáticas, mentales... congénitas, hereditarias... infecto-contagiosas (virales, bacterianas... de transmisión sexual...) y un etcétera inacabable.


En torno a todo ello, se generan otros muy diversos discursos y, por consiguiente, múltiples maneras de responder ante el hecho y frente a los afectados (y a las conductas de éstos). Al respecto, no olvidemos que con frecuencia, como lo ha subrayado en repetidas ocasiones Susan Sontag, la enfermedad deviene en metáfora, y los estragos (sociales y personales) de la misma, no sólo son atribuibles al padecimiento en sí, sino también (e importantemente) al tratamiento social -y por tanto, también médico- que el discurso modela, permea o trastoca. Como la lepra, la sífilis y el mismo SIDA, numerosos trastornos (léase: padecimientos o enfermedades) se ven transformadas en blancos de una moral social de tintes ideológicos, a partir de prejuicios y miedos indefinidos pero concretos. Por consiguiente, la noción misma de enfermedad, muchas veces, termina por generar una idea borrosa de salud, de lo sano y lo enfermo o patológico; idea que, no obstante, sirve de plataforma (o de excusa) para normar y dirigir corrientes de pensamiento, políticas sociales y actitudes en el devenir cotidiano y en el intercambio en las redes sociales de convivencia.

continuará...



martes, 11 de mayo de 2010

CONJURO PARA ATRAER A "LA POLILLA BALCONEADORA"



Alberto Gonze da fe
que este conjuro fue
creado por las
Guerrilleras Gays
Xabier Lizarraga y
Jesús Calzada...
con una ligera ayudita
del bardo William Shakespeare:




Tres veces el joto taimado lloró.
Tres y una, el marica a lamentos implora.
La polilla grita: ¡Ya es hora! ¡Ya es hora!
Giremos en torno de la ancha caldera
frunciendo los labios tras mona polvera.

Oculto putito de fingidas hombrías,
que sudas vergüenzas los treinta y un días.
¡Seas tú quien se exponga de todos primero
al fuego del buga, puto closetero!

¡No cese, no cese el balcón, aunque pese!
Plumas de vestida y el rímel espese.
Echemos tacones de astuta fichera,
con un par de medias de loca barera.

Garguero de Diva y cock-ring de masoca,
ron de cinco estrellas y un poco de coca,
ojos de chichifo, lengua viperina,
jotencia de chusca y alguna aspirina.

Así nuestro hechizo, y al clóset le pese,
polilla y orgullo también contrapese.
Echemos tacones de astuta fichera,
con un par de medias de loca barera.




Colmillo de ligue, labio besucón.

Humores de loca posando en rincón.
Sacrílegas manos sobando paquetes,
infectas entrañas de machos muy cuetes.

Condones ya usados por jotas cogidas
que en la extraña mezcla serán bienvenidas.
Foto de Madonna un tanto velada
y revista porno muy almidonada.


Los dedos que un niño se metió en la cola.
A falta de dildo o de otra madrola.
Con todo esto, el caldo comience a cocer,
y para putencia del filtro hechicero,
pongo un suspensorio y un arnés de cuero.





Echemos tacones de astuta fichera,
con un par de medias de loca barera.
Con semen chicloso de algún cuarto obscuro
que hierva el caldero y se cumpla el conjuro.