viernes, 30 de diciembre de 2011

REFLEXIONES EN TORNO A LA PREGUNTA: ¿UN DERECHO AL CLÓSET?

© por Xabier Lizarraga Cruchaga

Con cariño y admiración a todos aquellos que, luchando contra los miedos y las vergüenzas, han podido salir del clóset tantas veces como ha sido necesario.



Sin duda el “clóset” [el armario] es un instrumento para la supervivencia, pero quisiera precisar un poco más: es un instrumento para la sobrevivencia del heterocentrismo, de la heteronormatividad, de la expectativa genésica de nuestra sexualidad; para que sobreviva el orden opresor, humillante, de violencia, para que sobreviva la homofobia.

El clóset no es un instrumento construido por nosotrxs mismxs para mejorar nuestra existencia y nuestras posibilidades de vida, de realización, de crecimiento y de disfrute; es un instrumento de tortura construido e impuesto por el orden excluyente y presuntamente “decente” del heterocentrismo (que no de los heterosexuales, en tanto que individuos, sujetos sociales y de deseo). El clóset es un instrumento construido e impuesto (obligado) por la homofobia institucional para afianzar su poder sobre nosotrxs, provocando miedos, vergüenzas y culpas. Un instrumento que responde a una estrategia de dominio, de sometimiento. El clóset es un ingrediente poderoso de la homofobia que ha instalado sus reales en nuestras cabezas: todos aprendemos a ser homófonos, de ahí que sea tan difícil librarnos de los muchos tentáculos con que nos ata e inmoviliza la homofobia, esa homofobia introyectada que, antes de saber qué significa ser homosexual, lesbiana, trans, nos hace tragar miedos, respirar angustias, maquillarnos de rubores e indigestarnos con arrepentimientos y pecados creados por otros, forjados en los hornos de ese fantasma amenazante en que, nuestros temores y deseos de agradar y “ser aceptados”, convierte a la dominante “sociedad de enfrente".



No podemos negar que el “estar en el clóset” (no dejar saber que somos homosexuales o trans) permite sobrevivir en circunstancias extremas (pienso en casos [espacios] como los actuales Irán y Mauritania, entre otros muchos, o como los que fueron la España franquista, la URSS de Stalin, la Alemania nazi…) Y no sólo sirve, sino que resulta imprescindible para sobrevivir en aquellos países en los que la homofobia institucional deviene criminal y es tolerada —repugnante palabra— por otros países que presumen de democráticos, como Estados Unidos, México, Reino Unido, Alemania, Japón, Canadá, España… Pero cuando el clóset no responde a ese tipo de realidades extremas, es una infección emocional que carcome al individuo y lo enferma: vivir mediado y manipulado por el miedo, agachando la cabeza y tragando insultos, puede derivar (y de hecho lo hace) en trastornos emocionales y mentales muy lamentables.



Sin duda todxs necesitamos vivir nuestro propio proceso para salir del clóset; para unos es más difícil, más largo y tortuoso, más lacerante, doloroso, pero siempre tiene sus lados luminosos, sus alivios: quitarse las cadenas es la única opción para llegar a ser lo que realmente queremos y podemos ser. Y para ello, es necesario, imprescindible y siempre urgente tomar las riendas y la decisión de hacer de nosotrxs una persona digna de nosotrxs mismxs.

Dejarnos paralizar por el miedo al qué dirán, a lo que diga, piense, haga o padezca (se desilusione) papá, mamá, la abuela o el tío, el primo o la hermana, es rendirnos y volcar toda la homofobia del sistema sobre nosotrxs mismxs; con frecuencia nos paralizamos en nombre de lo mucho que queremos y admiramos a nuestros padres, familiares, amigos, compañeros de trabajo, de estudio y de la vida, pero esa parálisis es verdaderamente vergonzosa, porque con nuestros silencios, fingimientos y ocultamientos, lo que estamos haciendo es aceptar que nos conformamos con un amor condicionado, con una libertad condicionada, con una existencia avasallada por los criterios, las ideologías, los proyectos a futuro y las expectativas de los demás. Sin duda papá y mamá, que aprendieron la misma homofobia y misoginia que nosotros, tienen la idea de que somos y seremos lo que ellos quieren que seamos… o lo que ellos nunca consiguieron ser. Salir del clóset es quitarles la venda de los ojos: nadie puede ni debe ser lo que otros quieren que sea, siempre somos lo que cada uno bien o mal conseguimos hacer de nosotrxs, superando obstáculos, cosechando éxitos, enfrentándonos incluso con nosotrxs mismxs para ser plenamente, no un simulacro o un títere manejado por hilos que van más allá de la casa paterna o de la empresa o la iglesia a la que puede acudirse buscando paz. ¿Hay posibilidad de paz y éxito vital, sin sentirnos en paz con nosotrxs mismxs? La cobardía y el servilismo siempre dejan secuelas.



Es necesario detenernos a pensar que, por lo general, antes de dar los pasos que nos lleven a salir del closet nos la pasamos suponiendo, imaginando que algo terrible nos pasará si los demás llegan a saber qué sentimos, cómo somos, qué deseamos. Y en ocasiones sí ocurren cosas muy lamentables y dolorosas: aquellos que decían amarnos nos dan la espalda, nos retan, nos insultan y nos quieren arrastrar a terapias lacerantes. Pero ¿nos ponemos a pensar si realmente nos quieren los que dicen querernos? También es posible que nos expulsen de la escuela o nos corran del trabajo, pero si no hemos conseguido construirnos redes sociales firmes, basadas en la honestidad y la confianza, de poco nos servirá que finjamos, porque cualquier guiño, gesto, movimiento o palabra que se escape se puede volver en pretexto para el chantaje, para la extorsión… Más vale defender nuestro trabajo, nuestros centros de estudios y nuestros grupos afectivos con la seguridad de que todo lo que se diga de nosotrxs son anécdotas o calumnias; si son anécdotas, defendamos nuestro derecho a la vida por la vía legal y si son calumnias denunciemos también por la vía legal: no demos pie ni resquicio alguno a la extorsión.

Argumentar la pérdida del trabajo o de la herencia es sin duda una posibilidad para defender el “estar en el clóset”, de ahí que yo plantee que vivir en él, sin osar movernos demasiado para que no nos descubran, es vivir esclavizados a la moral, a las expectativas y a las normas del amo heterocéntrico: el clóset es una esclavitud emocional, afectiva y aceptada humillándosnos a nosotrxs mismxs; y por desgracia, defender el clóset es también defender el derecho a vivir esclavizados. Como en su momento dijera Jesús Calzada: “el derecho al clóset es un derecho a no tener derechos”… Y por más que se caiga en la tentación de calificar dicho argumento de “sofisma”, no lo es, aunque sí puede ser evidencia de oportunismos políticos: permanecer en el clóset y demandar derechos, a través del uso de la tercera persona, hoy por hoy es un acto de oportunismo, de manipulación, de utilización de quien es uno de tus pares, al que pones como parapeto, como trinchera... Sin duda, esa fue una estrategia muy utilizada en Alemania, Inglaterra y otros países europeos en el siglo XIX, y políticamente útil en ese tiempo-lugar, que seguirá siendo importante y útil hoy en aquellos lugares en que la homosexualidad o el ser trans supone persecución legal, encarcelamiento, tortura o condena de muerte.



En países como México, Estados Unidos, Alemania, España, Argentina, Ecuador, Costa Rica, etcétera, permanecer indefinidamente en el clóset, sin intentar desmontar ese instrumento de tortura impuesto, es asumir que estamos dispuestos a que nuestra vida se desgaste y diluya en continuados fingimientos, mentiras, engaños… Implica que estamos dispuestos a claudicar ante la homofobia del orden social heterocentrado, y que nos negamos a ser sinceros, honestos, dignos. Y también es obligar a aquellos a los que decimos querer a que no nos conozcan, quizás hasta estar decididos a obligarlos a que nos quieran sin conocernos, sin saber si están de acuerdo con lo que somos, hacemos y pensamos; los obligamos a vivir nuestras mentiras, nuestros engaños, nuestra farsa (nada divertida, por otra parte). ¿Tenemos derecho a que aquellos con los que compartimos la vida e incluso las ilusiones ignoren quiénes somos, cómo somos? Triste derecho… muy injusto para ellos y para nosotrxs mismxs.

Lo que puede calificarse de “sofisma” es ese argumentar "un derecho al clóset" aludiendo al “derecho a la intimidad o la privacidad.



¿Por qué? Simplemente porque ese pretendido derecho se nos niega cotidianamente cuando los partidos políticos nos acosan telefónicamente con la publicidad de sus campañas, cuando de pronto nos vemos en un noticiero de televisión sirviendo de imagen para ilustrar una noticia, siempre que se usa nuestro nombre o nuestra imagen o se hace referencia a nosotrxs sin que expresamente hayamos consentido en ello. La intimidad y la privacidad nos las construimos cada uno de nosotrxs cada día, las buscamos tras unas paredes y unas puertas cerradas (como clamaba Carlos Pellicer en su poema “Recinto”), las conseguimos cerrando los ojos, no acudiendo a ciertos sitios: ningún juez castigará a aquel paparazzi que acosa a una estrella de cine o a una figura pública sacándole miles de fotos para que en los medios publiquen verdades o mentiras sobre sus amores, desamores, idas y venidas, ni tampoco les impondrá distancia y multas a los testigos de Jeohová que en domingo tocan el timbre de mi casa para molestarme con su reiterado proselitismo. ¿Dónde empieza y termina el derecho a la intimidad o a la privacidad?



Respeto y estoy en la mejor disposición de acompañar en el a veces largo y siempre difícil proceso de salir del clóset —porque finalmente no se sale una sola vez del clóset, se tiene que salir una y otra vez, es un proceso inacabable—, que también nos enriquece y ofrece gratificaciones emocionales a largo o a corto plazo. Pero no estoy dispuesto a acompañar indefinidamente a un ser que acepta y asume como esclavo una vida enclaustrada en el recinto claustrofóbico de los miedos (la cobardía nos carcome primero a nosotrxs mismxs); en tiempos como los que vivimos y en países no extremistas ni fundamentalistas en los que se amenaza con la cárcel o la muerte, salir del clóset no es sólo una posibilidad, sino una obligación con nosotrxs mismxs.

Y si esta postura les resulta un tanto radical —porque no es ni recalcitrante ni dogmática—, habré dado en el clavo, porque la raíz del clóset está en la homofobia, porque defender un presunto derecho al clóset es avalar esa homofobia que tantas lágrimas y muertes ha generado. Y mi postura es, como pienso que ya lo he dejado claro: ANTE LA HOMOFOBIA, NI UN PASO ATRÁS.






miércoles, 16 de noviembre de 2011

RAREZAS (2)

LA REALIDAD ES INEXPLICABLE, VIDA MÍA
© Por Xabier Lizarraga Cruchaga

  — No. Me niego; me opongo rotundamente. —dijo, y salió de la habitación como sale el chorro de agua del grifo abierto: arrastrando consigo lo que estaba a su paso, incluso las miradas de Lisandro y Romualdo tropezaban con su arrebatada respuesta.
¿A qué se negaba, si nadie le había pretendido hacer cómplice de nada? Él era el que había llegado; no, no había llegado, había irrumpido… interrumpido una coreografía que se desarrollaba con suavidad y precisión.
— Déjalo —susurró Lisandro (parecería que no quería desdibujar sus bien delineados labios que tantos miraban con algo más que admiración)—. Ya se le pasará; él es así, impulsivo (hubiera querido decir rotundo, pero no le vino la palabra a esos labios tan deseados por algunos de los que lo acompañaban); es bastante impredecible, diría yo (e intentó reir, sin conseguir más que una grotesca mueca).
Pero el que había salido de la habitación, lo hizo con la mirada de los demás a cuestas, llevándose consigo incluso la atención que Lisandro esperaba a su comentario desenfadado y sólo susurrado al oído, un comentario aparentemente tranquilo (pensaba Romualdo).

















Por unos minutos, quizás sólo segundos, ninguno de los dos dijo nada; sólo se escuchaban los tenues fuelles de las respiraciones, que no lograban acompasarse, coincidir en ritmo e intensidad… Cada una en su propio subibaja de pulmones acostumbrados a la rutina de hacer que un ser permaneciera con con vida… aunque ésta no fuera necesariamente calificable de “buena” sino sólo de “una más y rutinaria existencia” sin mayores proyecciones y resonancia.
— ¿A qué se niega? ¿Qué le dijiste? —preguntó Romualdo sin desprender la mirada de la puerta que no había llegado a cerrarse del todo tras la salida de ese hombre al que había conocido hacía sólo cinco o diez minutos (intentaba recordar cómo había dicho que se llamaba, pero no había puesto la debida atención).
— ¿Qué? —preguntó, a su vez, Lisandro, en un intento por restarle importancia a cualquier cosa que no fuera lo que él mismo deseaba pensar, hacer o sentir en ese momento (que lo hicieran responsable de esa abrupta salida, no era algo que deseaba) — Olvídalo, cariño.  
Parecía que Romualdo (incluso él mismo sentía) iba a volver a preguntar qué le había dicho Lisandro a ese hombre para que respondiera como lo hizo, pero guardó silencio. Probablemente era más sensato no insistir; después de todo, no tenía que preocuparle la reacción de ese hombre ni tenía porqué inmiscuirse en asuntos que no le concernían. Era Lisandro el que debía (o tal vez no) preocuparse por la sorpresiva salida de su amigo. Pero al parecer, Lisandro había intuido lo que estaba pensado, lo que tenía intención de preguntarle.
— Nada —susurró Lisandro—, no le dije nada. Él es así. Un poco extraño, un tanto susceptible, bastante reaccionario —y rió por su juego íntimo de palabras (aquel hombre era reaccionario, porque reaccionaba de manera un poco abrupta ante todo).
  
Romualdo demostró con su mirada azul, intensa, limpia, que no comprendía el uso de ese último adjetivo; pero optó por sustituir cualquier pregunta con una adorable (a los ojos de Lisando) sonrisa.
— Me encanta tu sonrisa —sonrió Lisandro a su vez—. Se te ilumina la cara cuando sonríes… y lo iluminas todo (quería recuperarlo, recuperar el momento, la emoción arrebatada).
Romualdo sostuvo la sonrisa un poco más (también deseaba recuperar lo perdido); pero su sonrisa ya no era la misma, resultaba un poco forzada, casi obligada y un tanto fuera de lugar, carente de significado, como torpemente trazada. Incluso sus labios (a los que Lisandro quería reconquistar) parecían haber perdido vida y naturalidad, frescura.
— ¡Y más vale que tú también te niegues y te abstengas! —gritó , desde la puerta apenas entreabierta el chico que había salido con pasos de indignación y gesto de malhumorado; ese hombre volvía a sorprender a Romualdo con su repentino regreso a escena.— Piénsalo muy bien antes de hacerlo. Consúltalo con tu psiquiatra. Más te vale que no sigas por ese camino...
— ¿Es una amenaza? ¿Otra de tus consabidas y cotidianas amenazas? —rió forzadamente Lisandro (deseaba retomar el control… y relmente en algún momento lo había tenido). 
— Yo nunca amenazo. Sólo me tomo la molestia de advertírtelo —chilló el hombre antes de volver a desaparecer de la vista de Romualdo, sin molestarse en cerrar la puerta.
  
— No entiendo nada. ¿Qué pasa? —balbuceó Romualdo, que no sabía si levantarse de la cama, si cerrar los ojos o si sería capaz de desviar sus pensamientos hacia otros horizontes emocionales.
La situación parecía más seria de lo que en un principio creyó (si las situaciones pueden ser realmente serias y no simplemente “ser”): algo se cocinaba a fuego lento pero implacable entre Lisandro y el otro hombre… y tal vez él mismo ya era parte del guiso. Romualdo sentía incluso un poco de miedo… ese miedo único y especial que puede sentirse cuando uno está a punto de desnudarse y entregarse a una aventura erótica más y descubrimos que sabemos menos de la otra persona de lo que creíamos (y descubrimos que icluso sabemos muy poco sobre nosotros mismos).
Romualdo se sentía desconcertado, como cuando hemos anunciado que nos tiraremos a la alberca desde el trampolín de diez metros y al llegar al extremo de la plataforma descubrimos que la alberca parece mucho más pequeña de lo que creíamos, que sólo es un rectángulo azul en el que probablemente no atinaremos a entrar sin darnos un golpe mortal en los bordes… y hacemos conscientes de que dichos bordes son de cemento duro e intransigente.
— Nada, cariño, nada. No pasa nada —volvió a reír forzadamente Lisandro.— Son cosas de maricas avejentadas antes de tiempo, pese a sus pieles de melocotón. Relájate… ¿Quieres una copa? A mi me apetece un vodka. —Y le dio un rápido beso en esos labios tan admirados que habían perdido de repente toda capacidad de sonreír.
Pero Romualdo sentía que tenía el cuerpo como un San Sebastián renacentista, asaetado por el miedo, por las dudas, por la inseguridad. Quería salir, volver a casa, pero sus piernas no respondían, y sus ojos oscilaban como péndulo infinito de la puerta entreabierta a la mirada (también como entreabierta) de Lisandro.
— Cuando yo tenía tu edad tampoco comprendía las reacciones de las locas de más de veinticinco años. Me sorprendían —recordó Lisandro levantándose de la cama para ir a buscar la copa que había ofrecido… Y sin decir más, también salió por aquella puerta, testigo de enfados, amenazas y huídas, que seguía apresando la atención de Romualdo.
  
Una puerta por la que él mismo (por primera vez en su vida) había entrado hacía menos de una hora y por la que hacía aún menos tiempo había entrado también aquel joven (al que él ni esperaba ni conocía), que luego la había vuelto a utilizar para salir (aparentemente muy molesto) y unos momentos después la había traspuesto sólo con medio cuerpo asomándose para advertir sobre quién sabe qué a ese otro hombre que ahora también había salido de la habitación, con el paso frívolo que demanda el haber ofrecido una copa para cambiar de tercio en el ruedo de los desencuentros sorpresivos.
Hay veces que la vida da giros repentinos sobre quién sabe qué eje, y de un momento a otro todo se tuerce (y todo adquiere una tonalidad extraña, entre gris y musgosa), y el aire que se respira ya no parece oxigenar el cuerpo, sino embalsamarlo para ser exhibido en una vitrina antes de ser inhumado en un lugar desconocido para posteriormente olvidarlo.
Romualdo no sabía bien a bien cómo se sentía: había encontrado a Lisandro en la calle, lo conocía desde hacía unos cuantos meses, los había presentado un amigo común, se habían gustado mutuamente y esa misma noche se conocieron más profundamente (en el sentido más que literal, carnal y jadeante del término “conocer”). Y sin duda, habían podído acoplar sus alientos y movimientos alcanzando una dosis de placer más que memorable. En dos o tres ocasiones anteriores habían coincidido en reuniones de amistades ocasionales, pero no se habían dado las condiciones adecuadas para repetir el encuentro de los cuerpos (uno de los dos iba con alguien o los dos ya se habían comprometido con otros potenciales amantes de ocasión). Esta vez no sólo se encontraron casualmente, caminando sin rumbo, también se encontraron dispuestos el uno para con el otro. 
Lisandro invitó a Romualdo a su casa, y éste no se hizo de rogar (por lo menos, no lo suficiente como para que nada de lo que ahora vivía sucediese) y llegaron comentándose nimiedades, dispuestos a pasar directamente a la cama, a las caricias, a las filigranas de gemidos, a los egoísmos propios de un acostón más en las bitácoras personales: se gustaban, se gustaban mucho y eso era el único requisito que uno y otro necesitaba llenar esa noche de jueves sin quehacer.
Romualdo comenzaba a rozarle con un dedo los labios (como si deseara practicar una caligrafía amorosa antes de entrar de lleno en la redacción de una entrega mutua de alientos, jadeos  e intensidades) cuando entró aquel otro joven y, con toda la naturalidad del mundo saludó con un sonriente “Hola, chicos”; se acercó a Lisandro y le dio un beso en la mejilla y, generoso improvisado, le estampó otro en los labios a Romualdo; tras lo cual, se sentó en la cama, preguntó sonriendo si estorbaba o lo invitaban a participar. Lisandro le dijo algo (muy breve, por cierto) al oído y la tormenta se desencadenó: el chico se levantó de nuevo como lanzado por un resorte que vence la resistencia que lo contenía, miró a Romualdo con una expresión indescifrable y luego dijo, sin llegar a gritar, incluso sin levantar mucho la voz, pero con un tono frío y definitivo, “No. Me niego; me opongo rotundamente” y salió. 

Romualdo, desconcertado, comenzó a experimentar una curiosidad pespunteada por una ligera angustia… ¿Le excitaba esa incomprensible situación? ¿Suponía algún peligro? ¿Podía significarse como ingrediente azaroso que pronosticaba una deriva hacia un estado de incontrolable confusión…?
 
  No, Romualdo no podía concretar una respuesta que le hiciera recuperar la respiración tranquila y sosegada de esos momentos sin más futuro que ser sucedida por nuevas inspiraciones y expiraciones: sístole-diástole-tic-tac… y así, por tiempo indefinido.
Pero hay veces que los momentos, más que torcerse, se fracturan, y las grietas se disparan en numerosas direcciones fractales, como si huyeran de la responsabilidad de la rotura inicial. Y es en esos momentos, cuando uno no sabe bien a bien qué hacer ni qué no hacer, no queda más remedio que seguir viviendo sin hallar sentido a los instantes que se suceden (quizás el no pensar y el dejarse llevar son el recurso menos comprometido, aunque no siempre el más seguro).
Romualdo volvió el rostro, clavando la mirada en el vacío silencioso por el que, hacía sólo unos momentos, había salido Lisandro. La copa de vodka prometida se había convertido casi en una necesidad vital… Pero Lisandro tardaba más de lo esperado, como si  también hubiera desaparecido para siempre, dejando a Romulado en un inestable intento de equilibrio en el tiempo-espacio indefinido de la espera y la pregunta no pronunciada (germen de una posible intriga de final difícil de adivinar). Pero no, Romualdo no había escuchado más pasos, más puertas que se abren o se cierran… Lisandro no parecía haber salido del departamento, y su ropa permanecía ahí en el suelo, como escultura casual, improvisada, sin sentido ni significado unívoco, cumpliendo con el contundente papel de “evidencia de que algo cargado de promesas sensuales había pasado en esa habitación”... Y quizás aún podía ocurrir una agradable secuela en la que tejer y bordar deseos y quizás incluso placeres hasta ese momento desconocidos.
Pero Romualdo sentía que el tiempo comenzaba a pesarle, a cortarle la piel, a nublarle la vista y las ideas… Se sentía desprotegido, solo, abandonado… sólo borrosamente acompañado por su propia sombra que, casi ridículamente alargada, reptaba por el suelo y trepaba tímidamente un poco por una de las paredes, casi en la esquina de la habitación, como si buscara acurrucarse ahí, como si pensara que los rincones son potenciales refugio (si las sombras llegan a ser capaces de pensar).



Romualdo miraba de nuevo en dirección a la salida de Lisandro, quien parecía no estar ya en el departamento; incluso, no haber existido.
Romulado intentaba calmarse y miraba a un lado y otro como si estuviera en la sala de un museo admirando obras hasta ese momento desconocidas: la habitación era austera, estaba limpia, pero carecía de algo acogedor: sólo una cama con las sábanas verdes un poco desordenadas, una mesilla de noche con una lámpara sin estilo definido y luz tenue, un pequeño tubo de lubricante, unos cuantos condones… una pequeña alfombra de un sucio color marfil con discretas líneas de un verde olivo obscuro, un pequeño espejo en la pared, un cartel de una vieja película de Rita Hayworth… un reloj de pared de silencioso transitar de un segundero de aguja roja, una repisa en la pared frente a la ventana, con más libros de los que parecía estar capacitada a resistir, otra puerta cerrada (quizás ocultando lo guardado en un clóset o las instalaciones de un baño o un pasillo más hacia otras estancias)… Romualdo se vió a sí mismo en el centro de un escenario casi anodino, y sintiéndose a cargo de un espectáculo unipersonal del que ignoraba el guión, la anécdota, las secuencias de escenas y el momento de cierre del telón. 
Su respiración se aceleraba, trataba de conntrolarla, volvía a agitarse un poco: tenía la improvisación dormida entre un temor moderado y una curiosidad tímida que palpitaba en sus sienes, en su cuello, entre sus dedos intranquilos.
Romualdo quiso sonreír, pero el escenario no invitaba a hacerlo… ¿Tiene caso sonreir cuando se está en un escenario sin otro personaje que pueda ser blanco de ese gesto? Probablemente una sonrisa en esas condiciones sólo es una mueca que no da cabida ni siquiera a la incertidumbre… sístole-diástole-tic-tac-sístole-diástole-tic-tac- sístole-diástole-tic-tac-sístole-diástole-tic-tac-sístole-diástole…
Sólo una mosca extraviada hacía eco acompañante a la soledad que Romualdo sentía crecer en su pecho, en su vientre, en su pene relajado, porque incluso el reloj de la pared se aburrió de la espera y dejó de marcar los segundos, por lo que los minutos y las horas quedaban en suspenso congelado.
  
    

martes, 15 de noviembre de 2011

RAREZAS (1)

EL ESPEJO
© Por Xabier Lizarraga Cruchaga



La ventana dejaba adivinar lo mucho que se extendía la ciudad en el horizonte; tanto, que se perdía en una gris cortina de lejanías...
  
Permanecía inmóvil con la mirada fija en la ventana. Con la vista anclada más allá del vidrio claro y limpio, pero interrumpida por esa superficie aparentemente inexistente, sólida e intransigente. Y la mirada se detenía ahí, como si en el vidrio encontrara su meta, su objetivo final… La realidad toda, condensada en el recuadro de vidrio frío y cálida madera: el espacio constreñido en un punto de fuga detenido más allá de lo accesible, la acción en libertad condicionada, el tiempo conjuntado en discretos susurros mensurables y el reposo reinando sin opositor, incluso si el insomnio pretendiera apoderarse de todo, aferrado a los párpados abiertos, en paciente espera, pasaran las horas que pasaran.
 
Miraba sin ver, sin pensar o imaginar cosa alguna reconocible en los catálogos de los especialistas de diván; miraba apenas respirando acompasadamente con el ritmo exacto para no perturbar, para ser sólo una apariencia o una sombra alucinada, una sutil existencia sin contorno y sin volumen. Ensimismado. Ajeno al reloj y al calendario, a cualquier agenda inquisidora.
 
Quien lo viera ahí, quieto y desnudo, podría pensar que estaba concentrado en algo, y que esa concentración era en sí misma una barrera, un muro que lo aislaba de todo y de todos. Pero no. Él se vivía intensamente, incluso ajeno a sí mismo; se vivía sin protegerse de nada, vulnerable, apenas sintiendo, quizás sólo existiendo, pero con intensidades profundas. Estaba ahí, inmóvil, con la mirada fija en ninguna parte, con el aliento empañando breve pero repetitivamente lo próximo y desapareciendo lo distante.
 
Llevaba así un buen rato, cuando sorpresivamente todo el enigmático estado de su casi inexistencia registrable quedó roto por efecto del estridente timbre del teléfono. Un sonido que casi siempre solía irritarlo y que, en esta ocasión, sólo sirvió para devolverlo a la habitación en que se encontraba… una habitación que le resultó desconocida.
¿Dónde estaba?
 
El segundo timbrazo le devolvió algo de fuerza a sus músculos, pero aún así, se sentía como un autómata sin el programa activado.
 
¿Quién era… o qué era él?
 
El tercer timbrazo reanimó algunas neuronas y dio paso a la acostumbrada irritación que solía causarle el timbre del teléfono; una sensación incómoda comenzó a generarse en algún rincón de sus aún adormecidas respuestas.
 
No le dio tiempo al teléfono a timbrar una cuarta vez:
   
  ¿Diga? —dijo, sin saber porqué ni darle importancia a su propia voz.


¿Qué haces? Te vimos desde la calle y te saludamos. ¿Por qué no respondiste? ¿No piensas bajar? Te estamos esperando.

¿Quién hablaba a través del auricular? No conseguía ubicarse en un lugar reconocible y en un momento preciso, mucho menos podía ubicarse con relación a esa voz, a esas otras personas que parecían existir en su vida.

¿Lo esperaban? ¿Había quedado de verse con alguien…? ¿Con quién? ¿Para qué? ¿Cuándo?

   
¿Qué pasa? —preguntó la voz.
 
¿Qué pasa? ¿Qué le pasaba a quién? ¿Quién era él mismo? ¿Quién hablaba y desde dónde? ¿Para qué?

La identidad de la voz al otro lado de la línea carecía de importancia mientras él mismo no supiera quién era y dónde estaba 


¿Qué hacía ahí, poco antes de que sonara el teléfono, de pie y totalmente desnudo frente a la ventana?

No tenía caso contestar a las preguntas que se repetían a través del teléfono: ¿Qué pasa? ¿No vas a bajar…? Y colgó. Miró de nuevo hacia la ventana… a sólo dos o tres pasos de distancia. Se vio reflejado en el vidrio con la dudosa consistencia de un fantasma; y casi sin darse cuenta se sorprendió reflejado una segunda vez, un poco más material, sin transparencias, en un espejo que estaba a sus espaldas. Volvió el rostro y se miró en el espejo con la misma incomprensión o indiferencia con que lo miraba a él ese cuerpo desnudo que estaba ahí, expectante y como refugiado en la superficie de ese otro vidrio, una plancha vertical de vidrio y azogue conjugados.  

El teléfono revivió de pronto e insistió con sus agudos tonos y su volumen impertinente, rompiendo una vez más esa sucesión de instantes e indiferencias que latían en su piel, en sus ojos, en su cabeza, en su mirada de desconcierto. Giró un poco y miró con desagrado al aparato de color claro, de ordenadas teclas, de insolente timbre
 
Sí, había recuperado la capacidad de sentirse irritado por el sonido de ese impersonal aparato. Y no lo dejó sonar más: descolgó, colgó de nuevo el auricular sin atender lo que pudiera decirle y lo volvió a descolgar para abandonarlo sobre la mesilla junto a la cama. Esa cama semideshecha que perdía calor y dibujaba claroscuros, que reproducía pequeños valles y sutiles hondonadas. Cama de sábanas blancas algo arrugadas.
 
El reflejo en el espejo imitó con matemática precisión cronométrica todos sus movimientos, pero cambiando el lado izquierdo por el derecho y viceversa, sin alterar, no obstante, el arriba y el abajo.
   

Apartó la vista del espejo y torciendo hacia abajo su cuello se miró a sí mismo. Sus manos le parecieron bellas, bien proporcionadas, y su vientre plano y dibujado por las ligeras sombras que la luz que aún entraba por la ventana, sugería y subrayaba ligeras curvas y tentadoras superficies. También le gustaron sus pies, firmes sobre el piso. 

En el espejo, la figura se observaba con la misma calma que él intentaba mantener al ir reconociendo cada una de sus partes: sus dedos, su ombligo, sus piernas, su pene colgante y la bolsa rosada que custodia los testículos. Giró forzadamente la cabeza y se miró las nalgas: sí, eran bastante redondeadas. 

La figura en el espejo hizo lo propio, pero ella se miraba la nalga izquierda y él fijaba sus ojos en la derecha, apenas sospechando la semejanza de la otra.
 
Quizás era él quien invertía las cosas y ponía en actividad el lado equivocado cuando la imagen hacía un movimiento; probablemente él era quien erraba el giro de la cabeza hacia la izquierda cuando la imagen se volvía con decisión hacia la derecha. Sí, él debía ser el equivocado: a la imagen protegida por el azogue le resultaba sencillo corregir la luz que entraba por la ventana, a él no.
 
Sin duda él era el causante de la imprecisión coreográfica, pero no podía evitarlo; al parecer estaba atrapado en el error de la dinámica y en una habitación que le ocultaba a la vista mucho de lo que el espejo era capaz de contener… Si él se movía un poco, el espejo capturaba otra perspectiva que él era incapaz de dominar o de impedir que entrara o saliera del espejo.
 

No… No era él quien se movía; más bien era movido por el joven desnudo y decidido del espejo. Y cayó al suelo: se desvaneció en el preciso momento en que unos golpes ligeros llegaban atravesando la puerta. El desmayo fue tan sorpresivo, tan repentino, que no le dio tiempo de imaginar que todo había acabado, que quizás había muerto, que ya nada existía o tenía sentido. Ni él ni el hombre desnudo del espejo debían estar ya ahí, aunque este último insistiera en permanecer, a modo de una inalterada y evidencia-imagen de un cuerpo de hombre joven, atractivo, desnudo y caído sobre una alfombra de tonos verdes y azules apagados, desgastados… podría decirse que tristes.
 
Se repitieron los llamados en la puerta y a ellos se sumaron unas voces… ¿Dos? ¿Tres? 
 
   ¡Lisandro…! ¡Lisandro, abre! ¡Abre! 
   ¿Qué te pasa?
   ¡Lisandro, constesta! 
   ¡Lisandro, por favor! 
   ¡Ya déjate de bromas! 

Dos, dos voces. Dos voces masculinas que comenzaban a dar muestras de preocupación:
 
   ¿Te sientes mal, Lisandro?  
  ¿Te pasa algo? ¡Responde! 

De este lado silencioso de la puerta, dos figuras de hombre, desnudas y en silencio sobre una superficie de tonos tristes y apagados, verdes y azules, apenas sucios., permanecían impasibles a las voces. 

Tras la puerta, una serie de movimientos inquietos, nerviosos, acompañados de palabras cada vez más preocupadas rozaban por momentos los niveles del murmullo... y de nuevo elevaba los decibeles:
 
— Algo pasa. No es normal… ¡Lisandro…! 
 
Pero Lisandro no presta atención, se limita a ser un cuerpo desnudo caído sobre la alfombra. No importa que le llamen por su nombre, él no está ahí, sólo está su cuerpo, fiel y quietamente acompañado por el cuerpo del espejo, igualmente desnudo, igualmente caído sobre una alfombra, igualmente indiferente a los llamados en la puerta. La cama impide que la ventana refleje a su vez las imágenes fantasma de esos dos cuerpos abandonados cada uno a sí mismo.
 
— ¡Lisandro, por favor, responde! —clama una voz que casi llega a parecer el principio de un llanto, una voz dominada por el miedo, la angustia— Le pasó algo, tenemos que entrar.
— Voy a la recepción para que nos abran. 
Mientras unos pasos se alejan corriendo por un pasillo, al parecer largo y recto,  la  voz se desespera y atraviesa la solidez de la puerta marcada con el número 39:
— ¡Lisandro…! ¡Lisandro! ¡Lisandro…! 
Nada, ni la más mínima señal de respuesta. Pero la voz insiste y se repite a sí misma:
— ¡Lisandro…! ¡Lisandro! ¡Lisandro…!
 
Sin embargo, Lisandro y el cuerpo del espejo permanecen ajenos a lo que ocurre más allá de ellos mismos. Lisandro incluso ajeno al cuerpo del espejo, mientras que éste, en cambio, no puede ser ajeno al de Lisandro que yace sobre la alfombra: si llega alguien y abre la puerta y luego carga el cuerpo de Lisandro y lo saca de la habitación, el espejo se quedará un poco más vacío y más muerto; solo, absorto, concentrado en reproducir la cama, un trozo de la alfombra, el teléfono sobre la mesilla, la ventana que se obscurece un poco a medida que el sol se esconde tras un fragmento de edificio que apenas alcanza a compartir un pequeño trozo a la derecha de la superficie de vidrio y azogue

Pero mientas no abran la puerta y continúen las llamadas desesperadas, el hombre desnudo del espejo y el cuerpo desnudo de Lisandro permanecerán unidos, apenas separados por una distancia incierta como si fueran Cástor y Pólux en un firmamento íntimo y cerrado en sí mismo gracias a la puerta y las paredes.
      
El hombre, probablemente joven, que se encuentra tras la puerta ya se rindió a la evidencia de que sus gritos no serán atendidos por Lisandro. Vuelve lentamente el rostro hacia el pasillo por el que desapareció su amigo, pero no consigue apartar del todo la mirada de la puerta cerrada. Sin desear darse por vencido, incluso intenta abrirla con sus propias llaves, aunque sabe que es inútil. Tan inútil como llamar a Lisandro o como esperar que la puerta tome la decisión de abrirse por sí misma. Cada puerta debe tener su propia y exclusiva llave, fiel a su cometido de impedir el paso o de abrirse para dejar entrar y salir lo que sea... Casi lo que sea: las imágenes del espejo se quedarán siempre dentro, dentro de su mundo, de su universo de lo posible, de su microcosmos eternamente impasible a las catástrofes o calmas que puedan servir de titulares en los periódicos…
 
¡Lisandro! —grita una vez más el hombre tras la puerta. 

Y Lisandro apenas alcanaza a oír algo. Poco a poco vuelve en sí, al tiempo que con puntualidad y exactitud envidiable lo hace también el joven del espejo. Poco a poco Lisandro se recupera y se siente con fuerza suficiente para girar el rostro hacia esa puerta que le muestra el plateado azogue; pero aún no tiene la necesaria conciencia como para responder al llamado obsesivo y angustiado del hombre que grita casi con lágrimas en los acentos de su voz.
 
El hombre desnudo del espejo esboza una sutil sonrisa con tintes de gemido y Lisandro le responde con una mueca de complicidad; casi ríe, y ese esbozo de risa es acompañada por otra exactamente igual que se dibuja en la boca de ese perseverante compañero de la habitación plana de vidrio y plata.
 
Lisandro no puede evitarlo y ríe… como ríe también, pero en silencio, el joven desnudo del espejo.
 
¡Lisandro! —vuelve a llamar el amigo, que al acercar la oreja a la puerta cree oír algo que casi parece una risa de ultratumba.
 
Lisandro y el joven desnudo del espejo ríen como con un poco más de ánimo, aunque en el espejo no se escuchen notas ni reinen decibeles reconocibles. Poco a poco Lisandro y el  reflejo van recuperando fuerza para existir en uno para el otro, para ser cada uno lo que es: uno y otro son la imagen del otro, perfectas hasta en los más mínimos detalles.

— ¡Lisandro! ¿Estás bien? —la voz viene desde la puerta, arrastrando un timbre de angustia incomprensible.
— ¿Qué pasa? Ya voy —contesta Lisandro mientras se incorpora y sale del horizonte del espejo, acompañado del otro cuerpo, tan joven y tan grácil, tan bello y desnudo como él mismo… pero desapareciendo de pronto, dejando de existir, por lo menos para Lisandro que abre la puerta y recibe en pleno rostro la mirada asustada e intrigada de otro joven.
— ¿Por qué no respondías? —le pregunta, aún nervioso y entrando en la habitación, el angustiado amigo— Nos asustaste; Romualdo fue a la administración para que vinieran a abrir la puerta. ¿Por qué no abrías? Pensamos que te había pasado algo.
 
Lisandro no entiende porqué ese hombre le dice todo eso, si él ha abierto la puerta en cuando escuchó que llamaban. Pero no le preocupa la respuesta: al volver hacia la cama descubre que el joven desnudo del espejo está ahora acompañado, como él, por otro joven igualmente nervioso que, al igual que el que se abraza a él, le abraza e inicia una caricia en la espalda desnuda.
 
Lisandro disfruta el momento. Es maravilloso. Si sigue en esa habitación ya nunca más se sentirá solo, jamás volverá a estar solo. Lo acompañará siempre el hombre desnudo del espejo y lo acompañarán todos los que a éste acompañen: hacía tiempo que no se sentía tan seguro y tranquilo.
 
¿Qué ocurre, Lisandro? ¿Qué te pasa? —pregunta el hombre.
— Nada, no me pasa nada… Estoy contento —le responde Lisandro al desconocido, dándole un fugaz e improvisado beso en la mejilla, y simultáneamente a esa travesura, que no llega a ser un acto de infidelidad, le guiña el ojo al joven guapo del espejo, que también empieza a dar muestras de una cierta alegría acompañada de una incipiente excitación erótica. 

Ninguno de los dos puede ocultar, porque están tan desnudos, que los cuerpos responden al momento con una agradable erección.
 
El hombre joven que acaba de entrar y le acaricia la espalda descubre la erección de Lisandro y, quizás un poco más tranquilo, aproxima una mano a ese pene provocativo que le invita a dejarse llevar.
 
Lisandro disfruta, como también da muestras de placer ese amigo reciente, el hombre desnudo y jadeante del espejo. 
 
— Parece que ya abrió —dice una voz en el pasillo, próxima a la puerta semientornada de la habitación—. Muchas gracias.
 
Unos pasos se alejan, al tiempo que entra Romualdo y descubre a sus amigos, envueltos en la penumbra de ese lento atardecer, compartiendo caricias y palpitantes embriones de jadeos.
 
— No pierden el tiempo —dice acercándose y aproximando una mano a la cadera de Lisandro, que descubre que también otro hombre de rostro atractivo acompaña ahora al joven desnudo y excitado del espejo.
 
Los seis sonríen, gozan… se dejan hacer, mientras el espejo se obscurece más y más, como si imitara con precisión de relojero al recuadro de la ventana, alejando a tres de los guapos jóvenes.