martes, 28 de junio de 2011

SER O NO ESTAR ORGULLOSO DE LO QUE SOY

© Xabier Lizarraga Cruchaga
-Grupo Guerrilla Gay. con motivo de la XXXIII Marcha del Orgullo LGBTTTI, ciudad de México, 2011-

PERDONEN LAS MOLESTIAS QUE ESTA TOMA DE CONCIENCIA LES OCASIONE, PERO ESTAMOS TRABAJANDO PARA HACER MÁS LIGERO Y EFICIENTE EL TRÁNSITO POR LA VIDA...


La palabra "orgullo" es polisémica, laberíntica, caleidoscópica. Se la utiliza para bien y para mal; se la piensa y pronuncia asumiéndola como cualidad, como virtud, como logro: estimación propia [autoestima], hermosura de una cosa, causa noble... Pero también como defecto: arrogancia, ostentación, vanidad. Desde la década de los 60 se criticó, y no poco, que comenzáramos a hablar de Orgullo homosexual gay... de orgullo homosexual, de orgullo lésbico. Y que bajo la palabra "orgullo" comenzaran a organizarse, en diversas partes del mundo no sólo organizaciones y grupos de activismo sino también las anuales y festivas marchas que hoy muchos denominan LGBT o con todas aquellas letras que se consideran necesarias para intentar incluir a todos los que han (hemos) sido despreciados, discriminados socialmente, perseguidos o simplemente borrados por el orden heterocéntrico, de mentalidad binaria y genésica de la sexualidad. 


Activismos y marchas que hoy, varias décadas después, se han renovado y debilitado, se han fortalecido y diversificado, y a las que podemos llamar de una y mil formas: queer, arcoiris, de la diversidad sexual o incluso "sopa de letras", porque somos ocurrentes y estamos animados por el humor, y porque, le pese a quien le pese estamos orgullosos de ser. ¿Orgullosos de qué? -nos han preguntado y hasta gritado algunos. Y aunque no tendríamos por qué responder a preguntas necias, una vez más y con humildad, respondemos: Orgullosos de ser como somos, de amar a quienes amamos y de sobrevivir al desprecio histórico con que nos ha llenado el cuerpo y el ánimo de cicatrices dolorosas... Orgullosos de haber cultivado y trabajado nuestra autoestima, y orgullosos de no dejar de pulir y modelar, con no pocos tropiezos en el camino, una causa noble y digna, una causa que no se focaliza sólo en nosotros mismos, sino en todos: estamos dándole cuerpo y respiro a una convivencia sin desprecios, sin discriminaciones... estamos aprendiendo a respetar y a hacernos respetar.

Y en el proceso, estamos intentado alcanzar una utopía: que el animal humano pueda ser una especie orgullosa de sí, y no sólo una especie prepotente, responsable de catástrofes, guerras, rencillas, odios y desprecios. Orgullosos de no avergonzarnos de nuestros deseos y amores, y por lo mismo, decidido a no dejarnos avasallar más por la mirada miope y soberbia de aquellos que temen perder privilegios que se han otorgado a sí mismos, negándoselos a tantos otros... Aunque esos miopes y soberbios sean papá y mamá, el señor presidente o los jerarcas de las iglesias que se creen voceros de un dios en el que algunos de nosotros creen, aunque no necesariamente todos en el mismo. Y quizás lo más importante, estamos orgullosos de saber amar sin condicionar a los que amamos, como a veces nos condicionan su amor nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros compañeros de escuela, de juegos, de trabajo... nuestros vecinos. 


Y tras responder a esa obcecada pregunta, pienso que nos hemos ganado el derecho y la voz para hacer nosotros algunas preguntas... y quisiéramos que las respuestas se materializaran en acciones concretas y pensando en todos y no sólo en esos miembros del club de vanidades y soberbias heteronormativas: 


-- ¿Por qué cuando unos padres ven que sus hijos triunfan en la vida y son reconocidos socialmente, tienen derecho a sentirse orgullosos, pero los jotos, las marotas, las vestidas y demás quimeras no debemos estar y sentirnos orgullosos de haber sobrevivido a la homofobia, a la misoginia y las moralinas de doble filo? 
-- ¿Por qué esa pareja heterosexual que se ha quedado embarazada, es tan arrogante y vanidosa, que no se permite ni por un momento imaginar que su progenia tal vez no será heterosexual?
-- ¿No es ese lado obscuro del orgullo lo que hace que los mandatarios, legisladores, jerarcas religiosos y demás homófobos consideren que sólo los heterosexuales son  (y merecen ser) ciudadanos de pleno derecho para amar y desear?


Y sin responder, nos hacen muchas veces otras preguntas lacerantes:
-- ¿Por qué no son lo que son y hacen lo que hacen entre ustedes sin ostentación, muy discretamente y en la intimidad? ¿Por qué tenemos que verlos? ¿Por qué nos obligan a enterarnos de lo que sienten, piensan y desean?



Y les respondemos muy claramente y sin hipocresías: porque el clóset es asfixiante y avala la homofobia; porque no nos da vergüenza ser como somos, porque nos aguantamos los miedos y porque tenemos el mismo derecho que ustedes a que nuestras vidas sean públicas y no censuradas. Nuestro orgullo es, antes que un mero calificativo, una emoción, un sentimiento y un hacer cotidiano. Y como toda emoción y sentimiento, sin duda tiene sus luces y sus sombras, sus trasparencias y opacidades, pero estamos trabajando todos para pintar de colores nuestro orgullo de ser... e incluirlos en esos colores a todos ustedes, porque somos sus hijos, sus padres, sus hermanos, sus primos, sus compañeros en esta vida... y sin duda, en ocasiones sus adversarios, que es lo que menos nos gusta, pero tenemos que insistir: ANTE LA HOMOFOBIA, NI UN PASO ATRÁS.


viernes, 17 de junio de 2011

EL CLÓSET Y LA TOLERANCIA: DOS MUERTES EN MEDIO DE LA VIDA


© Xabier Lizarraga Cruchaga
En un orden político-social acotado por una ideología de exclusiomes y confrontaciones, el homosexual de clóset se somete a las dinámicas y reglas de las apariencias, de fingimientos impuestos por un discurso normativo e incluso afectivo, mediados por el miedo y las ganas de ser alguien ante los ojos de los demás, de quedar bien con el otro; y comete mil y una atrocidades que afectan a su soy, a su ser como sujeto de deseo. Por lo mismo, es importante recapitular un poco algunos puntos y reubicarnos en sitios estratégicos para mirar con una persperctiva que permita no sólo una panorámica del paisaje todo —el bosque, dirían los clásicos— sino también cada uno de los detalles, los casos aislados, singulares, más inmediatos, que la más de las veces se convierten en casos cerrados y se les desprecia porque son eso, casos aislados —algunos árboles. Pero también hay que detenerse a contemplar los árboles, porque ellos son los que hacen el bosque y producen el oxígeno de la diversidad.


El clóset, al inscribirse como institución y aparato ideológico en las políticas normalizadoras del heterosexismo, promueve, avala y fortalece los dispositivos de opresión-represión que le imponen al homosexual una invisibilidad social… un borramiento o cuando menos un sometimiento, que no sólo lo distorsiona sino que le encauza por caminos no elegidos. Consecuentemente, el clóset se significa como un mecanismo que, si bien en muchos casos tiene valor para la supervivencia —pensemos en la situación de amenaza en que se encontraban los homosexuales en la Rusia de Stalin y hoy en Irán, por ejemplo—, por lo general termina por enajenar al individuo. Y enajenar, en el sentido en que lo definen los diccionarios: “pasar o transmitir a otro el dominio de una cosa o algún otro derecho sobre algo […] sacar a uno fuera de si; entorpecerlo o turbarle el uso de la razón o de los sentidos […] desposeerle, privarse de algo […] retraerse, apartarse del trato que se tenia con alguna persona por haber enfriado o entibiado las relaciones de amistad…” [Alonso, Martín (1991:1674) Enciclopedia del idioma, tomo II -D-M-, Aguilar, México].


Mediante el clóset, el homosexual se enajena porque pretende no ser visto como tal y con no poca frecuencia no verse a sí mismo. El homosexual de clóset se impone, con ello, una triple ceguera: que no lo vean los demás, no verse a sí mismo y no ver el rol de esclavo del heterocentrismo que él mismo juega. El homosexual de clóset es un Edipo que se reconoce atrapado por el discurso homófobo que lo condena, porque amenaza todo deseo no heterosexual y familiarista; el Edipo inmoral, ilícito, que se obliga a ser sumiso y respetuoso del orden hegemónico sometiéndose a sus designios, a los “respetos” que sabe lo excluyen como sujeto social si no canaliza o encierra sus deseos: las puertas del gueto son amplias y visibles, lo que tras ellas está, sólo es sospechable.

Los personajes de la tragedia edípica son, finalmente, victimas de un orden que les precede  y establece condiciones  de existencia, encarnadas en la figura del Layo-rey-autoridad masculina; por lo mismo, al descubrirse como agentes desordenadores, tanto Yocasta-mujer como Edipo-amenaza se revisten de miedos y culpas: la mujer sumisa y en permanente segundo plano ante el hombre prepotente en el orden falocéntrico, el homosexual de clóset en su extravío emocional, culpígeno y ciego, sobreviviendo apenas, ajustándose como puede al orden hegemónico.

Lo que quizás resulta interesante es la posible decodificacion de la ceguera autoimpuesta de Edipo y el rol que desempeña Antígona —una y otra ignoradas por Freud. en su tan traído y llevado "complejo de Edipo". La ceguera en su carácter de enajenación y alienación: la sumisión a las posibles bondades de la segunda que, no en su papel dramático de hija sino de su encarnación de lazarillo, guía al homosexual de clóset por los desiertos de sus culpas y vergüenzas, de sus miedos y rendiciones; Antígona condiciona los pasos del ciego Edipo, cumpliendo su papel como la tolerancia.


Urticante como resulta, la tolerancia vuelve incomodo cualquier espacio, condiciona todo movimiento a un mantener una apariencia de respeto social. La tolerancia es, en consecuencia, una modalidad afectiva-opresiva, discreta, sutil pero implacable de una vigilancia severa; una modalidad de violencia que por sus disfraces pasa con frecuencia inadvertida, adoptando la forma, pretendidamente protectora, de libertad bajo fianza que mueve al homosexual de clóset a conformarse y congratularse, porque se le concede una libertad condicionada que, sin decirlo, impone ocultamientos o cuando menos discreción… La tolerancia hacia la homosexualidad no es más que una dolorosa modalidad de arresto domiciliario: limita los espacios, minuciosamente acotados, demarcados y vigilados, construye los guetos tanto físicos como afectivos. Toda tolerancia connota una demanda, si no de desaparicion, sí de mesura formal, de cautela, porque no ofrece realmente garantías ni compromisos sociales para con el tolerado.


En la Ciudad de México todo ello se hace más que evidente en los últimos años, más aún a finales de la primera década de los años dos mil, pues se la anuncia, publicita y se la quiere hacer ver como ciudad gay friendly, cuando sólo acota unas calles para una mayor posibilidad de expresión de las homosexualidades, siempre con vistas a lo redituable que pueden ser económicamente los y las homosexuales… pero ¿se aceptarían plantones de grandes contigentes del colectivo LGBT en el zócalo capitalino o en el Paseo de la Reforma, como se han permitido e incluso protegido los de otros movimientos? No, la Ciudad de México es sólo una ciudad algo más tolerante con el colectivo LGBT que otras ciudades del país.


No obstante, la mayoría de los homosexuales de clóset e incluso muchos que viven su preferencia de cara a la sociedad, hoy por hoy se conforman con esa tolerancia social que comienza a manifestarse con respecto a la homosexualidad; y se conforman porque quieren ser integrados, asimilados por el orden social hegemónico —grupo en el que sin duda se hallan los homosexuales de clóset, pero no sólo ellos. Y frente y en oposición a aquellos, están los que no buscamos ni integración ni asimilación, sino revolucionar al conjunto social para generar un nuevo orden social sin protagonistas y comparsas, un orden social en el que palabras como “heterosexual” y “homosexual” no generen más delirios ni conflictos que otras como “árboles” y “turistas”.
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[Fragmentos –ligeramente modificados– del libro Semánticas homosexuales. Reflexiones desde la Antropología del Comportamiento –en prensa–]