miércoles, 24 de agosto de 2011

UN CLÓSET Y DOS METÁFORAS

© Xabier Lizarraga Cruchaga

El homosexual que se oculta en el "clóset" -que es una institución impuesta por el heterocentrismo-  busca explicarse, incluso justificarse de mil y una forma, y por más de mil y una noches. Atenazado por el miedo, se siente comprometido con el otro y obligado a renunciar a su libertad pública, a cambio de conseguir algunas calmas que le permitan disfrutar clandestinos placeres, discretos encuentros eróticos a puerta cerrada… Como en sus días escribiera Carlos Pellicer, no son pocos los que murmuran:



" Que se cierre esa puerta
que no me deja estar a solas con tus besos.
Que se cierre esa puerta
por donde campos, sol y rosas quieren vernos.
[…]
Por razones serenas
pasamos largo tiempo a puerta abierta.
Y arriesgado es besarse
y oprimirse las manos, ni siquiera
mirarse demasiado, ni siquiera
callar en buena lid."



Pero para el homosexual no es suficiente cerrar la puerta de la habitación para dar rienda suelta a sus deseos... El simple fingimiento no es garantía de pasar inadvertido y de acceder a la aceptación social; por lo que no pocos homosexuales de clóset pretenden engañar a los demás engañándose a sí mismos. Y sienten tienen que fortalecerse, construirse un yo respetable. De ahí que el homosexual de clóset sea un Fausto con una mente en ebullición que se obliga a trabajar a gran velocidad, que se exige eficiencia y éxitos, y se imagina conseguirlo involucrándose con Margarita, y se casa… realmente convencido de que esa la solución; aunque Margarita, sin duda, es algo más que una idea que deviene obsesión: es una metáfora que deviene fraude.



Como el Fausto, el homosexual de clóset vende su alma al diablo: vende su identidad, su yo-sexual al heterocentrismo. Como Fausto, se esfuerza por aprender todo lo que puede ser conocido sobre el mundo pensado por y para otros sujetos del deseo, el mundo de aquellos que se reconoce distintos en un mundo más allá y lejos de sí, de sus personales propósitos morales. Este Fausto ofrece su alma (la ética de ser él mismo), a cambio de cubrirse con la moral oficial, de abrigarse con las cobijas de la decencia y la respetabilidad confeccionadas por el orden heteronormativo que tiene por poder supremo. Sí, este intranquilo Fausto hace un trato a todas luces perverso y lo sabe, pero se arriesga y condena: ofrece la pérdida de su identidad homoerótica a cambio de una posibilidad de no ser identificado como distinto, y esa pérdida identitaria a nivel social le sirve de moneda para comprarse una más que cuestionable respetabilidad, un disfraz carnavalesco de identidad prefabricada. El demonio heterocéntrico, a cambio, le deja hacer, y aprovecha para avasallar a la homosexualidad en general; le concede la posibilidad de realizarse como un sujeto social “de bien” y “reconocible” en un mundo en el que impera el modelo de las heterosexualidades —no todas igual de respetables—, a cambio de que se una a las huestes de la ortodoxia.


 El homosexual de clóset deviene en Fausto que le sirve y entrega al demonio su soy al encarnar públicamente una imagen que tranquilice a los demás, a sus padres y vecinos, a los compañeros de la escuela o del trabajo, a las instituciones de bien del país, a los jerarcas de las iglesias y a los juristas de homofobias ortodoxas… Finalmente, ese dolorosos contrato firmado, representa para el Fausto-homosexual de clóset un cambio en la valoración del mundo, en tanto que con él ofrece su personal manera de ver y sentir las cosas por un descubierto y desmedido amor por el ejercicio de un poder: en más de una forma el clóset, como se ha apuntado, responde a una lógica intransigente del poder. Para ser candidato a ser reconocido como sujeto de derecho, el Fausto que nos ocupa ahora obliga a su cuerpo sensible a expresarse con mesura, no sólo controlada sino bajo la lupa del otro, obligándose a moverse en el espacio de la discreción que le permite incluso “redimir” su placer. Fausto, brillante y luminoso en sí mismo, se redime ante el otro, el que no atenta contra el orden establecido; vende su yo más íntimo, su yo-sexual como sujeto de deseo, al abstracto amo de la heteronormatividad, y con ello se redime, porque por lo menos aparentemente deja de “ser esclavo de sus pasiones”… en tanto que redimir, también significa: “rescatar o sacar de esclavitud al cautivo mediante precio…"

En resumen, el homosexual de clóset acepta esclavitudes lamentables: se redime ante el otro, humillándose para sí.



Otra posible metáfora, si se quiere igual o más forzada pero que invita a reflexiones, podemos crearla a partir del doctor Jekyll y mister Hyde, en la medida en que es una alegoría moral en la que, al parecer el ser decente y prestigioso, el Jekill se reconoce como el monstruoso Hyde (homosexual), que aprovechando nocturnidades y sigilos combate al mesurado y cerebral Jekill. Una substancia mágica y extraña (el deseo) le permite una transformación que contraviene la respetabilidad social, obsesión del hombre de bien… ¿Resultado? Dos vidas paralelas y contrapuestas; y lo que al comienzo parece controlable y producto de decisión razonablemente meditada, deviene después prácticamente incontrolable: sorpresivamente y cuando menos se lo espera dejar de ser el prestigioso Jekyll y se transforma en el monstruo temible Hyde. Y no sólo eso, se hace evidente que sólo uno de los dos tiene derecho a un rostro visible, por lo menos, a un rostro socialmente aceptable: Jekyll, que por otra parte, a los ojos de los demás paulatinamente se va conviertiendo en un ser demasiado extravagante… que empieza a razonar, o más bien a desrazonar, de una forma extraña, porque los deseos desbordan en algún momento los diques de contención impuestos. Lo que le hace pensar o por lo menos argumentar a nivel de soliloquio: “El peor de mis defectos era una cierta impaciente vivacidad, una inquieta alegría que muchos hubieran sido felices de poseer, pero que yo encontraba difícil de conciliar con mi prepotente deseo de ir siempre con la cabeza bien alta, exhibiendo en público un aspecto de particular seriedad”.



Mediante el disfraz de las apariencias, el homosexual de clóset se vuelca en la representación de una decencia que le resulta incomoda, en tanto que no está hecha a su medida, pero a la que se aferra para sentirse en la superficie y no condenado a la obscuridad de lo indeseado... ¿pero no se enclaustra en las obscuras mazmorras de la clandestinidad y los secretos culpígenos?

Y la respuesta a esta pregunta, necesariamente afirmativa, le es difícil de aceptar, porque el miedo a no ser aceptado socialmente le ha roído el gozo de ser él mismo, de ser un sujeto de deseo autónomo... el homosexual, si no se permite ser visto, se desdibuja.