LA ZONA ROSA DE LA CIUDAD DE MÉXICO: LO QUE FUE, QUE ALGO QUEDA




La Zona Rosa es y fue un pulmón que a varias generaciones de maricas nos ha permitido respirar esperanzas y madurar proyectos, conocer el submundo de lo “no prohibido” pero sí perseguido de mil maneras en México: los placeres del amor obscuro, que diría el gran García Lorca. Un entramado de calles que estimularon mis deseos y, a la postre, algunos textos no siempre muy decentes y académicos:

Ayer, en la mitad exacta y equilibrada de una esquina, descubrí a un joven que parecía mirar pasar el tiempo. Mientras en su entrepierna, ceñida por mezclillas, se insinuaba en alto relieve publicitario de deseos su verga clueca empollando huevos. La bragueta se ofrecía como puerta violable por la mirada, como buscona frontera, invitadora Celestina. Y su verga creció con lentitud de hiedra cuando el chico descubrió que la envolvía mi mirada. Sobre mis labios entreabiertos, mi lengua se obsequió en un desliz húmedo y concéntrico.

El joven sonrió, llevando su mano escultora de caricias al montículo creciente y caliente de su hipnótica entrepierna, como deseando reventar hilos, tejidos, botones, cremalleras. Me abría poco a poco la entrada con guiño invitador. Avalaba un encuentro con sonrisas. Me llamaba en silencio, acariciaba el pantalón que mi boca deseaba desgarrar. Su verga ya crecía indómita y se movía sin dejarse ver, cada vez más sugerida. Dibujándose más a cada instante, con recias luces y sombras de duna que palpita de deseo.

Mis pasos me llevaron al encuentro anónimo, animados, impulsados por la fuerza desbocada de mi verga, acariciada también por la tela entibiada de mi propio pantalón. El joven respiró mi cercanía; reprimiendo apenas el coqueteo de sus labios, depositó la flecha de sus ojos en el monte creciente de mi verga y levantó su mano acariciante hacia mi hombro: “Hola… ¿Qué haces?” —susurró aproximando su entrepierna a mi entrepierna...

A plena luz y a la mitad exacta de la esquina de Génova y Hamburgo.

—texto publicado en Breviario de una J por La Décima Letra Editorial.


La Zona Rosa ha sido y aún es un espacio demarcado y defendido como territorio marica, trans y de muchas otras criaturas ambiguas y heterodoxas —que se cruzan en el ir y venir del flujo de turistas, burócratas, empleados de banco, de restaurantes y de tiendas—, un territorio con sus rincones, esquinas, lugares y sombras donde cazar ilusiones y momentos, donde refugiarse y encontrar algunas maneras de sobrevivir, un territorio donde conquistar placeres y vivir el tiempo desvariando en reflexiones variopintas.


A muchos nos resulta imposible olvidar que en la calle de Hamburgo, estaba la emblemática librería-galería: “Arvil”, a la que algunos jotos de finales de principios de los 70 íbamos a hojear libros y revistas, para muchos de nosotros económicamente inaccesibles, como After Dark, que tantas excitaciones nos proporcionó con las imágenes de iconos masculinos, que constituían el invaluable material del erotismo homoerótico de aquellos años: Joe Dalessandro —abiertamente bisexual—, David Meyer, Udo Kier —que fuera amante de Rainer Werner Fassbinder en los 60—, Peter Reed, Rudolf Nureyev —considerado por muchos el más grande bailarín del siglo XX, víctima del SIDA en 1993— y tantos otros del mundo de la danza, el teatro, la música y el cine. 


La inmensa mayoría de aquellos espacios y establecimientos de los años 60, 70 e incluso 80 en los que no sólo nos encontrábamos sino en los que nos formábamos como sujetos actuantes y deseantes, ya han desaparecido físicamente, pero siguen vivos en los recuerdos de los sobrevivientes de la aniquiladora pandemia del SIDA en los 80 y 90: “Toulousse Lautrec”, “Kineret”, “Tirol”, “Aunt Jemima” —al que joterilmente llamábamos “el aunque gimas”—, “Konditori”, “Reno” —ese primer bar para lesbianas y maricas al que entré en el Distrito Federal, después de conocer el maravilloso y añorado “Sanssouci” de Acapulco—; tampoco olvidaré nunca el “Carmel”, la cafetería de Don Jacobo Glanz en el Pasaje Jacarandas —Londres-Génova-Liverpool— donde se montaban largas mesas de contertulios en las que conocí a José Antonio Alcaraz, Carlos Monsiváis, Ramón “La Moncha Prida”, Jorge Arturo Ojeda y a otros más jóvenes, que estábamos más que dispuestos a aprender de las generaciones anteriores toda una batería de estrategias y las complejas ciencias y artes de la vida de las jotas… Yo sigo en contacto con algunos de ellos. ¿Cómo olvidar en la zona centro de la ciudad ese otro sótano de calle Independencia, el “Villamar, salón para familias”? Un en ocasiones lúgubre local, pero que volvía brillantes las noches con música de mariachis y cantantes espontáneos como aquella maricona alcohólica, Celso, que muchos conocimos como “María de los Guardias” porque no había noche que no la cantara, y que se entusiasmaba cuando coreábamos con ella: “¡Que se mueran las feas…!” En el “Villamar” nos dábamos cita toda clase de homosexuales, más allá de las clases sociales, en una auténtica democracia de amores y placeres clandestinos: desde “niños bien” de Las Lomas, Polanco y El Pedregal hasta vendedores de periódicos, plomeros, limpiabotas y chichifos —“chaperos”, prostitutos—, pasando por la variopinta fauna clasemediera de la que yo formo parte desde entonces


Sin embargo, en aquellos difíciles años (60 y 70) de represión y miedo, también vivimos situaciones que hoy nos pueden mover a risa, aunque en el momento nos provocaron mucho sobresalto; recuerdo, por ejemplo, la noche en que fuimos Mario, Javier, Juan Antonio y yo a una fiesta en la colonia Condesa, una fiesta muy concurrida y variada, y de pronto, alrededor de la medianoche, vimos a través de las cortinas las cambiantes luces azules y rojas de una patrulla de policía; en cuanto se dio la voz de alarma las locas desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos, y nosotros cuatro —no recuerdo si alguien más— optamos por quedarnos sentados en la sala con nuestras bebidas, de lo más “decentes”, pero poniendo atención por si escuchábamos ruidos que alertaran de algún peligro… y los minutos pasaron, largos minutos de inquietud, tal vez una media hora y… nada, las luces de la patrulla seguían ahí pero no se percibía movimiento alguno, así que con cautela me acerqué a la ventana y entreabrí la cortina para ver y descubrir que los policías se habían estacionado justo frente a la casa, porque al lado de la misma había una taquería en la que estaban cenando muy a gusto. Cuando finalmente se fueron, medio muertos de risa avisamos que el “peligro había pasado” y le subimos el volumen a la música… Poco a poco vimos salir del horno de la estufa a una loca con grandes dotes de contorsionista, de los tinacos salieron dos “vestidas” empapadas y titiritando de frío, de debajo de las camas, de armarios, del trinchador del comedor y de otros lugares verdaderamente insólitos fueron saliendo uno a uno el resto de los invitados a la fiesta... Supe después que varios habían subido a la azotea y desde ahí consiguieron pasarse a otros edificios y desaparecer en la noche. 


Todas las semanas se repetían sustos de ese tipo y numerosos homosexuales y travestis eran acosados y violentados por la policía... el activismo estaba por llegar, pero el terreno para su brote se preparaba en la conciencia de algunos de nosotros, a quienes cada vez nos era más difícil ser coherentes con nosotros mismos como miembros de una sociedad en la que se nos exigía desaparecer de la vista de “las buenas conciencias”, sólo se nos utilizaba como carne de extorsión o como elemento para la burla y la risa tonta en algunas películas.

 

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