miércoles, 17 de diciembre de 2014

#México_seLlora A FINALES DE 2014


México a finales de 2014 se llora porque la sangre, la represión, los secuestros, la corrupción y la impunidad reinan sobre la legalidad, sobre el diario ir y venir de millones de ciudadanos ya tristemente habituados a las crisis económicas, sociales y políticas. México llora y grita porque, a golpes de segundero, se abren distancias en esta brumosa multitud que configuramos el abstracto “nosotros los mexicanos”, porque en México se quiebran lazos familiares y las redes sociales se debilitan, se trivializan las causas sociales, al parecer permanentemente condicionadas a la coyuntura de instantes fugaces: marchas, rabias, excusas, declaraciones, resentimientos, venganzas, denuncias, variopintas explicaciones que adulteran con violencia realidades violentas… Por ello nos refugiamos en intimistas monólogos monocordes o con apenas sutiles matices cromáticos sobrevivimos entre parlamentos rotos; nos refugiamos en la memoria del otro al que apenas alcanzamos a ver a los ojos, mucho menos sus lágrimas secas que resquebrajan la piel y las emociones, que texturizan los momentos, los gestos y los desplazamientos. En México hace ya mucho que aprendimos a vivir el día a día con gratitud de limosnero y a convivir a base de teatralizaciones, a través de explosiones carnavalescas y melodramáticas telenovelas de guiones predecibles.



México se llora porque han desaparecido/muerto jóvenes en Ayotzinapa, hombres, mujeres y niños en Tlatlaya; mujeres no sólo en Ciudad Juárez sino en todos los estados del país, niños en la incendiada guardería ABC de Hermosillo, periodistas a lo largo y ancho del territorio… Y sólo son la punta de un iceberg de dolor y muerte, de inseguridad y rabia contra el que nos estrellamos al abrir los ojos, al intentar descansar, al caminar por calles abarrotadas y campos casi abandonados. En México son humillados, secuestrados y asesinados numerosos migrantes que viajan del sur al norte persiguiendo un sueño, y se multiplican los crímenes de odio, las víctimas del narcotráfico y de las fuerzas gubernamentales… Los olvidados de siempre. En México se rompen familias y se polarizan intereses, se suman deseos y se abren brechas que casi no permiten distancias entre las risas y los llantos: México se fractura y es muchos Méxicos; se erosiona, se desgasta, se dispersa porque también son muchas nuestras debilidades… Desafinamos cuando elevamos la voz, cuando gritamos y lloramos, cuando reímos y murmuramos promesas de amores inconfesables en oídos que se ruborizan porque aprendimos a no hacernos demasiadas ilusiones.



En este México nuestro de todos los días –que se dice laico desde el siglo XIX y que jamás lo ha sido realmente porque se rinde y se arrodilla una y otra vez ante un dios carente de legalidad, pero poseedor de la legitimidad de millones de mexicanos perfectamente adoctrinados desde el siglo XVI hasta la fecha– se han encendido luces multicolores, luces que se apropian de algunas de sus calles adornando edificios y árboles, iluminando las noches e invitando a la fiesta, a una fiesta larga y mestiza que arranca con el “guadalupano 12 de diciembre” del "México siempre fiel"; y se prolonga a lo largo de los días para “pedir posada”, y se suceden las cenas, las comidas, los brindis del 24 y el 25 de diciembre, porque dicen que lejos, muy lejos y hace mucho, mucho tiempo nació un niño para ser crucificado: el dolor y el sacrificio seduce a México, es parte de su historia y del legado mesoamericano. Pero la fiesta continuará el 31 para despedir al “año viejo” con la fatigada y sonriente bienvenida al “año nuevo” el 1 de enero, y lentamente se irá apagando la euforia tras la rosca “de reyes” y los tamales de “la Candelaria”, para brillar de nuevo el 14 de febrero cuando exploten los comercios con corazones y engañosas propagandas acarameladas… Y así sucesivamente, a través de los meses: siempre habrá excusa para la fiesta, porque México se llora mientras reza y brinda y se entretiene con el ansiolítico del humor. Pero México no sólo llora y reza y ríe, también olvida, pasa página y sigue casi como autómata hacia un nuevo mañana si dios quiere, porque hay que seguir adelante y conquistar instantes de fama y ser inmolados en la piedra sacrificial de la crítica y la censura, de la burla y la veneración, ya sea en la lejana Noruega o en el barrio donde todo se sabe y se comenta sin necesidad de Internet.



México se llora y con sus lágrimas llena un vaso para mitigar su insaciable sed de justicia. México se llora y utiliza las mortajas para cobijarse, y come sus miedos artesanales para saciar el hambre, porque hay que seguir adelante, hay que dar un paso más y luego otro y otro más antes de caer sin fuerzas, derrotados por la edad, por la enfermedad, por el crimen organizado o por la embriagante inconsciencia tras la fiesta... ¿Cuál fiesta? Cualquier fiesta: las oficiales y oficiosas que salpican los calendarios, aquella que se organizamos para disfrutar vivencias propias o esa otra de sangre y dolor a la que nos arrastra la realidad nacional.



México se llora mientras los políticos se ocupan más por su aguinaldo que por la indignación del ciudadano de la calle; ellos, sin duda, también son ciudadanos, pero no ciudadanos de a pie sino de "a pie de urna", cobijados por el logo y la demagogia partidista, gritando diferentes consignas pero repitiendo las promesas de siempre, que saben que no cumplirán para que no se les acabe el negocio: “la solución somos todos”, “unidad popular, todo el poder al pueblo”, “un México para todos”, “unidad y convención”, “honestidad valiente”, “renovación moral de la sociedad”, “bienestar para todos”, “ciudadanos que movemos a México”, “amor, justicia y libertad”, “arriba y adelante”, “transformando a México”…


México se llora porque la posada que pide en estas fechas decembrinas le es negada siempre, todos los días, todos los años, todos los sexenios:



Los mexicanos de a pie murmuran:

“…No sean inhumanos
dennos caridad
que el dios de los cielos
se los premiará.”

Los mexicanos de "a pie de urna" y los criminales de siempre, responden:

“Ya se pueden ir,
y no molestar
porque si me enfado
los voy a apalear.
[…]
No me importa el nombre,
déjenme dormir
pues yo ya les digo
que no hemos de abrir…”

México se llora y reza y se consuela… Y así parece que seguirá por décadas y sexenios, siempre llorando, clamando y sobreviviendo apenas, con la esperanza desgarrándole la garganta, con el ánimo desangrado, con la memoria masacrada y marchita; y sin embargo, los mexicanos seguiremos festejando la vida a través de rituales balsámicos.