martes, 16 de octubre de 2012

CLOSET = HOMOFOBIA


El título de esta reflexión quizás les parezca exagerado, injusto, quizás hasta agresivo e incluso insolidario, recalcitrante, tal vez –por favor, llenen con adjetivos la línea puntuada, como suele decir mi admirado Jesús Calzada:......................); lo que sí asumo es que es un postulado radical, porque pretendo –aunque no lo consiga– llegar a la raíz de un problema social milenario. 

Tal vez los hay que argumenten, con no poca razón y con algunos pelos de la burra –no todos– en la mano, que cada quién puede hacer de su vida lo que mejor le plazca, como  optar por "ser discreto", "ocultar" o "editar" parte de su vida a la vista de los demás, protegerla de los riesgos de vivirla plenamente, ser avaro consigo mismo, y demás. Y si, sin duda pueden también argumentar rascándole incluso a las opciones, que el clóset se inscribe en el "derecho a la intimidad", "a la privacidad"; pueden considerar lo que quieran, como yo puedo considerar que eso del clóset no supone "derecho" alguno y que no sólo incumbe al discreto, avergonzado o temeroso, sino que afecta a todos, porque entre otras cosas: abona la homofobia.

Sólo quisiera precisar que no son lo mismo "el clóset" y "las estrategias para salvar la vida o no ser encarcelado" en países institucionalmente homófobos; ahí donde las leyes no sólo no garantizan la vida sino que la amenazan, son más que necesarias las cautelas, los espacios clandestinos y los lenguajes crípticos. El clóset es otra cosa... Y tiene una triste historia. Estar en el clóset avala la homofobia, porque es un constructo derivado de la heteronormatividad; es una imposición ideológica que permea los ánimos, los afectos, los vínculos sociales, sean  fugaces o permanentes.  Por lo que resultan absurdas ideas tales como la debida a la pluma de un famoso escritor que murió sin salir de un clóset de cristal que afirmaba que "salir del clóset es un acto confesional".

El asunto es mucho más complejo; no se trata sólo de "callar" o "gritar: soy joto ¿y qué?"... y quien dice "joto" o "puto", dice "lesbiana" o "tortillera", ""vestida" o "trans", "bicicleta", "sin problemas de estacionamiento" o "bisexual". Yo mismo, por ejemplo, no ando diciéndole a todo mundo que soy "mexicano",  "hijo de refugiados españoles" o "antropólogo", y no por ello soy "mexicano de clóset", "hijo de clóset" o "antropólogo de clóset"... Pero cuando le comunico a alguien algo de eso, no estoy confesando mi nacionalidad, mi origen o mi profesión. ¿Por qué? Porque el clóset es algo que implica no sólo lo que uno es o siente, sino las actitudes, los valores y los sentimientos de los otros, y tiene como ingredientes los miedos y las vergüenzas, las culpas y el peso de las opiniones de los demás. Decir que "salir del clóset" es un acto confesional supone que lo que la persona es le resulta vergonzoso, que le provoca culpas... Uno no confiesa que le gustan los tacos de carnitas con salsa verde o la tortilla de patata, que siente placer cuando lee una novela o toma el sol en la playa, que le apasionan las películas de Alfred Hitchcock y disfruta cuando viaja. Uno confiesa un delito, un pecado, un error, un acto del que se arrepiente o que reconoce vergonzoso.

Añadir leyenda
El clóset es una imposición de silencios, de vergüenzas, culpas o miedos, por lo que es un dispositivo de opresión; un dispositivo que orilla a fingimientos y mentiras, un dispositivo de tortura que orilla a esconder algo de lo que uno es. El clóset sólo aparentemente permite al individuo sentirse bien, aunque realmente lo que ofrece es tranquilidad a los otros; el clóset es un dispositivo de poder heteronormativo: si no eres como debieras ser en una sociedad heterocentrista, son los demás los que te amenazan; de ahí que si estás en el clóset es para no ser discriminado, perseguido, injuriado, despreciado; luego entonces, el clóset es un instrumento de la homofobia. Y si es un instrumento de la homofobia, vivir en el clóset es aceptar ser regido por la homofobia. Uno no se mete al closet, es metido a la fuerza, porque  nacemos en el seno de un orden social homófobo. Como bien apunta Paco Vidarte en su libro Ética marica. Proclamas libertarias para una militancia LBTBQ: "Yo soy marica y mi circunstancia es un medio mayoritariamente hostil, heterosexual, machista, homófobo […] las maricas ya parten de una situación peculiar: están desprovistas de un yo, son no sujetos." (pg. 33)

La homofobia tiene una historia más larga que la misma palabra "homosexual" –y quien dice "homosexual", dice "lesbiana", "bisexual", "transgénero", "travesti", "transgénero" o "intersexual"– porque subyace en un orden social que impone una noción de "sexualidad" centrada en dos premisas opresoras: 1) la función de la sexualidad es la reproducción, y 2) sólo existen dos sexos –que se complementan para cumplir la primera premisa. Y además de opresoras, tales premisas son falsas: antes de que existieran seres sexuados, muchos organismos eran más que capaces de reproducirse por bipartición e incluso hay organismos sexuados, como lagartijas, que no se reproducen sexualmente sino por partenogénesis; además en no pocas especies la sexualidad sobrevuela relaciones sociales no necesariamente reproductivas: alianzas, por ejemplo, así como experiencias placenteras... Y parientes evolutivos nuestros, como los bonobos, son buen ejemplo de ello.

Cuando el homosexual no se permite ser como es, expresar sus sentimientos, ventilar sus amores es por temor a lo qué podrá hacer papá, cómo se lo tomará mamá o paralizado por el posible infarto de la respetable abuela; consecuentemente, finge para no desentonar, para no arriesgar insultos, rechazos, desprecios... no evita sus propios escándalos sino los de aquellos que le rodean... Insisto: clóset = homofobia.

La homofobia tiene más rostros y máscaras de las que muchos queremos reconocer porque amamos a mamá, respetamos al abuelo, aspiramos un buen puesto de trabajo y el reconocimiento de quienes nos rodean, porque se teme el "qué dirán". El clóset obliga a ocultarse cuando se está en casa, se va a la escuela,  se solicita un trabajo... porque la homofobia exige que nos pongamos una máscara, que le cuestan mucho a quienes se dejan avasallar, humillar, oprimir y avergonzar por lo que piensan los demás. 

Pero la homofobia no para ahí... va más lejos porque es violencia polimorfa. Es la homofobia la que realmente se disfraza para incidir en el ánimo, se maquilla de tolerancia y de interés científico incluso. Por ello, invito a reflexionar un poco más allá de la  inmediatez del miedo o la culpa, una lista de diez expresiones de homofobia que no solemos reconocer como tales:

1) Que los padres presupongan que sus hijos serán heterosexuales, y por ello les parezca de lo más natural preguntarles a sus hijos sobre si tienen novia (o novio, en caso de las hijas. Así como que, por el hecho de ser sus padres, los hijos den por hecho que son heterosexuales.
2) Que las madres –y en menor medida los padres– se pregunten “qué he hecho mal” cuando se enteran que un hijo o una hija es homosexual.
3) Que los padres, cuando saben que un hijo o hija es homosexual, pretendan que finja, demanden “discreción”, anteponiendo el “qué dirán” a la solidaridad y el apoyo parental… Lo que no es más que exigir que vivan en el “clóset”.
4) La búsqueda de una causalidad de la homosexualidad, cuando ningún investigador se ha propuesto todavía buscar la de la heterosexualidad.
5) La concepción psicoanalítica de que la homosexualidad supone un estado de inmadurez, en tanto que la relaciona con las pretendidas fases o etapas primarias del presuntamente “normal desarrollo psicosexual del individuo”.
6) Proponer presuntas terapias para “convertir” en heterosexual al homosexual.
7) Considerar defecto, delito, pecado o “faltas a la moral” los deseos y las conductas homosexuales. Sorprenderse y sentir alarma por ellas.
8) Que los asesinatos de homosexuales, travestis, transexuales y demás, queden impunes con mayor frecuencia y, la mayor de las veces, se concluyan con que se trató de “una riña entre homosexuales” o “un crimen pasional” al que más vale dar carpetazo.
9) Que el orden social hegemónico sea heterocéntrico, heteronormativo, falocéntrico y misógino, y se rija por una concepción binaria de los sexos, y
10) Implementar políticas de “tolerancia” pretendiendo subsanar con ello el orden de exclusiones imperante y las actitudes de rechazo que se tienen y expresan todos los días, a todas horas, en todas partes. Tolerar no es otra cosa que: “aguantar, soportar”, incluso resignarse a que algo que no gusta, que molesta, que no se quisiera ver o tener cerca, exista… La tolerancia es, quizás, la máscara más humillante de la violencia. Por ello, cabe suscribir una demanda impostergable: Seamos intolerantes con la tolerancia… Y es que tolerarnos supone otorgarnos permisos para ser lo que somos, concedernos una libertad condicionada... 

¿Limosnas y palmaditas en la espalda? 


No gracias... 









martes, 3 de julio de 2012

Comunicado-histórico: XXXIV MARCHA HISTÓRICA DEL ORGULLO LGBTTTI, CIUDAD DE MÉXICO (30 junio 2012)


Por Xabier Lizarraga Cruchaga
(Grupo Guerrilla Gay)



Aquellos que dicen que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”, realmente no saben lo que dicen, por más que les inspiren las coplas de Jorge Manrique… O quizás es que sólo se permiten recordar con nostalgia viejas historias, algunas aventuras divertidas ya libres de los miedos padecidos, recordar ingeniosas argucias para lograr encuentros placenteros, antiguas estrategias para el ligue… Si, con los años, se añoran muchas cosas: algunos amores, no pocas risas y jadeos, juveniles caricias y, evidentemente, la propia juventud.


Pero hace años también vivimos muchas cosas que no quisiéramos volver a vivir. Hace tres, cuatro, cinco décadas, ser homosexual, bisexual, trans o cualquier otro representante de la disidencia de la heterosexualidad y de las normativas binomiales, era vivir amenazado las 24 horas del día, y teníamos que ser más osados que descarados, precavidos e ingeniosos: en los bares no se podía bailar, tomar de la mano o dar un furtivo beso a la pareja o al ligue ocasional; mucho menos en la calle, porque sobre nuestras cabezas pendía la amenaza jurídica de una “falta a la moral y las buenas costumbres”, tipificada en los códigos. Y cuando realizábamos fiestas privadas para poder ir un poco más allá de las miradas sugerentes y del típico: “¿Te hago las preguntas de rigor o llenas el cuestionario en casa?”; un vecino homófobo podía denunciar la fiesta o bien –dado que malas siempre ha habido– podía hacerlo una loca resentida porque no había sido invitada… No era del todo raro que la policía irrumpiera en una fiesta con su correspondiente fuerza bruta, sin necesidad de orden de cateo, para llevarnos a todos a la Delegación, al Torito o a lo obscurito, y hacernos sufrir toda clase de humillaciones, que podían incluir la violación por parte de los miembros, nunca mejor dicho, de los cuerpos de inseguridad policíacos…


Sin embargo, justo es reconocerlo, hace tres, cuatro, cinco décadas, teníamos la imaginación bien aceitada y el ingenio afinado y a flor de piel, y nos hacíamos de lenguajes crípticos, verbales y no verbales, siempre salpicados de un humor casi a prueba de cualquier tipo de injuria –como el chaquira y el extrañable perreo, tan distinto del torpe y barato insulto de hoy–; lenguajes que, tristemente, han caído en desuso… Sí, la clandestinidad también tenía sus encantos, sus atractivos; aunque no era gratis ni sencillo: teníamos la obligación de ser un poco más solidarios, más audaces, valientes, incluso un poquitín impertinentes frente a las decencias y recatos impuestos por mamá, por el papá intransigente, por la abuela que amenazaba con un infarto a la vuelta de la esquina y por el Manual de Carreño. Razón por la que establecíamos redes sociales (cara a cara, no virtuales) que consolidaban lazos entre “hermanas”, “madres”, “tías” y las ochenta mejores e inseparables amigas… O amigos, para aquellos que aún hoy no pueden digerir que se les diga: “Oye mana, manita…”


Desde siglos atrás, como en los años 30, 40, 50, 60… sin organización formal, sin siglas o consignas coreadas, el movimiento éramos todos, un movimiento siempre en tiempo presente, en el aquí de la cafetería, de la calle, del parque, del bar, de la casa de un amigo o un de desconocido, incluso en el ahora de la obscuridad de un cine o entre las humedades y los olores de los baños; aunque al llegar al sacrosanto hogar de los progenitores, a la escuela o al trabajo, uno se tuviera que tragar las risas disfrutadas, disimular los gozos aún vibrantes en la piel y maquillar los goces con los aburridos tonos de la solemnidad impuesta por las decencias almidonadas y las respetables reverencias a los poderes oficiales, oficiosos o fácticos... Algo que siempre ha sido… y sigue siendo bastante engorroso.


Las lentejuelas y los arrebatos, las fantasías variopintas y los estoperoles, los guiños, las sonrisas, los besos y las caricias furtivas no se quedaban en las mesillas de noche, pero los más los sepultaban en el clóset, entre el abrigo, los pantalones y los zapatos –como sigue ocurriendo hoy con desesperante frecuencia. En otras palabras, era un “vivir sin vivir en mi” –a la manera de Santa Teresa de Ávila– entre ganchos para la ropa, estanterías, cajones y alguna maleta; nada cómodo y muy asfixiante, siempre mareados por la pestilencia a naftalina que emana del rancio respeto incondicional al pater familia.


Es por ello que en los remotos 70, algunos nos cansamos de tanto fingir e improvisar excusas; nos cansamos de las razzias policíacas y de tener que estar siempre obedeciendo los caprichos del amo heteronormativo; nos cansamos de bajar la cabeza y sentir rubores de vergüenzas y culpas que debíamos maquillar de decencias y respetos aprendidos... de falsos respetos. Consecuentemente, como otros antes en varios países, algunos de nosotros, hombres y mujeres de entre 18 y 30 y pocos años, optamos por tomar las riendas de nuestro presente, decididos a construirnos un mañana más luminoso, haciendo que el movimiento diario y clandestino, por lo general nocturnalmente callejero, se expandiera en mil y un direcciones, incluso a plena luz del día y frente a quien anduviera por ahí: salimos de las sombras porque necesitábamos airearnos... Y nos dijimos: "Si todos saben que existimos, pues ya va siendo hora de que nos vean y nos oigan, que sepan cómo somos realmente, porque no tienen la menor idea... Los de la acera de enfrente nos imaginan como  caricaturas de sus propios miedos, y si estamos dispuestos a aceptarnos como caricaturas, hagamos las caricaturas nosotros mismos, con nuestro humor, con nuestros colores y brillos, no con sus opacidades y sombras".




Así, comenzamos a hablar de nosotros mismos en voz alta e incluso a gritar, para que se dieran cuenta de que cada quien es como es y que, como nos lo recuerdan hoy las nuevas generaciones: juntos “somos mucho más que dos…” Queríamos que supieran que, sí, somos como los vampiros, nocturnos e inmortales, pero capaces de caminar bajo el sol, con lentejuelas en los colmillos, con estoperoles en las uñas, con un ondular indescifrable en las caderas y una mirada recia que envidiarían los mismísimos vaqueros de Hollywood; queríamos que vieran que somos más como un seductor Rock Hudson o James Dean, más como una vampiresa Marlene Dietrich o seductora Greta Garbo, que como el aburrido de John Wayne o la modosita Connie Francis… Y que ya no nos sentimos amenazados de muerte con los crucifijos y el “agua bendita” que aún hoy día muchos utilizan pretendiendo defenderse de nuestra existencia.


Y nos dijimos: “Demostrémosle al mundo, a los bugas, a los decentes, que sólo deben temer nuestras mil y una posibilidades de quebrar sus rígidos esquemas, porque nuestras risas transgresoras son incisopunzantes, y con nuestra imaginación más fiestera que carnavalesca, más propositiva y creadora que sumisa y apocada, somos capaces de transformar el viejo, obsoleto y discriminador orden social; somos capaces de combatir la misoginia y la homofobia.”


Ya han pasado muchos años desde entonces, ya ha llovido mucho en blanco y negro, a colores y en 3D, y de aquellas mujeres y aquellos hombres que en 1978, 1979, 1980… salimos a dar la cara y la batalla, muchos han muerto, pero los que sobrevivimos los llevamos con nosotros día a día, por lo que estas marchas también son de ellos y para ellos; y como en todos estos años se han ido sumado muchas voces y la juventud fortalece el movimiento; también estas marchas son de los que vienen llegando y para los que llegarán mañana, dentro de un año, para los que seguirán haciendo camino en las décadas por venir. Y también son para los heterosexuales, para nuestros padres, hermanos, hijos, amigos y vecinos, para que ya no vivan con miedos infundados, para que comprendan que México y el mundo están en permanente construcción, y en ello, todos somos corresponsables. En el D. F. y en otras partes del mundo ya hemos conseguido mucho de lo que carecíamos hace décadas, pero falta todavía mucho más… Por lo que los debates y desencuentros se seguirán produciendo, pero no importa, si con ellos conseguimos derribar los cimientos de la discriminación y construir un orden incluyente.


Quiero, por lo mismo, conmemorar hoy a los grupos pioneros del activismo en México: SEXPOL, Lesbos, FHAR, LAMBDA, OIKABETH, Nueva B, MULAS, Círculo Cultural Gay, IKATIANI, GOHL, Horus, CÁLAMO, El clóset de Sor Juana y otros muchos; y les pido también recordar con aplausos y sonrisas, con alegría y con orgullo, a los que ya hemos llorado mucho pero que aún nos permiten dibujar sonrisas en nuestros rostros; y hoy estamos aquí porque somos la presencia de sus ausencias: Nancy Cárdenas, Francisco Estrada Valle, Luis Armando Lamadrid, Arturo Díaz Betancourt, Hugo Valle, Ismael Casillas, Ignacio Moreno, Arturo Ramírez Juárez, Emilio Velázquez, Erack Arce, Faviela Denise Montiel, César Velázquez, Marco Osorio, Carlos Monsiváis, Mario Rivas, Sergio Maxil, Jorge Ortiz de la Mora, José Antonio Alcaraz, Elvia Martínez, Olivier Debroise, Edgar Molina “la Pulga”, Jorge Romero Mendoza, Enrique Villena, José María Covarrubias, Víctor Manuel Macías, Horacio Mejía Fonseca, Carlos Ceballos el “Chikileather”, Jorge Sosa Morato, Francisco Galván, Quetzalcoatl Leija Herrera, Valeria Palacios, Alberto Amaya, Toño Salcedo, Agnes Torres, Yuri Tovar, Alejandro Luna Peña,… y tantos otros que han alimentado nuestros días, nuestros deseos y a este nuestro México de los siglos XX y XXI, a aquellos que hicieron posible esta nuestra lucha y esta XXXIV Marcha Histórica del Orgullo LGBTTTI de la Ciudad de México.






jueves, 19 de abril de 2012

DOS MARCHAS LGBTTTI: ¿FRACTURA? ¿DEBILIDAD…? ¿FRACASO?

Por Xabier Lizarraga Cruchaga


En este 2012 se están promoviendo dos Marchas del Orgullo LGBTTTI para el próximo mes de junio, en el Distrito Federal (México); cada una con sutiles cambios en su denominación y otras matizaciones más o menos importantes –según quien las proponga o califique– en sus convocatorias, en los objetivos a subrayar o en intenciones de tipo más personal o grupal, incluso quizás gremial.

Para muchos, quizás, este hecho puede ser considerado "inédito"; pero no, no lo es en absoluto... En otros años se han realzado diferentes marchas, en ocasiones en diferentes meses –como las marchas organizadas por grupos de lesbianas, que optaron por el mes de marzo–, otras veces incluso en la misma fecha pero arrancando de distintos puntos de la ciudad, estableciendo otros recorridos e incluso eligiendo diferentes lugares de llegada, con espectáculo de cierre o sin él, con lecturas de varios comunicados según grupos y consignas singulares o  con contenidos a veces incluso distantes y no sólo diferentes; con más o menos fiesta, mayor o menor lucimiento o capacidad de convocatoria.
Y es que, como cualquier otro movimiento social, el del amplio y plural colectivo LGBTTTI no responde a un sector monolítico de la población mexicana, por lo que no es unívoco. Como en cualquier otro sector, entre nosotros hay muchas diferencias: de perspectiva ideológica, de objetivos particulares, de valoración de ciertas metas, de estrategia y, sin duda, de tono, diferencias en dinámicas y lógicas que hacen más que evidente que el colectivo no sólo se mueve, sino que se transforma, que crece y madura, que se tropieza y se levanta, que comete errores y que busca corregirlos, que reflexiona, propone, debate, innova y, quizás lo más importante, trata de no encasillarse ni en estereotipos rasantes ni en objetivos vanos –aunque no siempre se consiga–. Resulte o no evidente para muchos, incluso al interior mismo del colectivo, todos somos sujetos políticos y como cualquier ciudadano, como todo animal humano, somos paradójcos: al tiempo que sociocéntricos, egocéntricos.


No olvidemos que, pese a que a veces no seamos muy rigurosos con el úso de las palabras, no constituimos una comunidad, sino un colectivo... Por lo menos, no en el sentido más estricto y utilizado del término "comunidad". Somos un colectivo plural, tan plural como la población mexicana misma –que incluye también a aquellos que nos agreden y discriminan, porque no estamos libres de prejuicios, homofobias, misoginias y demás vicios sociales–. Este amplio pero delimitado colectivo lo conformamos mujeres y hombres, hermafroditas, homosexuales y bisexuales, travestis, transgénero y transexuales, osos y gente de gimnasio, algunos que son religiosos –cristianos de muy diversas iglesias, judíos, musulmanes, budistas, etcétera–, otros no –agnósticos, librepensadores y ateos–, también omnívoros y veganos, personas de pocos recursos económicos, clasemedieros y ricos; de ideología de izquierdas, de centro, de derecha e incluso quienes se dicen apolíticos; no faltan los analfabetas y los muy instruidos, los monoligües y los políglotas, incluso mudos, sordos, ciegos y con otras características físicas y funcionales; hay personas muy inteligentes y otros que no parecen serlo, también serios, solemnes y frívolos, risueños y depresivos. Hay gente dedicada a un sin número de actividades: plomeros, maestros, trabajadoras domésticas, economistas, choferes de taxis y autobuses, pepenadores, albañiles y funcionarios, economistas, secretarias, actores, poetas, periodistas, sacerdotes, monjas y sacristanes, diseñadores, fotógrafos, cineastas, prostitutos, empresarios... y en el larguísimo etcétera que sigue, entran sin duda políticos, militares e inmigrantes ilegales.

También constituimos este colectivo personas nacidas en México y otras que han fijado aquí su residencia tras salir de sus países de origen, algunos somos criollos, otros mestizos, mulatos o indígenas; los hay de largo linaje mexicano, pero también de origen chino, noruego, palestino e israelí,  de padres o abuelos sudafricanos, canadienses, malayos, ingleses, guatemaltecos, coreanos, brasileños, japoneses... Casi un planeta completo en el singular mapa del México de hoy que tantas veces se le llama "cuerno de la abundancia" pese a la mucha miseria y contrate que hay entre todos nosotros.

Muchísimos del colectivo aún se encuentran viviendo en clósets asfixiantes mientras que otros, con audacias y estrategias, hemos conseguido liberarnos un poco de los tristes amarres que impone el heterocentrismo homófobo y misógino, y logramos mirar a la familia, al amigo, al profesor, al empleador y al empleado, al vecino y al transeúnte, con orgullo de ser lo que somos, de amar a quienes amamos, de sentir lo que sentimos y de identificarnos como lo hacemos, superando miedos y vergüenzas aprendidas.

 

No, todo ello no configura realmente una comunidad, somos un caleidoscópico sector poblacional unidos por quizás una sola, pero importantísima cualidad común: ser disidentes del orden sexo-político hegemónico, disidentes de la heteronormatividad, de la concepción rígida y binaria de los sexos y sexo-géneros, y disidentes de esa perspectiva obligatoriamente genésica de la sexualidad... por lo que cruzamos nuestro andar, sin duda, con las feministas –en sus también múltiples versiones– y no pocos hombres y mujeres heterosexuales "compañeros de ruta". Y aunque es una sola cualidad la que da el ingrediente fundamental de este colectivo LGBTTTI, es una cualidad tan poderosa y rica que da pie a perseguir algunos objetivos sexo-políticos comunes, pero también permite perseguir objetivos particulares –v.g. unos quieren integrarse y ser asimilados por el sistema que hay, mientras que otros intentan minarlo para demoler el heterocentrismo y construir un nuevo orden, que se desea no sólo más luminoso sino también más colorido–. Y es por ello que no siempre todos subrayamos los mismos matices y optamos por las mismas estrategias de acción... y, qué duda cabe, también nos mueven distintos intereses inmediatos o a más o menos mediano plazo. 


La diversidad interna es tal, porque además compartimos una cualidad con el resto de la población del país: como productos históricos que somos, todos aprendimos en casa, en la escuela, en la iglesia, en la calle, en los mass media, etcétera, y sin darnos cuenta introyectamos desde pequeños la misoginia y la homofobia... Una cualidad que muchos consideramos imprescindible desaprender y erradicar, denunciar y combatir. Y es en ese punto en particular donde se asienta el objetivo primero y común de todas nuestras marchas, se lleven a cabo cuando y donde se lleven a cabo.

Pero ¿por qué este año realizar dos marchas en junio en el Distrito Federal? Es una pregunta que insistentemente me han hecho, y sin duda no resulta sencillo comprenderlo afectivamente, mucho menos explicarlo; pero podría tratar aquí y ahora de sintetizar, diciendo que, en principio, en todo movimiento, en toda organización y en todo grupo, más aún en un amplio colectivo, siempre surgen disensos, deslindes, distanciamientos: rupuras y desencuentros... como se dan distanciamientos entre los colores y los matices del mismo arcoiris, al que significamos de mil y un formas. Y es que, finalmente, ni siquiera cada uno de nosotros está del todo seguro de lo que quiere para sí, de lo que es conveniente hacer hoy o dejar para otro día, de a dónde ir y qué evitar... 


Para algunos es prioritario o sumamente importante que los candidatos a puestos de elección y los partidos políticos mismos tengan voy y foro en la marcha del orgullo, argumentando, no sin dosis de razón, que hay que presionarlos para que se definan al respecto de nuestras demandas y nos consideren en sus plataformas y propuestas. Consecuentemente, proponen como fecha para la realización de la marcha el 2 de junio, dado que se estará en plena temporada de campañas. Otros –entre los que reconozco que me incluyo– opinan que la marcha debe ser apartidista y laica totalmente, y no dar pie a ser avasallados por los partidos y sus intereses electorales; por lo que proponen que se realice la marcha el 30 de junio, dado que en esa fecha hay veda electoral. Pero sin duda hay otras razones e intereses en juego, todos válidos y quizás todos cuestionables desde alguna perspectiva... Sin duda, no todo argumento es avalado por la totalidad el colectivo LGBTTTI, ni siquiera por aquellos que desde hace años asiste o participa en la organización de las marchas, e incluso hay quienes se oponen a las marchas en sí. Siempre hay encuentros y desencuentros, como en cualquier colectivo y como ocurre en todo movimiento social.


Algunos de los convocantes a la marcha del 2 de junio están motivados, además de por los objetivos comunes en torno a derechos igualitarios y a planteamientos electorales, por importantes intereses económicos (empresariales), y quieren asegurarse que no haya ley seca al terminar la marcha, con el fin de organizar fiestas siempre muy concurridas en diversos bares, además de que argumentan querer apoyar y dar mayor lucimiento al Tri-Gay en el encuentro futbolístico previamente programado... y eso, sólo por mencionar dos argumentos de peso esgrimidos.


Los que proponen que la fecha sea el 30 de junio piensan y argumentan que, haya o no ley seca en el Distrito federal –algo que depende de lo que determine el gobierno del mismo–, es preferible que la marcha no sea utilizada como botín electoral, que se totalmente apartidista y se centre, además de en lo lúdico y festivo, en las demandas y consignas sexo-políticas... Amén de que algunos sostienen que es importante seguir con la tradición de realizarla el último sábado de junio –como ha sido la mayoría de los años, aunque ocasionalmente la fecha se ha adelantado una semana, cuando es año electoral y ese último s+abado de junio coincide con "cierres de campaña"; que no es el caso en este 2012. 
Sin duda, para muchos, el que se propongan y organicen en la Ciudad de Mexico dos marchas en el mes de junio, en vez de una sola, puede significar que el movimiento LGBTTTI se devalúa a sí mismo –como me han sugerido algunos–. 


Mi opinión es que pensar así es tan erróneo como sería decir que México se devalúa como país porque hay gente que quiere educación laica y gratuita y otros que se inclinan por una religiosa o de paga, porque unos votan al PRD, otros al PRI, al PAN o a algún otro partido; porque algunos optan por anular su voto mientras que otros simplemente ni se paran por las casillas el día de las elecciones. Tanto el país como los sectores poblacionales –como el colectivo LGBTTTI–  son diversos en sí mismos, plurales, diámicos... Y qué bueno, porque la diversidad y los matices enriquecen. También me han dicho que proponer dos marchas en junio debilita al movimiento, y probablemente en alguna medida lo hace, pero paradójicamente, también lo fortalece. ¿Por qué? Sencillamente porque una y otra propuesta, uno y otro comité organizador de las marchas derivan en mayor visibilidad del colectivo... y permite llegar a más y a más distintas personas. Por otra parte, dos marchas hacen evidente la necesidad de que reflexionemos, de proponer estrategias diversas para llegar a esa diversidad que tanto se festeja y reivindica en cada una de ellas y en todas las marchas que el activismo LGBTTTI realza en el país. Por otra parte, y quizás lo más festejable, es que a través de debates y argumentos, podremos ser capaces de fortalecer la decisión de no dejarnos avasallar por un orden heterocéntrico, misógino y homófobo (tránsfobo, lesbófobo, bifóbico...).

Por todo lo anterior, unos y otros –y los que aún no se decantan por una de las dos, los que piensan asistir a ambas o lo que no piensan marchar nunca–, podemos sonreírle al crítico homófobo y misógino, y con esa sonrisa dejar muy claro que: Este 2012 sabemos que no se acaba el mundo, pero también sabemos que, por lo menos en el Distrito Federal,  JUNIO será el mes del ARCOIRIS... se abrirá y se cerrará con NUESTRO ORGULLO EN MARCHA



martes, 13 de marzo de 2012

ANTE LAS URNAS... ¿VOTO ROSA? -2-

Por Xabier Lizarraga Cruchaga



Respondiendo preguntas que me han planteado, aunque algunas cosas ya las he comentado, me parece importante, invitando a reflexiones y debates ciudadanos, darles respuesta –es indudable que, aunque todos mis comentarios tienen como punto de partida la situación y las próximas elecciones en México, también pueden ser reflexiones para otros países y otros procesos electorales… Pienso, por ejemplo, en lo caro que lo están pagando tantos españoles por el “voto de castigo al PSOE” en las últimas elecciones, que le dio al PP la mayoría absoluta, y el poder de hacer y deshacer a su antojo–; espero que algo así no nos suceda en México, es preferible que las fuerzas políticas se vean obligadas a debatir, negociar y conciliar.


Pregunta: "Usted dice que está en contra del sistema partidocrático, que obliga a hacer alianzas o a vincularse con determinado partido político, en el tema LGBTI ¿Qué otras alternativas hay, qué otras vías políticas para incidir y erradicar la homofobia y la discriminación?"

Respondo: Primero: no estoy en contra de las alianzas sino en la obligatoriedad de participar con un partido político. Una alternativa, que considero imprescindible y urgente, es que, siguiendo un reglamento –que falta por hacer porque se resisten a ello los partidos– pueda registrarse para un puesto de elección como “candidato independiente” o “candidato apartidista” cualquier ciudadano que sienta tener la capacidad para desempeñarlo y las estrategias para ello; y en la medida en que los partidos reciben cierta cantidad de dinero para campañas, deberían cambiarse las formas de ese presupuesto y ese dinero distribuirse no sólo entre partidos, sino entre los candidatos registrados. Los partidos podrían tener una X cantidad para gastos de campaña, pues entonces, deberían calcular qué % de ese dinero se dedicará a la campaña para un determinado puesto de elección con el finde que los posibles candidatos independientes reciban un presupuesto equivalente... Y que todos los partidos reciban lo mismo, no prorrateado en función de cantidad de militantes o votos en elecciones anteriores: los militantes deberían sostener al partido mismo y no ser éste un negocio –incluso familiar, como ocurre con el Partido Verde en México–.
Para hacer lo anterior sin descapitalizar al Estado sería también imprescindible reducir el muy inflado número de diputados y más aún de senadores; así como desaparecer los llamados “plurinominales”, en la medida en que muchas veces éstos son una excusa para mantener en puestos de elección a gente que, por su misma trayectoria política y social –escándalos políticos y corrupciones incluidos– el partido sabe que nadie o muy pocos votarán por ella… En este caso, por ejemplo, puede citarse hoy a Dolores Padierna en el PRD, entre otros muchos, también en el PRI y el PAN.



Pregunta: "¿Qué otras vías políticas hay para incidir y erradicar la homofobia y la discriminación, sin sumarse a una campaña partidista?"

Respondo: Insisto que es imprescindible que todos los militantes homosexuales (mujeres u hombres) de un partido salgan del clóset, porque si no, ellos mismos son los primeros en avalar la homofobia. Pero no, el clóset es parte integral de la estructura y las estrategias de todos los partidos… Los más audaces permiten que unos pocos de sus militantes estén fuera de él para dar la ilusión de ser realmente incluyentes y respetuosos de la diversidad, así como buscan tener sus cuotas de mujeres, indígenas, humildes trabajadores. Para ello, obviamente es necesario que al interior de los partidos y también públicamente, los partidos se comprometan con un discurso claro al respecto, sin ambigüedades, y particularmente abrirse al público en general, a comunicarse y dialogar, y no sólo en periodos de campañas electorales: que los ciudadanos sepan si se comprometen realmente contra la discriminación, por la razón que fuere, o si por lo contrario tienen políticas de no aceptación de tal o cual demanda, situación o tipo de persona. Recordemos que José María Morelos y Pavón dejó muy claro que consideraba necesario no permitir que se profesara en el país ninguna religión que no fuera la fe Católica, algo que sin duda podemos rechazar, pero por lo menos todos tendríamos claro qué ideas un determinado candidato o partido se intenta inrtroducir. ¿Utópico? Sin duda, los partidos se mueven la más de las veces en los terrenos de la hipocresía, de la demagogia.
Por otra parte, y como bien ha apuntado Sergio Aguayo en un artículo, los políticos tienden a querer ser escuchados, pero se resisten a escuchar, particularmente a los jóvenes; de ahí que con la intención de que muchos los puedan seguir abren cuentas en Twitter, siendo seguidos por muchos, aunque ellos mismos siguen a muy pocos, y contratan a otros para que se encargan de subir su twits: no se abren al diálogo porque sólo quieren escuchar apoyos, no sugerencias y mucho menos críticas o cuestinamientos.



Pregunta: "¿Cómo darse cuenta que una candidatura, digamos un candidato LGBT es congruente; cómo detectarlo?"

Respondo: Este punto pienso que sería posible si, como digo en el punto anterior, los partidos estuvieran obligados a mantener una comunicación permanente con la ciudadanía, no sólo abordando los temas que a ellos les interesa apoyar o promover, sino también los más polémicos –esos que hoy por hoy en México, AMLO, por ejemplo un ejemplo paradigmático, quiere desviar a presuntas y siempre amañadas “consultas populares”–, tales como: la despenalización del aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo y el consecuente derecho a la adopción, pero no sólo esos, también toda las problemáticas relativas a transexuales e intersexuales –con relación a actas de registro civil, acceso a tratamientos sexológicos especializados, etc.–, prostitución, laicismo, economía de la vida cotidiana –no sólo con atendiendo a la macroeconomía–, el estado de equidad en el tratamiento internacional –¿por qué en México, por ejemplo, se permite que vengan norteamericanos y canadienses sin visa mientras ellos piden visa a los mexicanos; urgen lass políticas implantadas por Lula Da Silva en Brasil–… y esos son sólo algunos aspectos entre otros muchos. Consiedro que tanto los que acceden a un puesto de elección como los propios partidos políticos deben estar obligados a mantener una permanente comunicación con la población civil rindiendo cuentas en forma periódica y por ley, no sólo cuando un tribunal se los demanda… y rendir cuentas no es publicitarse vía informes sin autocrítica y estadísticas manipuladas.


4ª Pregunta: "¿Podrías profundizar en el tema del clóset y sobre los militantes o simpatizantes dentro de los partidos?"

Respondo: Este punto es demasiado extenso como para resumirlo aquí; pero podría apuntar algunas reflexiones de manera breve, resumida y poco argumentadas: el clóset es un instrumento-institución impuesto por el sistema heterocéntrico, el homosexual (bi, trans) entra en él por la presión homófona que pre-existe a su propia comprensión de qué siente, quién es, etc. Consecuentemente, el homosexual de clóset se somete a las dinámicas y reglas del orden heteronormativo, participando en un juego de las apariencias, se adiestra en las artes del ocultamiento, se borra socialmente como sujeto de deseo y adopta el fingimiento, el engaño como modo de vida. Vía el clóset, la discriminación persiste, incluso se incrementa porque se ejerce contra uno mismo. El clóset fortalece a la homofobia y la transfobia, a las numerosas fobias introyectadas. Y no cabe duda de que, un partido político que lo exige o lo permite, es un partido que utiliza el engaño y el fingimiento –algo que todos sabemos que hace en este y otros muchos aspectos–, por lo que deviene en un aparato ideológico que puede manipular no sólo al electorado sino a sus propios militantes; y evidentemente, eso harán siempre que accedan al poder. De ahí que, personalmente, yo me declare total y radicalmente apartidista.


5ª Pregunta: "¿Cómo definirías el 'voto rosa'?"

Respondo: A grandes rasgos, entiendo por voto rosa apoyar en una elección a candidatos abiertamente homosexuales, bisexuales o trans (mujeres u hombres); y en un segundo sentido, confiarnos y apoyar a candidatos que abiertamente incluyen en su agenda o programa temáticas de interés para el colectivo LGBTTTI. Pero sin duda es un voto sesgado, y que como lo que podríamos llamar “voto campesino”, “voto religioso”, “voto femenino”, “voto obrero”, “voto indígena” –que en Bolivia fue determinante– o “voto juvenil” que se prestan a una gran manipulación demagógica dirigida a sectores específicos de la población general, y por tanto, pueden ser tan peligrosos como, repito, llegó a ser en el año 2000 en México el llamado “voto útil”; o como ha sido en España, el mencionado “voto de castigo”, uno y otro abrieron la puerta a partidos más conservadores y discriminadores.


6ª Pregunta: "Somos los LGBT oferta política para los partidos políticos?"

Respondo: Si no lo fuéramos no se harían presente algunos en la Marchas de junio cuando a la puerta está un proceso electoral... si no lo hay, no suelen hacerse presentes. Como resultamás que evidente, hoy por hoy, para políticos y economistas, el colectivo LGBT somos una presencia social incuestionable y con un peso político y económico importante. Sin duda somos para los partidos políticos mucho más atractivos electoral y económicamente que los grupos indígenas o campesinos, que los mineros, incluso mucho más que los científicos, escritores, pintores y demás. De ahí que después de más de 30 años de activismo hayan tenido que tomarnos en cuenta en sus discursos y programas –para bien o para mal–, como ha ocurrido con las mujeres por presión del activismo feminista. Aunque sin duda, por ello mismo, no pocos quieren hacer como que no existimos, temerosos de comprometerse con demandas que otras fuerzas políticas importantes y conservadoras desaprueban.
Siempre que un sector de la población se hace no sólo visible sino activo y crítico con el hacer y deshacer político de los que ocupan puestos de elección, ese sector se convierte en una preocupación, y los partidos necesitan replantearse estrategias, calcular costos y beneficios de apoyar o rechazar determinadas demandas, y sin duda pensar muy bien –en caso de decicir incluirlas– cómo hacerlo sin perder otros apoyos o verse en puntos de mira de ciertos sectores. De ahí que, más que compromisos reales, una gran cantidad de candidatos y campañas sólo aparenten interés y compromiso, pero sin hablarlo de frente… Insisto, un ejemplo de ello lo tenemos en las respuestas, presuntamente democráticas pero reaslmente evasivas, de AMLO ante problemáticas como “el aborto” y “el matrimonio gay”. Y digo “presuntamente democráticas” porque son respuestas que da escudándose en el sector religioso que lo apoya y porque evidentemente no sabe evaluar cuál apoyo puede finalmente redituarle mayores beneficios.


7ª Pregunta: "¿Cómo ve la aparición de una organización de una organización adherente al PRI, le parece congruente, qué lectura le da? ¿Y la del PRD, que muchas veces ha utilizado la bandera de izquierda y pocas veces ha respondido como tal?"

Respondo: Precisamente esos ajustes que partidos como el PRI hacen, son evidencia de lo importante que finalmente resultamos para los partidos en términos de “una cosecha electoral”. Con respecto al PRD, se presenta como “la izquierda” –junto con partidos como el PT, que ha cambiado de rumbo y cara, en su breve historia, tanto como el Partido Verde–, pero gran parte de sus integrantes –desde su misma fundación, y con personajes como AMLO, Camacho Solís y tantos otros, como Bartlett en los últimos meses– no son más que expriístas que no consiguieron obtener las candidaturas o huesos que en su momento pretendían; en mi opinión, el PRD tiene mucho priísta resentido, y ha heredado muchas de las características por las que gran parte de la población en el 2000 quería sacar al PRI de Los Pinos. 
Por otra parte, aunque para muchos no resulta claro, la pluralidad de las izquierdas –en todas partes y a través de la historia– nos muestran que no siempre están a favor de las demandas feministas y menos aún del colectivo LGBT. La historia nos da muchos ejemplo de que, en nombre de una presunta izquierda, quienes acceden al poder pueden dar patéticos giros en sus políticas y frecuentemente las mujeres y los homosexuales somos las primeras víctimas en la Unión Soviética, la Italia fascista –de origen socialista como el nazismo–, la China de Mao y la Cuba de Castro (por sólo poner unos ejemplos paradigmáticos), la misoginia y la homofobia llegaron a extremos equivalentes si no mayores a los que se llegó con monarquías monolíticas o la Inquisición: campos de concentración, condena a trabajos forzados o a muerte, etcétera. Por eso siempre se tiene que hablar en plural, de las izquierdas, ya que el adjetivo de izquierda no dice realmente nada… y no pocas veces los partidos que se declaran como tales ofrecen visiones e implementan políticas no muy distintas a las que promueven los partidos más conservadores y represores.

El homófobo panista Juan Pablo Castro, 
acusó al PRD por permitir el matrimonio "entre jotos" 
y el aborto en el Distrito Federal

9ª Pregunta: "¿Qué nos queda por hacer, como colectivo, en estas épocas electorales?

Respondo: Queda mucho, muchísimo por hacer; pero resumiendo: conquistar muchos derechos civiles para todos los miembros del colectivo –para homosexuales, bisexuales, tranms y hermafroditas de todas las clases sociales, socioeconómicas y socioeducativas, así como urbanas, rurales y étinicas a nivel federal–, e insisto en lo que considero más importante y que más tiempo nos llevará, aunque no pocos heterosexuales también están por ello: desmontar el sistema heterocentrista hegemónico, y construir con los heterosexuales un sistema social incluyente, libre de exclusiones preestablecidas, un orden social en el que no generemos ciudadanos de segunda o tercera categoría.


Y concluyo: Hacer política, gobernar y mover a un país es responsabilidad de todos, aunque tenemos que ser conscientes que no todos pretendemos un país con las mismas características. Las disidencias y oposiciones son inherentes no ya a la naturaleza humana –como les gusta decir a algunos– sino al hecho de ser ciudadanos: unos aspiramos a condiciones de vida justas, sin llegar a precisar qué entendemos por “justas”, y otros sin duda prefieren que muchos queden por debajo de ellos, ya que sólo así ellos tienen de qué sentirse orgullosos; como quedaba claro en un cuento de Ray Bradbury [en Crónicas marcianas], los blancos texanos no quieren que los negros se vayan a Marte porque entonces ¿ante quiénes serán superiores los blancos? Y con relación a la homosexualidad, es algo que ya Serge Moscovici lo expuso claramente: “Por una paradoja que no lo es sino en apariencia, es en la interacción homosexual que la dimensión sexual adquiere un relieve social y no en la interacción heterosexual.” [Sociedad contra natura, Siglo XXI Editores, México, 1975:201].