martes, 24 de agosto de 2010

LOS EMPEÑOS DE UNAS JOTAS

Texto que publiqué en el No. 1 de la Revista 41 SOÑAR FANTASMAS del Centro de Información y Documentación de las Homosexualidades "Ignacio Álvarez" (CIDHOM) en 1992.

[Lo recupero, porque parece que sigue lamentablemente vigente... por lo que se lo dedico a los prelados de la Iglesia Católica, que hoy más que ayer, tanto dolor de cabeza tienen por nuestra culpa y nuestros logros.]

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Dicen por ahí -y mira que se dicen cosas-, que la homosexualidad indigna a Dios, por lo que es pecado. Pecado abominable, nefando, contra natura. No han parado en adjetivos. Incluso afirman que Dios sufre en cada relación homosexual que se da... que Dios llora por cada homosexual que existe y ejerce su erotismo... Suposiciones, me imagino, ya que el Dios del que se habla no parece muy dispuesto a ventilar con cualquiera sus sentimientos más íntimos.

Una jota como la Yo, que se empeña en vindicar sus deseos, sus afanes y placeres homoeróticos, incluso a través de acicatear a otras locas y lesbianas en la construcción de una gayacidad y la constante creación y recreación de una cultura gay, tendría que cejar en su loco afán de loca si considerara que tales deseos, afanes y placeres son indignos. En la medida en que, además de puto, soy ateo, no me preocupa si es indigno para Dios, sino si lo es para mí mismo, para nosotros. De mucho podrá recriminárseme, pero no de improvisada; y por más que busco -tendiendo en cuenta que como buscadora, que no buscona, me pinto sola-, no le hallo a la homosexualidad per se indignidad alguna... aunque fácilmente encuentro homosexuales cuya dignidad deja mucho que desear. Ese es precisamente el móvil del presente artículo: ser un breve ensayo gay en torno a dignidad e indignidades homosexuales.



Hace algunas semanas, una loca de la cabeza se apersonó durante uno de los Martes de El Taller*. Su rostro reflejaba dolor: se dolía de sí misma. Su autoestima no reflejaba nada: no tenía. Tomó el micrófono que ofrecemos para exponer lo que se desee a la hora de los comentarios y, con una voz que ni los baffles conseguían amplificar por lo débil, comenzó a predicar la homofobia: la homofobia introyectada y reciclada por el propio homosexual.

No voy a repetir textualmente cada una de sus palabras por varias razones, entre ellas, porque no las grabé; pero la más importante es que, hacerlo representaría otorgarles espacio editorial, que no se merecen, a los arrepentidos militantes de Homosexuales Anónimos (HA) -cristianos (?) para más señas, según su propia identificación. Sólo quiero referirme un poco a lo que dijo, para finalmente vomitar sobre su memoria el asco que me produce su indigna militancia.

El susodicho nos exhortaba a los parroquianos de El Taller a que nos arrepintiéramos de nuestra vida desordenada, desorientada -osó decir indigna-, pecaminosa, que nos lleva a la lujuria y a reunirnos en antros de vicio y perdición, como los bares gays.

-¿Qué haces entonces tú aquí? -le preguntaron más de tres guapitas sorprendidas... e indignadas.

No sé si cristianamente, pero hizo oídos sordos a la pregunta y nos endilgó su prédica, llena de sentencias apocalípticas, censuras a la homosexualidad, atribuyéndoselas a Cristo, y una esquizoide reprimenda de carácter bíblico-genético: "es pecado tener relaciones sexuales con personas que tienen los mismos genes, la misma carga genética que uno, por eso Dios hizo al hombre y a la mujer..." como si todo joto tuviera al alcance de la mano, del culo o de la verga un gemelo monocigótico; único ser que podría tener las mismas características genéticas que uno.


La arrepentida de sí misma aderezaba su filípica, a sotto voce, con referencias sorprendentes, al asegurar que la devaluación del peso mexicano y el que le vayan a quitar tres ceros, estaba ya anunciado en el Apocalipsis.


Sin duda, sus asociaciones bíblico-genético-económico-homosexuales merecían, en caso de ser filmadas, el Premio Juan Orol. La sorpresa, el prurito de científico y la rabia de activista gay encendieron mi ánimo. Un encabronamiento entrecortado por la risa empezó a respirarse, mientras la loca se empeñaba en tratar de evidenciar que deberíamos arrepentirnos y apartarnos del pecado de sodomía -quizás como quien se aparta de un bote de basura o de un autobús que pasa rebasando la banqueta en la que nos encontramos.

La Yo no pudo contenerse. Soy una jota que se empeña, a su vez, en incidir gayazmente sobre otras locas vergonzantes, closeteras, timoratas, heterocentralizadas, con el fin de que consigan acceder a la dignidad de ser lo que son, despojándose de esa decencia heterosexista con que nos ceban en cuanto comprueban que nuestro cerebro capta ideas. Le comenté que su "iglesia" de seguro me negaría el permiso para hacer mi propia prédica gay, pero atea. "¡Arrepentíos de vuestro arrepentimiento, pendejas! Dios no existe y ser puto no puede ser pecado, sino cualidad de algunos pocos elegidos por el azar de los encuentros... etc."

Que la homosexualidad será una realidad presente cuando se produzca el Apocalipsis -en el supuesto de que tal cosa suceda- no me cabe la menor duda. Siempre lo estamos repitiendo: estamos en todas partes, ¿por qué íbamos a estar ausentes en el desmadre final? Sin embargo, sería abusar de pretensiones pensar que nuestra jotería, por más escandalosa, brillante y ampulosa que sea, vaya a ser uno de los detonadores fundamentales del holocausto que "el Creador del Cielo y de la Tierra y de todo cuanto existe" parece tener programado para inmolar a su propia creación. ¡Cuánta soberbia -pecado mortal, según el dogma religioso- encarnan los que se empeñan en levantar su cruzada homófoba, tomando a Dios como coartada! Y cuánta hipocresía subyace en la intentona. Vestidos de borregos, que no de Agnus Dei, los lobos de la homofobia se empeñan por hacer un proselitismo -en el más diccionárico sentido del término- que con frecuencia oculta la disponibilidad y facilidad de encuentros sexo-eróticos entre los mismos homosexuales que dicen estar arrepentidos de serlo.

David Caligury, predicador cristiano homosexual, fue quien creó en Phoenix, Arizona, en los 80 a Homosexuales Anónimos, después de una muy poco agradable experiencia sexo-erótica que tuvo tras el truene con su pareja. En diciembre de 1985, la revista The Advocate le dio el Premio Homofobia, que en 1992 intenta rechazar (The Advocate, junio 30), tras reconsiderar su falsa cruzada y lamentar las innumerables mentiras que dijo para avalar su homófobo proyecto. Es él, no yo, quien asegura que en Homosexuales Anónimos reina la mentira y la vergüenza, y denuncia públicamente (rompe el clóset) que él mismo tuvo numerosos encuentros eróticos con otros tantos militantes de su pretendida legión de ex-homosexuales....

La estrategia de buscar prosélitos satanizándolos en sus propios espacios, como hizo aquella loca en aquel martes, parece ser una de las constantes de Homosexuales Anónimos. Buena excusa, quizás, para seguir incrustados en la homosexualidad de la que se arrepienten. El mismo Caligury y sus primeros prosélitos, fundadores del Movimiento Nacional Ex-gay, se hicieron presentes como anti-contingente en la Marcha del Orgullo Gay de 1985 en Phoenix. Asimismo, utilizaron las Gay Yellow Pages -publicación gay, tipo directorio- para anunciarse, dando la impresión de ser un grupo activista gay, y luego sorrajar con su indigna prédica a aquellos que se les acercaban buscando un apoyo para vivir dignamente su homosexualidad. Posteriormente accedieron a la radio y a la televisión (v.g. en el Sally Jessy Raphael show). Programas de debate en los que -según refiere Caligury mentían (sin el menor temor al Dios que dicen temer y venerar) contestando: "No", cuando alguien les preguntaba si habían vuelto a tener relaciones homosexuales.

No me extraña que, una vez que Caligury ha reconocido -ante sí mismo y públicamente- las falsedades de HA, busque establecer una pareja con otro hombre, y añada: "Pero que no sea cristiano".

Queda claro que "caras vemos, jotas podemos llegar a intuir" -pues los clósets son con frecuencia más una ilusión que una protección: los de vidrio y otros similares andan por doquier. Pero queda más claro aún que: "Cristianos homosexuales arrepentidos vemos, homófobos, cobardes, vergonzantes, indignos, hipócritas e incluso heréticos, sabemos".

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*De abril de 1987 a abril de 1997 el Grupo Guerrilla Gay realizaba todos los martes un encuentro en el bar El Taller, en los que se discutían temas diversos en torno a la homosexualidad, se presentaba poesía, teatro, danza, debates académicos sobre sexo-política, ciencia, salud... en un intento por generar inquietudes activistas y promover la salida del clóset.