lunes, 4 de febrero de 2013

Las homosexualiades vs. las miopías

por Xabier Lizarraga Cruchaga

Ser homosexuales (hombres, mujeres, incluso siendo trans) significa mucho más que buscar placer sexo-erótico con individuos cuyo sexo o sexo-género sea como el nuestro... La preferencias sexo-eróticas –me resisto a hablar en términos de "orientación– son significaciones plurales del "soy", "siento", "deseo", "hago"; de ahí que con frecuencia los significados que unos/unas les dan a los cuerpos, a las imágenes, a los movimientos, no necesariamente sean los mismos que les damos otros: y ello supone riqueza, diversidad incluso en la variabilidad.
Sólo las miradas miopes, con anteojeras y obsesiones emocionales son incapaces de comprender que así como ningún individuo es exactamente igual a otro –incluso si hablamos de gemelos monocigóticos (comúnmente llamados "idénticos")– y ningún deseo es exactamente igual a otro, aún cuando el deseante sea la misma persona, porque nosotros mismos somos diferentes a lo que fuimos y a lo que seremos... El cambio, las pérdidas y los añadidos sucesivos nos hacen distintos... Consecuentemente, tampoco las sexualidades son unívocas y rígidas. Los estereotipos no son más que producto de vagancias mentales de quienes se ven abrumaos por la evidencia de la pluralidad o  atrapados por los prejuicios de una creencia, sea ésta religiosa, política, económica o... todas las anteriores.



Todo estereotipo es finalmente una caricatura, por lo general carente de humor y saturada de encono, mediada por ignorancias, miedos y resentimientos. Al crear estereotipos se busca facilitarse la vida, negarse a pensar y ver más allá de los propios límites... restringir la mirada a un detalle que resulta llamativo o que se quiere subrayar para tener "argumento" de crítica que justifique un rechazo, la discriminación, el juicio devaluatorio, casi siempre acompañados de calificativos y denominaciones denigrantes: jotos, maricas, raros, locas, manfloras, machorras, bolleras, vestidas, mujercitos, tortilleras, putos... y una larga, muy larga lista de absurda denominaciones que no alcanzo a entender su sentido, aunque sí su intención burlona: violenta... como esas expresiones ridículas que se escuchan en México, particularmente para hablar de los hombres homosexuales: "se le hace agua la canoa", "le gusta la coca cola hervida", "come arroz con popote..."






Pero también entre nosotros nos creamos estereotipos y discursos presuntamente autocríticos, con frecuencia aferrándonos a discursos ideológicos tambaleantes, generalizando descalificaciones... Y pienso, por ejemplo en algo que recientemente leí en un espontáneo debate en facebook: "Y hablando de consumos culturales..... que tal si nos liberamos del anglicismo GAY... y empezamos a nombrarnos de verdad!" 



Y me pregunto: ¿Si yo digo que soy gay, por ser mexicano no me estoy nombrando de verdad? ¿Me nombro mintiendo o qué?  ¿Para nombrarme de verdad, como homosexual mexicano, tengo que decir que soy "puto", que soy "joto"... tal vez que "me gusta el arroz con popote"?




¿Un homosexual mexicano no es verdaderamente "gay" sino un auténtico y verdadero "mano caída- cacha granizo"?




¿"Gay" es un anglicismo que deberíamos rechazar los mexicanos? Pienso que al pensar así también tendemos a la miopía: El anglicismo "gay" hunde sus raíces en las lenguas romances (incluido el español) y antes en el latín, que al parecer lo hereda del etrusco... Así que tiene una larga historia plurilingüística. Pero es verdad que, en algunos círculos, tanto de mujeres como de hombres homosexuales hay mucho rechazo a la palabra "gay" –cuando no se la quiere absurdamente "españolizar" escribiéndola "guey"–; para el rechazo o la aceptación de la palabra se esgrimen buenos y malos argumentos; el rechazarla diciendo que es un "anglicismo" no me parece precisamente el mejor y más inteligente argumento. A partir de Boswell y de Foucault no somos pocos los que la utilizamos asumiéndola como propia... incluso para algunos de nosotros hay una distinción entre "homosexual" y "gay": mientras que los gays somos homosexuales, no todos los homosexuales consideramos que son gays, porque la utilizamos para denominar a aquel homosexual que percibe, mira y piensa el mundo desde su homosexualidad y no desde la perspectiva heterocentrista; consecuentemente, incluso podríamos decir que si bien hay "homosexuales de clóset" resultaría absurdo hablar de "gays de clóset".




No obstante, el rechazar el término "gay" no se queda en la banalidad de si es o deja de ser un anglicismo, y se argumenta que "para la mayoría es evidente que al interior de los grupos lésbicos y sobretodo en los gays se reproducen las formas de discriminación más comunes de nuestra sociedad: sexismo, racismo, clasismo y ya no hablemos del prejuicio sobre la edad." Y se subraya el argumento diciendo que se tiene la impresión de que, en nuestra sociedad, ser GAY deviene un tipo de estatus, que para muchos asumirse "gay" les da un estatus y les libera de denominaciones discriminatorias; a lo que añaden que incluso suelen usar esas otras denominaciones (puto, joto, maricón, tortillera, machorra, vestida.. etc.) contra aquellos a los que quieren agredir. Y en ese punto, tienen toda la razón; aún no escucho a nadie (heterosexual, bisexual, homosexual, etc.) que pretenda insultar a alguien gritándole: "¡Gay!", como tampoco se insulta a nadie gritándole: "¡Hombre!", "¡Mujer!" o "¡Heterosexual!" Para insultar se grita "¡Puto!", "¡Puta!", "¡Maricón!" y demás...




Otra reflexión que se hace, que no deberíamos tampoco simplificar ni obviar es aquella que considera que "ser gay" se ha convertido en una especie de arquetipo –aunque el término 'arquetipo' no sea del todo preciso en este caso– del homosexual que considera o siente que al autonombrarse así, va a ser socialmente aceptado; a lo que añade un amigo: "Incluso ya hay chistes, cuentos, películas y series de television que nos muestran qué tanto se ha insertado en nuestra cultura ese estereotipo del homosexual blanco, clase media-alta, exitoso, guapo, cisgénero y hasta cierto punto nunca percibe la homofobia, o al menos parece que no existe en su mundo." Y algo de eso es, sin duda, muy real... Pero tendríamos que hilar un poco más fino y reconocer que en la sociedad que nacimos, en la que vivimos, disfrutamos y cuestionamos, la que día a día todos –para bien y para mal– construimos, es fácil transformar en "moda" casi que cualquier cosa... como por ejemplo, ese término "cisgénero" (y similares), que más que servir para detallar singularidades que permitan construir una identidad combativa, con frecuencia se usan para volver a discriminar: distinguir y clasificar, en este caso desde otra perspectiva, porque sin duda nacen a partir de una vivencia sexo-política precisa, pero terminan imponiendo a otros una denominación con la que no tienen por qué identificarse.





Así, por ejemplo, en México llamamos "buga" al heterosexual, como los heterosexuales nos llaman a nosotros "maricones, tortilleras, mujercitos", etc. La intención de discriminar –no necesariamente con el fin de humillar o devaluar, sino de diferenciar– es fundamental para consolidar identidades, por ello se crean palabras para aplicarlas a algo o a alguien... ¿Pero no es impositivo crear la palabra para designar a otro? "Cisgénero" y otros términos con el prefijo "cis" se crean, en una corriente de "estudios de género" como contrapeso a nociones como "transgénero", para aludir a aquellos que responden de manera estereotipada con el sexo-género (o la sexualidad: cisexualidad) hegemónicos... Aunque en realidad no necesariamente se responda de manera estereotipada, sino incluso confrontante, subversiva...



   
El uso del término "gay", para referirse a nosotros (hombre y mujeres homosexuales, en un principio), se popularizó en los Estados Unidos e Inglaterra como parte de un lenguaje críptico en tiempos de una homofobia declarada y punitiva (como en México decíamos "soy" o "es de ambiente", con el mismo sentido de alegría y disfrute); después la palabra "gay" devino simplemente en sustituto de la palabra "homosexual", quizás por esa tendencia (moda) actual de reducir a su mínima expresión casi todo: el uso de siglas, de abreviaturas, de pocos dígitos... Es claro que "gay" también ha supuesto un mercado, una explotación y no pocas veces una exclusión (por clase, por etnia, por sexo, por edad, por identidad sexo-genérica, por oficio, profesión o actividad... por casi cualquier cosa somos dados a excluir y calificar devaluando a otros), un mercado que también supone la palabra "lesbiana" y cada vez más los términos relativos a "lo trans"... 



Aún la llamada "intersexualidad" o "hermafroditas" no deriva e mercadotecnia, pero cuanto más espacio, visibilidad y sonoridad consigan, más se hará comercio "en su nombre" –ya ocupan debates y salas de cine–. No obstante, dudo mucho que la palabra "gay" sea útil para adquirir un estatus relevante o protector. Por eso, cada uno podemos reflexionar y esgrimir argumentos para decidir si usar o no (para nosotros mismos) la palabra X o Y. A nivel internacional va a existir un uso comercializado de todo, como ya lo hay del sida, del holocausto judío, de lo queer, de la revolución cubana o bolivariana... Y en cada país o región, también van a haber quienes utilicen los distintos términos ("homosexual", "lesbiana", "transgénero", "transexual", "travesti", "hermafrodita", "intersexual", "queer" y cuantas se acumulen...) con una intención semántica más acotada... Aunque siempre estaremos sacudidos por la potencial polisemia de las sexualidades, de las ideologías y de las identidades. 




Nos llamemos a nosotros como nos llamemos, invocando los principios ideológicos que invoquemos, deberíamos intentar no caer en la tentación de caricaturizar aquello que no alcanzamos a comprender... y venzamos las miopías del argumento fácil, de la clasificación rígida. A mi, por ejemplo, el término "lesbiana" me parece más que desafortunado, porque es un gentilicio de una isla griega, me gusta más un término como "sáfica" o "mírtica", que aluden a maravillosas mujeres que amaban a mujeres: Safo y Mirtis; tampoco me gusta el término "intersexual" porque me huele a medicina y remite a una perspectiva binarista de la realidad, de los sexos, que considero lamentable; me gusta más el término que utilizan los biológos "hermafrodita" –nunca he oído que digan que los caracoles son intersexuales– y que nos hace pensar en divinidades mitológicas protagonistas de historias y leyendas disfrutables, de arte cargado de belleza. Pero si alguien quiere que se le llame "homosexual", "lesbiana", "bisexual", "transgénero", "gay", "intersexual, "drag"... incluso "queer", llamémosle as; eso no hace ni significa que sea mejor o peor que nosotros.