sábado, 24 de julio de 2010

CASI VORÁGINE

Cuando el mundo es un triángulo rosa,
se quiebra tres veces
(como tres ecos)
en vértices pegajosos:
sangre...
noche...
semen...
vértices en los que se enredan las palabras,
desmintiendo viejas canciones de cuna,
aquellas fermentadas en los raídos pechos de las nodrizas secas.

¡Y todo danza!
Como en los viejos ritos de las viejas aldeas,
alrededor del eje
que sirve de punto de partida:
agua
azul
arañada
ayer
ahí...
cuando alguien dibujó el principio
hundiendo el dedo pulgar
en el oro curvo del ocaso
...inventando, así,
el tiempo y los tambores de caliente impaciencia:
tedio-tic-tac-trueno-tajada,
terror-tigre-tic-tac-tortuga
tronco-tic-tac-trabajo... todo.

Y se saturan el aire,
la noche,
la espera...
se satura nuestra respiración de alaridos y contorsiones:
dolor,
envidia,
lamento,
expectativa,
mugre,
sudor,
goce,
coraje,
gesto,
herida,
fiebre,
idiosincracia disonante...
para llegar finalmente al órgano,
turgente y dispuesto,
o a la rutinaria ignorancia del tacto
...describiendo,
con arbitraria complacencia,
la exactitud del momento
y el jadeo.
Rompiendo el equilibrio geométrico de aquéllo...
y apretando entre los dientes la metáfora
donde desaparece el triángulo
y su color
y el eje...
donde se rasgan los tambores en heridas:
las escapatorias del tiempo,
que nos entrega el momento preciso,
esperado,
anhelado...
calculado matematicamente,
con las ecuaciones intestinales del hambre
con la que algunos abandonamos la danza
para escribir las historias
...como estériles nodrizas que recrean las canciones de cuna,
en las que nadie cree,
aquellas en las que nadie recuerda
que el mundo puede ser un triángulo rosa
de vértices pegajosos...
y se olvidan la existencia del eje
y empezamos a gira sin llegar a concebir la danza,
sin recordar los tambores,
masticando galletas de tiempo repetido
o de harina roja,
sin sentir el dedo pulgar que se hunde en el vientre del ocaso.

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