martes, 30 de noviembre de 2010

¿SOMOS SEXUADOS O… MÁS BIEN SEXUALIZADOS?



© Xabier Lizarraga Cruchaga

«Las diversas instancias de ordenación de la realidad (la Iglesia, la medicina, la familia y el sistema educativo, la judicatura, los medios de información…) han dado lugar a una serie de prácticas más o menos institucionalizadas (confesión, hospitalización o tratamiento, escolarización o pedagogía, enjuiciamiento y encarcelamiento, información…) que siguen unos criterios con frecuencia incoherentes."
Ricardo Llamas: Teoría torcida.


La madre se escandaliza cuando descubre lo que su hijo de trece años esconde debajo de la cama; éste protesta y antes de salir corriendo le arrebata un cuaderno y dos revistas muy manoseadas. El padre demanda (o se esfuerza por imponer) silencio  mientras amonesta a su hija de dieciséis años, que sin mediar defensa o excusa se encierra en su habitación. La abuela, entre tanto diálogo y contradanza, teje y desteje lo que ve en la televisión; y un pariente inoportuno toca el timbre, llegando de improviso, al tiempo que el bebé llora hasta la asfixia, probablemente por hambre o asustado por la incomprensible dinámica que lo rodea.

...O bien, ya es de noche y el padre aún no ha regresado del trabajo (?) y la madre recalienta una taza de café, mirando tres veces por minuto las manecillas de su reloj. Una de las hijas escucha música —quizás a volúmenes incomprensibles para otros—, estrenando su inexplicada adolescencia, mientras su hermana de apenas seis o siete años, corre alrededor de la mesa sobre la que una tía olvidó un paquete lleno de misterio. El hijo —ya casi reconocido como adulto— tampoco ha llegado ni ha llamado.

Claro que el escenario y las dinámicas domésticas pueden ser (y muchas veces han sido) diferentes: una madre amamanta al bebé, un padre pule una herramienta, una hija prepara el alimento para el grupo familiar y un hijo observa al padre trabajar, cerca de la hoguera. Otro de los hijos quizás está más ausente que presente e imagina un encuentro indefinido con una joven que le atrae (o con otro joven que tal vez se le parece en intereses e inquietudes).

...O casi al amanecer, se aleja el padre acompañado de otros hombres y de dos de sus hijos mayores, que cargan los implementos de caza o de labranza. La madre asiste a una de sus hermanas que acaba de parir, mientras la abuela, casi totalmente desdentada, mastica cien veces un trozo de carne seca, antes de poder tragarlo...

Da igual, son sólo momentos y lugares que se van diluyendo con el día en su crepúsculo, instantáneas de grupo que mañana o dentro de un mes o dentro de varias lunas nadie recordará, aunque en todos estos momentos se cocina algo que no siempre resulta fácil digerir y asimilar: se están cocinando y re-elaborando las sexualidades de cada uno de los personajes. Y se cocinan a partir (o a contracorriente) de normas, regulaciones, patrones e imitaciones, de creencias y deseos sin contornos del todo regulares o fijos y sin significación unívoca. Todos —los individuos y los actos—, no obstante, se corresponden (a modo de tela de araña) en más de una forma, porque todos derivan de un devenir (social y cultural, ideológico y afectivo) y se dan en un entorno disposicional... una exogenia que predispone a ser y a hacer sintiendo, deseando, concibiendo, proponiendo, imaginando y generando vínculos matizados por los momentos, las miradas, los sonidos o las bioquímicas.



Sin duda los escenarios, los momentos y la iluminación cambian, pero las escenas de alguna manera se repiten en la ciudad, la aldea, el pueblo o el campo, a la orilla del mar o de un río o entre montañas, en los valles, las praderas, en medio de la ventosa nada ardiente de las arenas, entre las nieves infinitas o los hielos perpetuos... en la madrugada, al mediodía, cuando el sol se oculta o en plena noche, llueva o no. Mientras que la utilería es diversa, así como múltiples y diferentes pueden ser las acotaciones que precisan las diversas dramaturgias que dan pie y sentido a las acciones y los gestos: depresiones, euforias, tedios o ansiedades, biberones, maquillajes, revistas con fotografías, anillos o herramientas, una sonrisa de beneplácito, juguetes, zapatos de tacón alto, pistolas y flechas, nombres, cuentos de hadas o leyendas o noticias en los periódicos, sentimientos de duelo o sensaciones de pérdida, caricias cargadas de significados muchas veces contrapuestos, una reprimenda acompañada de una bofetada que se piensa necesaria y oportuna, listones rosas, calzoncillos blancos o comentarios grises, recias botas de cuero, canciones, una televisión encendida o descompuesta, imágenes sacras, profanas, decorativas; peines o condones, algunos consejos casi susurrados, insignias militares o deprtivas, permisos y prohibiciones, graffitis, puertas abiertas, ventanas con las cortinas cerradas, píldoras para no concebir, para alcanzar una erección peneana satisfactoria, para calmar la depresión o controlar la tensión, rasuradoras, libros de texto, desodorantes, varias anécdotas, muecas, escapadas al cine o a un rincón lejos de la mirada de los demás, suspensorios, vigilancias, ungüentos y ramos de flores, uniformes escolares, felicitaciones, juegos de video, medias de nylon, apodos, cirugías necesarias o motivadas por la imagen que reflejan los espejos, géneros gramaticales, dildos, dibujos obsesivos mientras se habla por teléfono, cortes de pelo... son incontables los ingredientes y saborizantes del eterno guiso y de la dramaturgia sexual, sexo-genérica y sexo-erótica.

Hoy por hoy, en nuestro contexto cotidiano "occidental" —de distorsionado diseño “greco-latino” y de dogmatizado corte "judeo-cristiano"— los padres, hermanos y demás parientes (consanguíneos o políticos), los amigos, compañeros de escuela o del trabajo, los vecinos, maestros, legisladores, jueces, sacerdotes, policías y soldados, así como las estrellas del deporte, del cine y la televisión, los locutores, pintores, escultores, médicos, poetas, científicos y otros muchos personajes del entramado social, forman el elenco —siempre multitudinario— que delinea, da contorno, cuerpo, profundidad y sentido, textura y matiz a las condiciones y dispositivos que calientan al individuo y lo hacen hervir. Cada uno —sin saberlo quizás o sin proponérselo, incluso sin desearlo— entibia, espesa y hace cuajar el guiso, añade símbolos y creencias, diluye y muele saborizantes (o adulterantes), da consistencia y resistencia a los deseos y fantasías que permiten o dificultan —o quizás imposibilitan— la digestión y asimilación de percepciones, emociones y placeres.

Tal vez la sexualidad se ajusta a... y por momentos se rige por... relojes y calendarios, normas, intuiciones y creencias, así como por genes y hormonas, mediante metabolismos y procesos fisiológicos y sociales, pero no comienza en un lugar o momento preciso ni de una manera programada, siguiendo una dirección y con un sentido unívoco. La sexualidad es un algo tan flexible y plástico, tan inevitable y constante, tan difuso y contundente a un tiempo, que sólo puede ubicarse en el abstracto existe y localizarse en el cambiante manifiesto de funciones y opiniones, carnes y normas, sensaciones y razonamientos. En sus muy variadas formas y maneras de darse y de velarse, la sexualidad es una constante emergencia que se expresa de una u otra manera, cuando las condiciones están (se dan) y los dispositivos sociales —parte de la exogenia— se definen y precisan en el ánimo de los individuos-sociedad-especie —en la endogenia—; por lo que nunca termina de configurarse, detallarse, matizarse y fracturarse.



¿Cómo entendernos (insertos en ese laberinto caleidoscópico) unos a otros... a otras, y entre todos? ¿Cómo aclararnos las dudas (pretendiendo acceder a certezas) y respondernos las interminables preguntas que nos hacemos en torno a la sexualidad, si ésta ha sido (y es constantemente) simbolizada?

Si como bien nos recuerda José Antonio Marina, que el símbolo es una mitad que deviene en contraseña, que permite reconocer al desconocido poseedor de la  otra mitad; la sexualidad simbolizada viene a ser sólo un fragmento (entre muchos) que permite reconocerla como parte de otros fragmentos (plurales y cambiantes) que nos son desconocidos.  Para cada uno es un fragmento distinto. En consecuencia, es un algo propio y desconocido, por lo que la sexualidad del sujeto del deseo es susceptible de ser ignorada, falseada, inventada, distorsionada o negada, por más veces que choquemos de frente con ella.

Las verdades y las actitudes serán, pues, el terreno pantanoso donde nos veremos orillados (si no obligados) a movernos, y desde donde nos impondremos la interminable tarea de concebir (imaginar, representar y significar) la realidad plural y cambiante de todo aquello que, de una o mil formas, en el presente se articula con el hecho biológico y plural del sexo, con el hecho social y polimorfo, con el hecho cultural siempre inacabado, incompleto, y con los vaivenes impredecibles de las emociones y los deseos. La especulación no tiene, por tanto, la puerta abierta, tiene el control.

La sexualidad animal en general podemos pensarla en términos de capacidad, de expresividad, de fuerza motriz —que no esencia—; en términos de imperativo comportamental, que genera tanto situaciones como acciones gatilladas por una tendencia a_ y la necesidad de_ establecer vínculos. Y podemos pensarla epicentrada en los genes o en una anatomía y una fisiología sexual que demanda el reconocimiento de congéneres, la búsqueda y el encuentro con otra/s anatomía/s y fisiología/s sexual/es —otro/s organismo/s semejante/s, igual/es o diferenciado/s. No obstante, la sexualidad del animal humano en particular necesitamos comprenderla en términos de fenómenos y procesos más complejos, de cualidades y emergencias, de construcciones y deconstrucciones, de expresividad dialógica; en términos de eventos, hechos, sucesos y acontecimientos, de memoria y de olvidos, de patrones y estrategias (más que de programas), de vivencias y experiencias, de condicionamientos y resistencias en virtud y en función de... y mediadas por... aventuras, descubrimientos, rebeldías, encuentros y desencuentros; permeada por la aleatoriedad y el azar, tanto como por el orden (sutil o avasallador) y por las redes que promueven los numerosos discursos que la atraviesan, fracturan, arman, enferman, avasallan, deterioran, pulen... Pero debemos ser conscientes de que nuestra sexualidad no es exclusivamente humana, sino animalmente humana, por lo que toda originalidad es siempre parcial, y toda generalización, inevitablemente parcializante.

Por lo anterior, considero insostenible el querer reducir nuestra sexualidad a una explicación generalizadora y a causalidades unidireccionales... aunque con frecuencia se tiende a ello, sea biologizándola o desbioligizándola por completo y a rajatabla. Toda sexualidad (incluso la no humana) es eco-sistémica (y por tanto, inevitablemente contextual). Biologizar o desbiologizar totalmente la sexualidad no es sólo un acto prosaico (carente de poesía), que deviene en un tipo peligroso de asepsia, sino que también supone una trivialización lamentable que se apoya en supuestos reduccionistas (por no decir miopes). Sin embargo, hacer lo uno o lo otro permite que muchos consigan engañarse (o engañar a otros) y creer que han llegado a la (inalcanzable) raíz del fenómeno —o del problema planteado—, y que ello significa que han conseguido ser capaces de aprehenderlo y comprenderlo en su totalidad. Tanto la biologización como la desbiologización no es más que una manera de abordar y tratar el fenómeno, sólo un truco, que consiste en establecer premisas cómodas que permitan construir evidencias ad hoc para la propia tranquilidad o el reposo cognitivo.


Para hablar de la sexualidad del primate humano (con un dejo de coherencia y sensatez, con una pizca de sinceridad) hay que hablar de biología —con todo lo interminable o rígido que ello suene— tanto como de lo social —idem—, de lo cultural —más aún, dado que se modifica de tiempo en tiempo y de lugar en lugar— y de lo psicoafectivo —o lo que interpretamos como tal—, así como de la creatividad, de la fantasía y del descubrimiento fortuito. Todo lo cual, supone hablar de todo en concreto y de nada en términos definitivos. No hacerlo así, deviene en torpeza; es como querer hablar de la comida y limitarnos a estudiar los ingredientes, olvidando o no queriendo hablar de las costumbres, de los paladares domesticados, de la sensibilidad de las mucosas, de la digestión y los nutrientes, de la forma de cocción o guisado, de los implementos, del fuego... etcétera. Es como querer hablar del mar sólo en términos de moléculas de Hidrógeno y Oxígeno o sólo en función de las nociones de “seco” y “mojado”... o sólo tomando en cuenta los litorales en los que revienta en espumas fugaces.

Tal vez, en primera (o quizás última) instancia, el problema a que a veces nos enfrentamos no radica tanto en saber o llegar a explicar qué es o qué no es la sexualidad (qué contiene, qué la conforma, regula, diversifica, perturba, inhibe, expande...), sino cómo se vive (percibe, siente, significa, simboliza e interpreta vivencialmente). Y en ese sentido, en el caso del primate humano necesitamos pensar la sexualidad (insisto) en términos de construcciones mediadas por eventos y emergencias, así como expresión de cualidades múltiples y plásticas, contradictorias, azarosas, quizás hasta furtivas... en virtud de una evolución (en la línea primate), de una historia plural (de los grupos-sociedad-especie) y de unas biografías únicas (de los individuos-sociedad-especie: los sujetos); y en función de crecimientos y desarrollos, de maduración y de deterioros, de numerosas formas de metabolismos, de aprendizajes, que hacen posibles (y modulan) las percepciones, sensaciones, sentimientos y pasiones, la excitación y los deseos, los gustos, descubrimientos, recuerdos, olvidos y sorpresas, las experimentaciones y fantasías, los sinsentidos, las obsesiones, los miedos, las frustraciones, los delirios y las más variadas influencias del otro, del abstracto ellos/ellas de lo social que conforman un ciclorama de actividad en torno al soy y al somos de los encuentros o desencuentross. Es necesario reconocer (y no olvidar) que la sexualidad del animal humano está siempre en proceso y es moldeada y texturizada por imaginarios colectivos o íntimos, tanto como por normas, regulaciones, patrones, esquemas e improntas socioculturales, influencias múltiples, por arrestos y fugas... y por un largo y probablemente ilimitado etcétera en el que, con demasiada frecuencia, los sexo-géneros y las morales meten más ruido que claridad, pero que son boyas que sirven para fijar alguna ruta o se significan como arrecifes en los que anclar alguna idea, una duda, una manera de preguntar o de abordar respuestas.

Pensar nuestra sexualidad es pensarla siempre en plural: sexualidades

1 comentario:

  1. ¿Somos sexuados o más bien sexualizados? Me gustó porque me permite entender porque puede variar tanto la sexualidad de un individuo a otro y sin embargo, conservar una esencia común a los seres humanos. La descripción es tan minuciosa que en realidad percibí, no sólo diferentes atmósferas si no distintos mundos, muchos de los cuales he habitado y otros conocido, cercanamente. Lo anterior no significa que renuncie al resto de mi sexualidad ligada a la filogenia. Felicidades y gracias por invitarnos a pensar.

    ResponderEliminar