martes, 22 de marzo de 2011

UNA CULTURA DE UÑAS ABIERTAS -cuarta parte-

[continuación]

Las culturas difieren unas de otras por las distintas formas de mirar de aquellos que se expresan, y las formas de mirar varían según cómo se experimente el transcurrir social, la política. Pienso, volviendo a los ejemplos intelectuales, en las muy distintas semánticas y en las distancias emocionales entre un Jean Genet y un Jean Paul Sartre.







No, no es tampoco la anécdota o necesariamente el tema lo que caracteriza a la cultura, sino el tratamiento que se le da al material con que se elaboran discursos y momentos; sea la palabra (escrita o hablada), la pincelada o el movimiento (callejero, dancístico o musical), y el tratamiento depende que cómo se percibe el entorno, de cómo se experimenta la cotidianidad, de cómo y desde dónde se mira. Sería un error decir que un libro, por el hecho de tratar de la homosexualidad, es producto de una cultura homosexual. No, insisto, no importa el tema sino la voz que transpira un sentir, y por tanto se construye a través de un movimiento especial, de una coreografía particular, reconocibles para aquellos que respiran y sudan el mismo código de señales; asimilando la similitud de los instantes digeridos. Ser homosexual, como ser proletario, en tanto que implica una ubicación en el discurso del poder dominante, redunda en una colocación en el tiempo y en el espacio, y por ende en una identificación. Por otra parte, ser homosexual proletario supone matices que nos hablan de rupturas, de desfasamientos, de superficies texturizadas en las que una universalidad y unicidad cultural no son más que un fantasma.



La “cultura oficial” está relativamente cómoda y puede dormir largas horas de siesta, lo que no niega su riqueza… Las culturas que se producen en los puntos de fricción, en las superficies en colisión, son culturas inquietas, siempre alertas, agresivas, necesariamente nómadas. El cambio constante es una necesidad vital, de él dependen los dos planos de experiencia: ese sobrevivir frente al discurso del poder hegemónico y ese vivir en el estar-siendo.


Una cultura homosexual supone, además, una propuesta moral distinta, y una flecha vertical que atraviesa diferentes discursos sociales asimilando rasgos de diversidad de culturas, pues une sensibilidades a través de las clases sociales y por entre las religiones y las posturas ideológicas y partidistas, e incluso se proyecta entre las lenguas y por toda las geografías de los planisferios, fundando zonas francas en las que un movimiento,, un adorno y un grito adquieren una extensión nueva, estrenando disposiciones políticas distintas, rompiendo fronteras, esculpiendo coherencias experienciales.



Pero las culturas homosexuales son, no obstante, una pluralidad más; los puntos de contacto entre ellas son descubrimientos exitosos que evidencian la guerra impuesta por los discursos dominantes e intransigentes, que sólo aceptan una moral de cuello almidonado y una productividad familiarista, que atomiza los deseos para crean una molécula artificial de placeres y propósitos.

Pero no, todo esto que digo debe ser falso, los sabios, algunos sabios dicen que la pluralidad es singular y las culturas son una sola. Afirmación suicida, porque al universalizar reducen: una cultura universal sería una cultura miope, microscópica, eternamente moribunda, habitantes de un espacio de apariencias.



Aplausos, por favor………………………………

UNA CULTURA DE UÑAS ABIERTAS -tercera parte-

[continuación]

Hoy y aquí [México, 1984], vivimos en un patriarcado que masculiniza y falocentraliza la vida; un muy buen ejemplo de ello es el propio lenguaje: en un auditorio en el que podemos contar 3507 mujeres y 1 hombre, se habla en términos masculinos, demoliendo toda posible democratización social en cuanto a sexo-géneros. Tal masculinización abre una barrera entre mujeres y hombres, podemos hablar, entonces, de una cultura masculina y de una cultura femenina: dos formas discursivas, aunque como el sistema social requiere y exige la reproducción, la normada heterosexualización de las relaciones determina una cultura oficial más o menos mestiza. Esta cultura, con acta de reconocimiento, abre nuevas barreras; ahora, entre los hombres y entre las mujeres, taladrando las experiencias y los deseos personales para delinear los núcleos marginales de las homosexualidades.



De un lado y dominando la escena con los parlamentos del discurso del poder, están los heterosexuales, divididos por sexos… del otro lado de la banqueta (permítaseme el buguísima lugar común) se escuchan los discursos de las homosexualidades, también divididos por sexos, en virtud del aprendizaje de ignorancias impuesto por la moral de temores familiaristas. Consecuentemente, nuestra vida transcurre en un tener que ir saltando de un espacio a otro, de “isla” en “isla”. Salvando barreras, las y los homosexuales tenemos que dominar la sintaxis y las estrategias de más de una cultura, para adecuar nuestros nuestros relojes al medio.

Así, podemos hablar de dos búsquedas fundamentales: la sobrevivencia a un “mundo buga” dominante, y la vivencia de “nuestro mundo homosexual”, que debe ser constantemente recreado. Y ésta es una de las más importantes características de una cultura homosexual: una mayor recreación, una movilidad incesante, en oposición a un rígido discurso de poder masculino heterosexual, que busca en lo posible perpetuarse. Una constante transformación de los puntos de  referencia, de las superficies y de los adornos. Con las mismas palabras, desde la homosexualidad se dicen otras cosas; por ejemplo, se construyen lenguajes que estrenan el humor del autoescarnio para convertirlo en vacuna que nos inmunice de los “chistes mataputos” y de los “comentarios estrangula marotas”.



Lenguaje de vivencias y sobrevivencias, dialecto-sombra amargamente risueño, divertido, doloroso, escurridizo, rápido, ingenioso, maquillado con lentejuelas y bordado con estoperoles. Un dialecto de paciencia infinita, que se transforma de pronto para volar con otros matices… multifacético e inaprensible. Y como el lenguaje, también centellean en diversificaciones y cambios el caminar y las miradas y las formas de bailar y la conquista incesante de los espacios.

¿Cómo negar la existencia de una cultura homosexual? ¿Con qué argumentos y desde qué plataforma teórica? Existe y es una cultura de uñas abiertas, que arranca sentimientos cotidianos e imprime, como cualquier cultura, sus propios significados a las cosas. No, no sólo son cultura homosexual artículos extraordinarios como Ojos que da pánico soñar de José Joaquín Blanco, ni cuadros como los de Bacon ni obras de teatro como las de Jean Genet o la pesía de Walt Whitman, sino también el gesto de triunfo caminero de aquella loca que inventa sus instantes ante el rostro horrorizado de mamá y el de aquella lesbiana que vistiendo mezclilla y corbata su figura delicada, que los abuelos ortodoxos esperan poner a la venta en el mercado familiarista de los matrimonios reproductivos.



No, la cultura va mucho más allá de un punto o una coma, de una pincelada o una sombra en un lienzo, más allá de un ensayo antropológico, psicológico o literario. Y permítanme poner un ejemplo cotidiano, que hace vomitar a moralismos intelectuales: los urinarios. ¿Para qué son en la cultura heterosexual? ¿Qué significados se les dan a los baños públicos? A partir de la experiencia de los hombres homosexuales adquieren nuevos significados, nuevos usos… no sólo compartimos con los bugas  la utilidad premeditada desde el funcionalismo del cagar y del mear, sino que los hemos resemantizado como espacios de encuentro, conquistados en la batalla fobofílica en la búsqueda de experiencias, que no por fugaces y anónimas son menos trascendentes, Y ¿eso no es cultura? ¿Eso no se refleja en cómo escribo, en cómo pintas, en cómo habla aquel chico? ¿No es cultura el adecuar necesidades y deseos a lo que existe, tanto como crear aquello que satisfaga necesidades y deseos hambrientos?



En tanto que habitantes de un mapa político heterosexual, los homosexuales elaboramos la microquímica de otras formas relacionales, abriéndonos camino con las uñas, siempre dispuesta a desgarrar las pieles que intentan asfixiar nuestro sentir. Aún en aquellos casos en los que el miedo se esculpe como huída avalando la homofobia, se germinan rasgos de una cultura propia, expectante y dispuesta a sangrar: desde el clóset se construyen estrategias para sobrevivir, pasando desapercibido y para encontrar la vida y el experimentar del deseo, sin que papá se dé cuenta y sin que el jefe de la oficina se percate de ese brillo ansioso en la pupila.



Las uñas pintadas o rotas, pulidas o llenas de tierra o grasa se abren camino a través de los problemas de clase, las y los homosexuales no somos homosexuales sólo a la hora de fajar o coger, lo somos cuando caminamos y vemos un árbol, cuando dormimos solos o acompañados, cuando estudiamos, apretamos una tuerca o limpiamos una mesa, cuando cobramos a un cliente, cuando gastamos, cuando acariciamos o cuando huimos de un perro. Y tampoco nos manifestamos como sujetos culturales sólo cuando dictamos una conferencia, cuando filmamos una película o cuando abrimos un abdomen para extraer un apéndice inflamado, sino siempre que entramos en contacto con los elementos sociales de una realidad… y eso es a cada instante, las veinticuatro horas de cada día.

Para nosotros, los homosexuales, que vivimos como virus en el contexto heterocentralizado, las horas pasan en forma distinta a como pasan para los bugas, igual como son distintos los segundos para los hombres y para las mujeres. Y de las vivencias y de las formas de sobrevivencia surgen los aconteceres y haceres culturales, siempre en movimiento, siempre devorándose y digiriéndose unos a otros, determinando nuevos rasgos, nuevos instantes, nuevas perspectivas de experiencia y de observación: formas distintas de sentir y tratar a lo que nos rodea.



UNA CULTURA DE UÑAS ABIERTAS -segunda parte-

[continuación]

Volviendo a los decimonónicos, podemos retomar el primer párrafo del trabajo “La ciencia de la cultura”, escrito por Edward B. Tylor en 1871, para constatar que, pese a su evolucionismo social europeocentrista, resultaba mucho menos reduccionista que otras voces más recientes:

La cultura o civilización, en sentido etnográfico amplio, es aquel todo complejo que incluye el conocimiento, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y cualquiera otros hábitos y capacidades adquiridos por el hombre en cuanto miembro de una sociedad.

Sin embargo, desde la perspectiva tyloriana sí parece posible negar la existencia de culturas homosexuales, a no ser que la sociedad en su conjunto se reconociera homosexual; para Tylor, las innovaciones contestararias dentro de un sistema social no eran objeto de estudio ni constituían punto de gravedad alguno.



Hoy, a más de un siglo de distancia, el concepto “cultura” sigue siendo objeto de discusión, y la imprecisión misma, en mi opinión, nos habla de la pluralidad que abarca y de la movilidad que implica. Su universalidad sólo es pensable en tanto que característica inherente a la especie Homo sapiens. La cultura, así en singular, únicamente se puede concebir en términos de comportamiento; es decir, como aquella expresión mediante la cual el animal humano se extiende y reproduce más allá de lo biológico.

Pero no tiremos al olvido las últimas palabras del párrafo de Tylor: “…cualquiera otros hábitos y capacidades adquiridos por el hombre en cuanto miembro de la sociedad”.

El ser humano, como especie invariablemente vive y se realiza en y por la sociedad (incluso aquellos ermitaños de extraño romaticismo). Pero en una sociedad revolutiva más que solucionable, y por ende, adquiere hábitos y capacidades en ella, aunque no siempre tales hábitos y tales capacidades respondan a los intereses del sistema social imperante.



En toda sociedad existe el ejercicio del poder, por tanto, se generan discursos de poder distintos. Unos y otros son parte de culturas que se imbrican, se especifican en la medida en que se enfrentan, se encuentran, se proponen y se responden produciendo realidades significativas para aquellos que las viven y las experimentan. Pero los cambios no se dan en forma lineal, continuada, determinando un proceso evolutivo de alguna manera predecible. La visión continuista y finalista fue precisamente la que caracterizó al evolucionismo social del siglo XIX, que pretendía que la cultura era una y universal, y que existía una fuerza de cambio tendiente hacia las formas y los rasgos de una realidad cultural europea.

De hecho, la oposición entre los discursos que se dan en el seno de la sociedad, habla de choques experienciales, y son las experiencias las que construyen rasgos, formas y nuevos discursos culturales. Consecuentemente, en una sociedad se van dando tantas culturas como cuadros de enfrentamiento social se producen, en función de los discursos.



Ahora bien, con frecuencia muchas de esas culturas pasan inadvertidas o se diluyen en virtud de la capacidad devoradora que tiene el discurso dominante de la cultura oficial, que busca neutralizar los efectos de un movimiento contestatario, resemantizando y absorbiendo sus formas y sus planteamientos, para digerirlos y aprovecharlos para sí mismo.

Por todo ello, ya es tiempo de mirar cuidadosamente por todas partes, y ver en las formas de caminar, por ejemplo, rasgos culturales que en un momento dado cimbren en algún punto a la oficialidad.



Pienso ahora en mi, en aquella chava, en ese japonés, en el negro neoyorkino aquel, etcétera; también el vestir y el hablar, las entonaciones, los adornos, las inflexiones de un grito, el movimiento sutil o rudo de una mano en un momento dado, son rasgos culturales; y no sólo lo son esos versos escritos en una noche de insomnio ni los cuadros pintados en la tranquilidad clasemediera de un estudio más o menos acondicionado en una calle X.

Expliquémonos la cultura a través de todo aquello que se vuelve elemento constitutivo; por ejemplo, la política, que también impregna los comentarios moralistas del profesor o del médico que atiende a la familia. Todo forma parte del movimiento, pero no es posible hablar de un solo movimiento.

UNA CULTURA DE UÑAS ABIERTAS -primera parte-

Por ©Xabier Lizarraga Cruchaga
Grupo Guerrilla Gay

Presentación
Corría el año de 1983 cuando un afamado y en aquel entonces joven escritor homosexual (Luis Zapata), autor de una obra icónica: El vampiro de la colonia Roma –obra que dejó huella en este México nuestro de amnesias y frivolidades, pero también de grandes talentos–, hizo una declaración –vía periódicos y avalada por otros– que sin duda me estimuló, me provocó, como miembro del recién creado Grupo Guerrilla Gay, a dejar clara nuestra posición al respecto… Y aproveché el texto que a continuación transcribo, para presentar a nuestro grupo en la Semana Cultural que organizara en 1984  el Grupo Orgullo Homosexual de Liberación (GOHL), en la ciudad de Guadalajara, Jalisco (México).


Dicha “Semana” se realizó en un recinto importante de la ciudad, el Museo Regional (o algo así, se llama, aunque la memoria puede estarme jugando una mala pasada). En el receso anterior a que me tocaea presentar mi texto (28 de junio de 1984), me dirigí al baño para cambiarme de ropa: me puse una camisola y unos pantalones de camuflaje, unas largas y rojas uñas postizas en la mano derecha y, como diría Truman Capote, muchísimo maquillaje… con glitter incluido. Nadie más que Luis Guillermo (que me ayudó en mi transformación) y yo mismo sabía de la existencia de Guerrilla Gay, así que nuestra “presentación en sociedad” quería que fuera espectacular.
 
Regresábamos al salón donde se llevaba a cabo el encuentro cuando, al cruzar por el suntuoso patio colonial del edificio, nos percatamos que en otro salón se llevaba a cabo la inauguración de una exposición de pintura… y había meseros repartiendo copas; Luis Guillermo y yo entramos, tomamos una copa y fuimos a avisar a los demás (jotos y lesbianas) que ahí al lado podían conseguir con qué refrescar la garganta y animarse. Es memorable la cara que pusieron los invitados a la inauguración, que por cierto presidía el Gobernador del Estado, cuando entramos primero Luis Guillermo y yo y después todo un grupo variopinto de “raritos y raritas”.

Con ese acto, Guerrilla Gay, que fue presentada como organización antes de la lectura del texto “Una cultura de uñas abiertas”, dejó bien claro el por qué de nuestro nombre.
A más de 25 años de distancia, el texto puede resultar incluso un poco ingenuo o poco argumentado, pero lo comparto porque, sin duda, es una especie de acta de nacimiento de un grupo activista… cuando el SIDA aún no tenía ese nombre y los miedos y nuevas luchas estaban por llegar. Por cierto, al día siguiente, en esa misma Semana, Luis Guillermo, médico y activista, habló sobre lo que hasta ese momento se sabía de esa amenaza que después de llamaría SIDA, y fue la primera plática sobre el tema que en México se dio fuera de un ambiente o recinto médico.


UNA CULTURA DE UÑAS ABIERTAS

No existe una cultura homosexual —sentenció un sabio.

Aplausos, por favor.

La cultura es universa —subraya otro.

¡Bravo! Más aplausos, por favor… si no es mucha molestia.



En español parece que son suficientes cuatro o cinco palabras para abolir las diferencias, para negar la pluralidad cultural.

La cultura que crearon y vivieron los chinos en el siglo VI parece ser la misma de los chinos de los tiempos de Mao (no sé qué tan felices se pongan con esto los maoistas); pero no sólo eso, es la misma cultura de los palestinos de todas las épocas y la misma de los incas y de los mexicas y de los españoles del siglo XVI y de los esquimales de Alaska y de los tchambulis de Nueva Guinea y de los… agréguenle cuantos etcéteras deseen. La cultura es una, única, y como cualquier divinidad prestigiosa (pues en esos términos se habla de ella) es indivisible. Así que yo, en lo personal, no acabo por qué se dio en EEUU tanto el jazz como la música country, ni tampoco entiendo el por qué del vals en Viena, los Beatles en Inglaterra, el son jarocho y el cante jondo… o ¿es que no entiendo el concepto de universalidad?


 Quizás no entiendo nada de nada, pero ante tales afirmaciones lapidarias, me siento como ante un almidonado discurso de un culturólogo decimonónico, cuya transparencia conceptual ilustra (en el más amplio sentido de pueda dársele al término) una política de cabezas caídas, de aceptaciones integracionistas y de inmovilidades revolutivas.
 
Me pongo a pensar, en el más absoluto desorden cronológico, en algunos nombres, y recuerdo algunas obras: Salvador Novo, Roger Peyreffite, Safo, Erik Satiè, Rainer W. Fassbinder, Virginia Wolf, Christopher Isherwood, Yukio Mishima, Emilio Prados, Miguel Ángel, Elías Nandino, André Gide, Pier Chaikovsky, Jean Cocteau, Leonardo da Vinci, Oscar Wilde, Nancy Cárdenas, David Hockney (puesto de moda en México por Televisa), Federico García Lorca, José Lezama Lima, Francis Bacon, José Antonio Alcaraz, Walt Whitman, Carlos Pellicer, Pier Paolo Passolini, Constantin Cavafis… y tantas y tantos otros ubicados en el tiempo y en el espacio ilimitados, y lamento no poder recordar (pues no se puede recordar lo que se ignora) a aquellos homosexuales, de uno y otro sexo, que sin duda escribieron, pintaron, bailaron, esculpieron, musicalizaron y dramatizaron de mil formas sus realidades en la India, en las zonas áridas de la inmensa Australia, en los fríos paisajes de Laponia, en la tupida Amazonia y en tantos otros puntos geográficos.


 














 
















Después me pregunto: ¿Sus aportaciones culturales son homosexuales? Y pienso en las formas de Miguel Ángel y luego miro los brazos de su Aurora y los muslos de su Noche, y casi me atrevo a afirmar que su preferencia sexual también intervenía (aunque Freud aún no hubiera nacido) en los golpes de cincel y martillo dados al mármol y en las pinceladas que definieron su Creación del Hombre en la Capilla Sixtina.

 


















Sin embargo, para muchos nada de esto significa que tales obras sean parte de una cultura homosexual, absorbida por la cultura oficial, y prefieren hablar de una cultura italiana renacentista; lo cual, por otra parte desuniversaliza un poco, delimitando especificidades culturales. O ¿es que alguien podría pensar que el Moisés es una obra pakistaní o azteca?

 Sin duda, es difícil hablar de una cultura homosexual, y más aún de una historia y una etnología de una cultura homosexual. Pero no, porque no existía, ni mucho menos porque la cultura sea universal. La cultura, así en abstracto y generalizada, es una entelequia. Existen culturas porque existen pueblos, porque existen épocas, porque existen geografías y ecologías, porque existen sistemas y discursos de poder, porque existen deseos, porque existen experiencias y porque existen miradas.
 
Quienes hablan de una cultura universal, exhalan un aliento cadavérico y quieren imponernos sus miedos personales, escupiendo estereotipos reduccionistas, pues sólo consideran como cultura aquello que producen los poetas de oficio, los pintores de academia, los músicos de conservatorio y demás intelectuales de escuela… De ahí que yo tomara los ejemplos anteriores.

Pero pongamos un poco de orden en este caldo de confusiones oportunistas, retomemos el concepto “cultura” para explicarlo un poco, para limpiarle las sombras de un maquillaje caricaturesco.