¡QUÉDATE EN CASA! ¿…EN CASA?

Bajo un dosel de incertidumbres y desconfianzas van muriendo los días, y en medio de engañosas coreografías, de opiniones y críticas, de propuestas y contrapropuestas se van creando y combatiendo en intrigas palaciegas… en los más variopintos hogares, que muchas veces con dolor llamamos “casa”, porque desde Palacio hasta las más escondidas recámaras de una casa, por los pasillos e incluso a través de las puertas, cada quien busca ganarse adeptos, establecer y defender territorios y, en el mejor de los casos, no sucumbir al poder de los otros... Incluso al poder incomprensible de un virus que no sabe ni de fronteras ni de espacios privados; por lo que los miedos entretejen teorías con argumentos y no pocos absurdos e ignorancias. Nos resultará siempre imposible conseguir la confección de cómodas certezas, dado que todas más pronto que tarde se desvelan peligrosas dados los repentinos vientos que se levantan en el desconcertante combate de datos que se niegan entre sí: unos apuestan por la felicidad, que cada quien define y mide a su manera, otros quizá por el fracaso anunciado de la más que criticadas estrategias preventivas… Y más allá de todo ese festival de mitos, sospechas, de demagogias y fingimientos, de dimes, diretes y contra danzas, algunos “nos quedamos en casa”, en la desesperada espera de que pase lo que tenga que pasar, mientras no nos pase a nosotros lo peor… Y cada quién tiene por válido y prioritario lo que para sí es “peor” o “mejor” o “menos malo”. 
    Muchos de nosotros optamos por quedarnos en casa y llegamos incluso a despotricar contra aquellos que no lo hacen, mientras otros refugian en un caparazón de cajas de cartón y quizá una vieja y sucia cobija, demarcando su “me quedo en casa” en la entrada cerrada de una iglesia, frente al cajero automático de un banco o a las puertas de una tienda sin fecha para abrirse a los clientes, que quizá lleguen algún día con sus miedos a cuestas... Quizá algunos otros esconden sus miedos y sus vulnerables cuerpos entre los arbustos de unos jardines, que hoy respiran los silencios, sin atreverse a llamar casa a las ramas de los árboles y cobija a las hojas y flores de las plantas. 
    La mujer, que puede y es obediente del “quédate en casa”, a sus hijos les oculta con maquillaje los golpes del marido frustrado, enfurecido, quizá enloquecido porque se siente prisionero, pues nadie debe salir y con algo —“algo” es su esposa— él debe liberar su frustración y satisfacer sus ansias patriarcales de demostrar que nada puede con él... Mientras en aquella otra casa el viejo muere poco a poco, lejos de todos y sin fuerza para ir al médico, porque el bastón y la osteoartritis no le permiten usar su coche y ya le cortaron el teléfono por no pagarlo a tiempo… Unas calles más allá, un chico homosexual es expulsado de su casa con un rosario de insultos por unos padres indignados, frustrados por frustrarles su necesidad de trascender a través de nietos… Más allá, la chica trans no encuentra en la diminuta casa de su amplísima familia, ni el momento ni el pequeño rincón que le permita ser lo que es, sin exponerse también a ser corrida con un maquillaje de moretones en la cara... Entre tanto, se complican las voces y los movimientos en iluminados pasillos y en las camas de este, de aquel y de ese otro hospital, donde el ajetreo se colapsa ante un fracaso terapéutico que termina en una muerte que engrosa la casuística, porque “no se quedaron en casa como se les ha sugerido que debían hacer”, qué gente tan imprudente... Y la fantasía esa del gobierno de “todo controlado” se borra de nuevo cuando entra en escena un nuevo caso sospechoso, para el que tampoco hay lugar ni tampoco quién pueda atenderlo en medio de este caos de pacientes, médicos y personal de enfermería, tan desprotegidos y cansados; las prisas de todos los que quisieran salvar a todos se tropiezan con las de los encargados de la limpieza y de sacar de en medio los desechos contaminados… ellos, más desprotegidos todavía, pues no son los personajes protagonistas, porque en el dramatis personae oficial se registran como “secundarios”… 
 ¡Quédate en casa! ¿Debemos quedarnos en casa cuando es en casa donde con más frecuencia la violencia nace, se expresa y se esconde? Quizá el virus llega a matar, pero a veces resulta asintomática su presencia, mientras que la violencia nunca es asintomática. Habría que aprender de los virus la estrategia de no estar vivos, con la posibilidad de estar y ser y replicarse por millones en el interior silencioso de unas células vivas condenadas a muerte o, quizá, sólo a vivir esclavizadas: indiferentes a los dramas hospitalarios y a los paranoicos meses en las casas o sus frágiles equivalentes; menos interesados en el ir y venir de conferencistas y comunicadores aburridos, que son las piezas de ajedrez en las intrigas palaciegas... Sí, habría que aprender de los virus, pero no insistamos, no nos esforcemos en vano: no somos capaces de sus desplazamientos silenciosos ni poseedores de sus magias devastadoras.

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