UNA GUERRA INTESTINA O CANIBALISMO IDEOLÓGIGO



Es sumamente frecuente e indeseable, incluso doloroso y suicida que, por más diferencias que haya entre nosotros —los maricas transgresores, jotos comprometidos, gays de bares y espectáculos, putos de cantina o arrabal y homosexuales deseosos de ser sólo alguien más en la sociedad que existe, rockeros o empresarios, leather o conservadores, travestis o hípster, folclóricos, simplemente normalizados por el orden social o incluso enclosetados de aquí y de allá— gastemos nuestra energía y creatividad para masacrarnos ideológicamente unos a otros descalificándonos y, de paso, dándole al del otro lado —buga transeúnte, periodista, juez, policía, comerciante, funcionario, padre de familia o lo que sea— el espectáculo que le reafirma en presunta superioridad moral y social.


Todos tenemos algo que decir, pero más sobre qué queremos que sobre lo que no nos gusta que quieran o sean otros, tan maricas como uno, tan necesitados de hacerse de un espacio y un entorno que le permita ser lo mejor que pueda llegar a ser… O por lo menos, intentarlo. Y no, no nos tienen que gustar todos como personas, como cuerpos apetecibles, como compañeros de vida o de profesión… ¿No se habla tanto —quizá demasiado— de diversidad? Pues apliquémonos en el cuento o asumamos que somos unos hipócritas que acomodamos a nuestro parecer qué sí y qué no es adecuado ser: no un blanco que destaca porque su tipo físico y su rostro cuadra con el canon estético impuesto por una historia —que pensamos ajena, pero que también es la nuestra– sino alguien que pase sólo como uno más, inadvertido, en medio de una muchedumbre producto de un mestizaje que no podremos jamás desmenuzar en detalle, porque seamos como seamos, todos somos producto de largas historias de mestizajes, de inmigraciones, de conquistas no pocas veces sanguinarias que hoy nos da horror —un horror más ideológico que real—, porque precisamente el orden social que presuntamente combatimos, es el que decide qué debe horrorizarnos y de qué debemos sentirnos orgullosos, aunque no lo sintamos realmente: “ser gordo es bello”, “ser negro es bello”, “ser pobre es bello”… Sí, quizá para algunos, pero no para todos, porque también “es ser discriminado u objeto de burla”; por ello, algunos se hacen paladines de los más vilipendiados y deciden obligarse a dirigir burlas y a discriminar a quien no lo es eso que “es bello” a cambio de que “no sea bello” lo que la mayoría mal que bien reconoce que sí está en su parámetro de lo que es la belleza. Finalmente, todos somos de una u otra manera susceptibles a ser el blanco de las críticas y las burlas, el blanco contra el que disparan aquellos que desahogan sus frustraciones en los que, sin reconocerlo, algo les envidian… Habría que ponerse a reflexionar un poco más sobre por qué, cuándo, cómo y con qué argumentos descalificamos a otro y no nos descalificamos a nosotros mismos.


A mí me gusta la música, pero no toda, y no me gusta nada la que a otros les parece que es la mejor de las formas musicales, como el punk o el para mí idefinido punchis punchis, que sé que a otros les hace vibrar y sentir algo que quizá yo consigo con Heitor Villalobos, con Patxi Andión o con la música ranchera; pero es que, como yo soy muy rara —rarísima, como pienso que es cualquier otra jota que se digne a ser como es y no finja por pose— a mí me gustan los hombres, pero no todos, y me gustan bien dotados (para lo que se dejen y presten), pero no me gustan los musculosos, los muy velludos —aunque he sido capaz de disfrutarlos, y mucho—, tampoco me atraen los muy altos y los pelirrojos, características que sin duda a otros les resultan auténticos bocato di cardinali —lo de Bocatii di Cardinale es producto de una historia más cinematográfica que lingüística [https://fraseomania.blogspot.com/2018/bocato-di-cardinale.htm]—; de hecho, yo prefiero una noche (mañana o tarde) de placeres con una loca quebrada que con una musculoca, y aunque no me entusiasman ni una ni otra, les reconozco potencial, que otros disfrutarán, como dice la canción: si les dejan.


Pienso que los activistas hemos logrado cosas, pero también hemos cometido errores y, peor aún, hemos creado monstruos ideológicos (o nos hemos convertido nosotros mismos en ellos). En un afán por ser académicos, incluso hemos creado conceptos que tal vez nos desbordan y envenenan; hablamos, por ejemplo de heteronormatividad para aludir que las normas sociales, nociones civiles, legales y políticas tienen como centro una perspectiva heterosexual, dado que cuando una pareja heterosexual sabe que va a tener descendencia, ni por equivocación piensa en momento alguno, que podría no ser también heterosexual, que quizá no le interesará o no podrá hacer trascender genéticamente un linaje parental… Y de ahí en adelante, cuando una ley, una norma, una institución se refiere a vínculos emocionales, afectivos, predomina la idea —sin abrirse a otra posibilidad— de la relación mujer/hombre (o dicho con mayor precisión biológica: hembra/macho, porque también se excluyen a aquello que no lo son, los llamados intersexuales —aunque este término sea reduccionista, binomial, sostenedor de que el principio es el binomio hembra/macho y lo demás sólo formas “intermedias”—). Sin embargo, de esa noción de heteronormatividad ha derivado la presunta homonorma y después la homonormalidad, en principio para subrayar que en ese activismo de hoy, convertido en una auténtica sopa de letras e identidades fusionadas y confrontadas, ha primado más el discurso de los hombres homosexuales que el de otros colectivos (lesbianas, bisexuales mujeres y hombres, conglomerado trans y demás, hasta el queer de “identidad no identitaria” [sic]); y de entre los hombres homosexuales, el de los hombres de clase media, presuntamente “clasemedieros” o más —sin reconocer que para querer disfrutar de bienes y servicios se necesita dinero, pero no necesariamente ser de clase media o de plano rico). Y sí, los hombres homosexuales somos los más visibles, incluso los que no se ajustan a los cánones estéticos y económicos, quizá porque somos más o porque aprendimos a gritar más fuerte o estábamos más hartos de que fuéramos por lo mismo más los susceptibles de sufrir no sólo la represión policiaca y familiar sino el escarnio público… Recordando que, para el sistema oficial, hasta hace apenas pocos años, las personas trans eran catalogadas como jotos; con lo que los agredían por violar las normas y no disfrutar de los “privilegios de ser hombres” en un sistema misógino… De ahí que, primero hay que reconocer que la homofobia, la transfobia, la bisexofobia e incluso la “intersexualofobia” —si se me permite el término— y las confrontaciones fratricidas hunden sus raíces en las arenas movedizas de la misoginia.


La confrontación, sin embargo, no termina ahí, porque no se trata de meras escaramuzas de históricas tradiciones machistas, sino de una declarada guerra fratricida, de un canibalismo revanchista —devorando a quienes no responden como nosotros o a quienes se les tiene envidia o rencor, declarada de facto cuando se mete en el insaciable saco de “lo indeseable” todo aquello que no se ajuste a la perspectiva de unos, cuando se piensa que se tiene la razón de cómo debe vivirse, de qué debe hacerse y cómo debería ser el mundo que, más que construir, se quiere simplemente remodelar a modo: si no me gusta, no es bueno, es en esencia el lema inconsciente que desata la desconfianza y tanto rechazo, con un sustrato no reconocible de desprecio motivado por la envidia. A las fobias generadas por el sistema heterocéntrico se han ido creando en nuestro reducido mundo que busca expandirse, fobias en función de si se es más o menos amanerado o de movimientos y haceres finos, pequeño burgués, de piel blanca o de ascendencia europea (que los hay morenos), con gustos por el consumo, por la música que no rompe los oídos y que puede trasportarnos con melodías suaves… Las fobias parecen haber conseguido hacerse de una fábrica entre nosotros, pero como cada quien tiene y defiende las propias —sin reconocerlas como fobias— se transforman en municiones y bombas para una guerra más suicida que reivindicativa; por mucho que se pretenda otra cosa, el querer dar lección de cómo debiéramos ser, es una declaración de guerra.


No faltará quien diga, basándose en algunos dichos, pero no en hechos, que yo mismo soy parte de ese problema bélico por mi oposición al clóset, por mi insistencia al decir que no hay ningún derecho al clóset, porque éste no es para proteger la vida privada e íntima de la gente sino para proteger su vida pública. Sin embargo, mi lucha no es contra los individuos, contra aquellos que padecen miedos aprendidos y reproducidos, sino contra una institución impuesta: el clóset no es una creación homosexual, es una imposición de un sistema homófobo, como también el “vestir decente y andarse con recato” es una institución impuesta a las mujeres por los hombres heterosexuales que buscan cualquier resquicio para justificar su sed de imponerse, dominar y poseer, pues toda guerra es contra las personas, porque las ideas son las excusas y las municiones.


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