REÍR… AUNQUE NO HAYA DE QUÉ

La situación en este pedazo de mundo en el que estoy, del que formo parte, a veces a contracorriente y otras veces por inercia, la cosa no está para reírse, pero por ahí hay varios, más que varios, muchos que se ríen, pero que se ríen sin gracia, sin estilo y sin dignidad, y se ríen sin saber de qué… Quizá ríen para engañarse a sí mismos y hacerse creer que si no todo va bien, con que ellos vayan (a donde sea y como sea) es suficiente: si no te gusta lo que hay, búscalo en donde pienses que lo haya, y que tengas suerte, porque la escasez es mucha y la risa necesita también alimentarse.


Es difícil no reírse, sin embargo, de los que se ríen cuando no tienen de qué, cuando se los están llevando poco a poco a ninguna parte para que se extravíen en el abandono y la más miserable experiencia de sobrevivir apenas; pero no me reiré de ellos ni de nadie que no me resulte verdaderamente ingenioso y con talento para hacer reír, aunque se lo esté llevando la desilusión y la confusión, porque la realidad, en realidad no hay quién la entienda… Y si uno, además, es un marica contestatario, con humor vitriólico, capaz de reírse de sí mismo, aunque le duela aquí, allá y por cualquier parte visible u oculta, más por mandato que por pudor, pues el recato tiene poco y nada de interesante, y mucho menos de divertido: el tedio hecho norma y la norma construida a golpe de imponerles a los demás los propios tedios. Por eso, ésta loca no está loca sino solamente muy alocada, porque así es y porque alocándose es más divertido vivir en tiempos de pandemia.


¿Deprimido? Sin duda, como amerita la situación, como obliga la indecencia de quien no sólo se está quedando sin dientes sino también sin hojas en el calendario; pero hay que reír, porque si lloramos quizá mojaremos con esa lluvia medio salitrosa las hojas de los otros calendarios y ya no alcancemos a florecer en los mañanas que anuncian… contra todas las neuróticas y repetitivas predicciones apocalípticas que no dejan de aparecer aquí, allá e incluso en lugares inexistentes como el Infierno y el Cielo Vengador.


Las pandemias nunca nos han abandonado, porque siempre están presentes en algunas de sus manifestaciones, muchas veces engañosas, pues se presentan en muy distintos modelos y bajos diversos maquillajes con los que engañan a cualquiera: la vejez también es una pandemia incontrolada que amenaza desde siempre, como ninguna otra, con llevarse de corbata a la vida de aquellos que caen en sus garras, aunque otros caen en la misma fosa de la inexistencia mucho antes de llegar a viejos, y esa es otra pandemia de los azares lamentables. Sin embargo, para una loca que ha conquistado la dignidad de ser lo que es importándole un rábano lo que opinen otros, las pandemias tienen que vivirse a golpe de sentido del humor, aunque estés en el más obscuro y profundo pozo depresivo: sin humor y sin risas, el futuro carece de sentido, incluso cierra puertas y ventanas, levanta muros y rejas, encarcela… lo que es mucho peor que los confinamientos a los que nos orillan las profilaxis médicas. Hay que reírse incluso de las pandemias como el SIDA y el Coronavirus –no sé si se rieran con la Peste Negra o la Influenza Española–, pero ahora sí hay que reír, reírse sin tomarse las pandemias a broma, porque no lo son. Ello hace que los cómo reír, cuándo y por qué o de qué o de quiénes sean difíciles de precisar, incluso de comprender; pero si hay que encerrarse en casa, uno se encierra y se ríe, se burla del afuera y de las tonterías de otros; que uno se deprime, pues se deprime en Do mayor y con acordes de réquiem, pero asegurándose también que forme parte del elenco y de la trama, del espectáculo todo, un coro de risas y bromas y chistoretes, aunque a otros les enfurezca… Y que cada quien se ría como pueda; y más les vale que puedan, porque es de lo más sano, y más aún en tiempos de crisis sanitaria.


Reconozco que hay momentos, y no pocos, en los que no tengo nada de ganas de reír, pero no me atrevo ni me permito llorar, y busco en todas partes, incluso en lugares improbables o inexistentes, un motivo, algo, una migaja o un pétalo de flor que me ayude a reírme, incluso de lo mal que lo estoy pasando, de ese dolor punzante en y desesperante en la boca, de ese dolor taladrante y persistente, crónico, en la espalda, y de ese dolor paralizante, ocasional pero que asusta, que de pronto se apodera me mi mano… Y para más enjundia, de la mano derecha que es la que más uso, incluso para actividades orgásmicas en solitario.


En fin, si no hay otra cosa, tendré que reírme de la catástrofe de ser quien soy en el momento actual, aún con muchos derechos negados por la mentalidad mediocre y acre de los prejuicios y las ignorancias, un momento sazonado este año con Covi-19, cuando tengo casi 72 años (ya mero, dentro de cinco días) y no pocas catástrofes y deterioros aquí y allá, por dentro, por fuera y quizá hasta en la periferia de esta loca que insiste en ser lo que es: la loca más necesaria de mi vida.


Riamos, pues, que sobra tiempo para lamentarnos y más para hacer llorar a los demás, si es que queda algún “demás” que no prefiera, como debería, reír en vez de llorar.


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