miércoles, 12 de mayo de 2010

Primera parte:HOMOFOBIA: PATOLOGÍA Y AGENTE PATÓGENO




Por Luis Guillermo Juárez Martínez
(IMSS-Monterrey, N.L.)

y
Xabier Lizarraga Cruchaga
(Dirección de Antropología Física-INAH)






“El lenguaje opresivo hace algo más que representar violencia: es violencia.

Toni Morrison.


Los agentes patógenos y, en consecuencia, las enfermedades, suelen arraigarse en los cuerpos (tanto de los individuos como de los sectores poblacionales y los grupos-sociedad-especie) mucho antes de que sean detectados-identificados-diagnosticadas (reconocidos y reconocidas como tales). Las enfermedades, por tanto, resultan más letales cuanto más presentes y menos identificadas (o concebidas) son, dado que, con frecuencia, su fuerza devastadora llega a ser directamente proporcional al tiempo que tales fenómenos (agentes y enfermedades) permanecen actuando sin ser reconocidos. En la medida en que una enfermedad -se conozca o no su particular historia bio-social y su desarrollo- se hace presente en el contexto social y en el ánimo de los sujetos, a través de la noción misma de patología y del establecimiento de un posible agente (o factor) patógeno, los padecimientos devienen no sólo en síntomas bio-médicos, sino también en perturbación, desgarro y deterioro del entramado de las relaciones (e interacciones) que conforman las redes sociales de intercambio del sujeto social con sus núcleos relacionales (parientes, amigos, compañeros de escuela o de trabajo, congregación religiosa, etc.) y con las organizaciones e instituciones sociales (la familia, la escuela, la iglesia, la ley, el ejército, etc.).



Sólo en la medida en que las redes se deterioran o rompen y que una enfermedad deriva en (des)concierto social, ésta adquiere significancia, motivando reacciones plurívocas (acompañadas de creencias, opiniones y actitudes), y posteriormente, provoca el planeamiento de estrategias y propuestas de acción (a modo de programas) que permitan o intenten su control, su prevención y/o su tratamiento.


Desde muy diversas perspectivas -microbiología, virología, genética, a la par que psiquiatría y psicología, por sólo mencionar cinco de múltiples posibilidades-, los grupos sociales, en sus devenires históricos, han construido e institucionalizado saberes capaces de identificar -o cuando menos, imaginar y concebir- un sin número de enfermedades; mismas que pueden, tras ser definidas y evaluadas a partir de un discurso hegemónico, ser consideradas y tenidas como:


· transitorias o crónicas,

· más o menos preocupantes,

· raras o comunes,

· endémicas, epidémicas, pandémicas o aisladas,

· significativas o no-significativas (estadísticamente hablando),

· históricas o emergentes, etc.


Sin embargo, esa posible categorización hunde sus raíces (y razones) en la previa identificación del agente (o las causas) que hacen posible el padecimiento, así como en sus vías y maneras de desarrollarse o propagarse y el grado en que llegan a comprometer al sistema en su conjunto (sea el del organismo afectado, el del grupo-sociedad-especie o ambos).




LAS ENFERMEDADES COMO SINÓNIMO EMOCIONAL DE TEMORES SOCIALES


Desde un pensamiento simple, que parte del principio disyuntivo y binomial de la dinámica unidireccional y unívoca de causa→efecto, suponemos que conocer la causa (casi siempre pensada en singular) de una enfermedad nos permite llegar a conocerla in toto e idear estrategias para combatirla. De ahí, se suele pasar a experimentar y estudiar en y con los individuos las posibles maneras de anular síntomas, signos y efectos (o las posibles consecuencias/resonancias sociales). La urgencia y la prisa por conocer no sólo los agentes patógenos sino también el desarrollo (en el paciente y en el grupo) del padecimiento, depende, no obstante, de cuánto alarma al orden y perturba a los discursos hegemónicos. No preocupa igual un padecimiento con baja tasa de mortalidad, que otro con más altas tasas; tampoco preocupan tanto las enfermedades no-infecto-contagiosas y con una baja frecuencia, que las que se expresan con elevados índices de propagación entre individuos-casos (sea por vías naturales: agua, alimentos, aire, etc. o por contacto físico directo o indirecto entre los que la padecen y los susceptibles de ser afectados); por lo general preocupan más las de origen viral que las bacterianas (en la medida en que estas últimas suelen ser controlables vía antibióticos); y de las que podemos calificar de mentales, asustan más aquellas que perturban/fracturan la lógica y las dinámicas de relación individuo-entorno-orden social. La alarma que activa un agente patógeno o una enfermedad depende, por lo mismo, del tipo o modalidad; por lo que, de ello, también dependerá la atención que se les preste, tanto a la expresión patológica como a los afectados (eufemísticamente llamados pacientes).


Ahora bien, para identificar, diagnosticar y finalmente comprender una enfermedad, es necesario centrar la atención no sólo en la observación y el registro de su capacidad de devastación orgánica o funcional, sino en los sentidos que adquiere y de las direcciones y significaciones de sus cualidades. De ahí, que sea necesario singularizar y evaluar detenidamente los cómo, porqué, cuándo y dónde estudiar sus rasgos, su fuerza o virulencia y sus particularidades y detalles; aquello que nos permita también clasificarla en una o varias categorías distintas, en virtud de una amplia y plural taxonomía prevista (ideada), misma que siempre deriva de un tipo de mirada y de un discurso especializado... v.g. enfermedades renales, coronarias, inmunológicas... somáticas, mentales... congénitas, hereditarias... infecto-contagiosas (virales, bacterianas... de transmisión sexual...) y un etcétera inacabable.


En torno a todo ello, se generan otros muy diversos discursos y, por consiguiente, múltiples maneras de responder ante el hecho y frente a los afectados (y a las conductas de éstos). Al respecto, no olvidemos que con frecuencia, como lo ha subrayado en repetidas ocasiones Susan Sontag, la enfermedad deviene en metáfora, y los estragos (sociales y personales) de la misma, no sólo son atribuibles al padecimiento en sí, sino también (e importantemente) al tratamiento social -y por tanto, también médico- que el discurso modela, permea o trastoca. Como la lepra, la sífilis y el mismo SIDA, numerosos trastornos (léase: padecimientos o enfermedades) se ven transformadas en blancos de una moral social de tintes ideológicos, a partir de prejuicios y miedos indefinidos pero concretos. Por consiguiente, la noción misma de enfermedad, muchas veces, termina por generar una idea borrosa de salud, de lo sano y lo enfermo o patológico; idea que, no obstante, sirve de plataforma (o de excusa) para normar y dirigir corrientes de pensamiento, políticas sociales y actitudes en el devenir cotidiano y en el intercambio en las redes sociales de convivencia.

continuará...



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