jueves, 13 de mayo de 2010

Segunda parte: HOMOFOBIA: PATOLOGÍA Y AGENTE PATÓGENO

Muchas enfermedades han sido pensadas (y materializadas en un corpus médico) a partir de nociones que, más que sustentarse en aspectos biológico-funcionales o psiconeurológicos, por ejemplo, derivan de creencias, de supersticiones e ideologías, de una determinada y rígida (más que rigurosa) manera de concebir un orden social que deviene hegemónico. Un ejemplo histórico (y puntual) de ello, lo encontramos en la noción e imagen que se ha tenido (y se tiene) de la homosexualidad ⎯o de las conductas de tipo homosexual⎯, que de abominación y pecado (en tiempos bíblicos y hasta el siglo XVIII) pasó a ser vista y tenida como delito y finalmente (a partir del siglo XIX) concebida y tratada como enfermedad (psicopatología, en términos de Frafft-Ebing) o algo semejante (neurosis, desviación o detención del “normal desarrollo psico-sexual del individuo”, etc.). Concepciones de corte médico que, incluso hoy por hoy, subyacen en el ánimo social y, con frecuencia, en el discurso y tratamiento político (casi siempre con tintes religiosos) o académico, sin que ningún tipo de acercamiento al fenómeno (serio y riguroso, no permeado por valoraciones ideológicas de corte judeo-cristiano) sustente tales ideas, y menos aún, permita sostener afirmaciones de ese tipo y calibre, por lo que no sirven de base para las acciones de tipo terapéutico que absurda y fraudulentamente se proponen. No obstante, tal vez debiéramos reconocer que había un fondo de coherencia en tales construcciones ideológico-académicas, en la medida en que se piensa que es pecado, delito o enfermedad todo aquello que inquieta y altera al orden que rige y regula a los grupos sociales, porque ponen en duda (si no en entredicho) al mismo orden social hegemónico y, consecuentemente, pueden devenir en amenaza que mine sus cimientos... sin importar realmente que el fenómeno a considerar, en cuanto tal, perturbe o no al individuo y derive o no per se en un estado de no-bienestar.


Reconozcamos que las enfermedades son, en primera y última instancia, concepciones (nociones) sociales/culturales/lingüísticas, que subyacen en las maneras y posibilidades de ver, comprender y explicar al mundo (y a los yo, que cada uno de nosotros es, y al otro que son los demás), y no realmente constituyen realidades unívocas que necesariamente trastornan las maneras de vivir y vivirse como organismo. De ahí que la enfermedad y el padecer (sufrir) sean objeto de investigación antropológica de pleno derecho: forman parte constitutiva y significante del fenómeno humano (de nosotros como especie, como sociedad, como resultados de una historia socio-cultural y de innumerables biografías).


La enfermedad, más que el propio padecimiento, pertenece al universo de una realidad formal, por lo que, si bien es un innegable tipo de afección, siempre es, a la par, una significación sociocultural de una serie de eventos, situaciones, síntomas, signos y procesos endo-exogénicos. La noción misma de enfermedad ⎯y por tanto, de salud⎯, finalmente resulta altamente escurridiza, en la medida en que desborda a los individuos que viven los (posibles) trastornos que se le asocian; y los discursos médicos (sanitarios) de salud, se aferran y ajustan a nociones más o menos rígidas (quizás estrechas), buscando las más variadas explicaciones que permitan validar que algo pensado como enfermedad, lo sea, aunque realmente pueda no serlo.

Siguiendo con el ejemplo de la homosexualidad, cabe subrayar que no es hasta la década de los 70, cuando la Asociación Psiquiátrica Americana (APA) ―institución hegemónica― borra de la lista de trastornos mentales a la homosexualidad (en su DSM-III ), y hasta 1990, que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ―otra institución hegemónica― le hace eco... aunque el fantasma de la previa patologización persista hoy en día. La idea de la homosexualidad como enfermedad está fuertemente arraigada en el ánimo y en el pensar, tanto de muchos de los mismos homosexuales como de numerosos profesionales de la salud; y más aún en el resto de la población, que ha aprendido a temer a la homosexualidad tanto o más que a la legendaria peste medieval. Ello, deriva en un sin número de imaginarios sociales y de conductas colectivas en las que subyace el miedo a una explosión demográfica de homosexuales-amenaza; miedo acrecentado por las mitologías generadas a partir de la emergencia (e inmediata mitificación) del SIDA.

Esta historia de fantasías y miedos alimentados y matizados a lo largo del tiempo, en el contexto de las sociedades de tradiciones greco-latinas y judeo-cristianas, deriva en categorizaciones patologizantes y en prescripciones médicas en relación a la homosexualidad, que a su vez deviene en la generación de un trastorno psico-afectivo, que ni la APA ni la OMS han tenido a bien prestarle atención (por lo menos, no con la seriedad que amerita): la homofobia. Un trastorno emocional que, también en la década del setenta, ya George Weimberg reconocía y denunciaba como un trastorno psíquico que demandaba tratamiento psicológico, como una patología.

Desde la perspectiva de la Antropología del Comportamiento, es posible apoyar y defender la tesis de Weimberg. Independientemente de que se lleguen o no a precisar cuadros o patrones generalizables de las emociones y conductas de los homófobos, y que se discutan de una u otra manera posibles explicaciones (o incluso avales) de carácter ideológico, moral, político o legal para las reacciones y respuestas homófobas en una sociedad dada, podemos apuntar hacia una definición bastante precisa de este fenómeno, en términos de miedo irracional hacia la homosexualidad, hacia las conductas homosexuales y hacia los homosexuales. Lo que, incluso en el discurso médico hegemónico occidental debe verse (y tratarse) como un trastorno similar (en su estructura psíquica base) a la aracnofobia, la claustrofobia, la acrofobia o cualquier otra fobia... de ahí que el término homofobia acuñado por Weimberg (que puede ser discutido en términos lingüísticos), hace referencia a reacciones, actitudes y conductas no sólo permeadas por… sino emergentes de… un miedo no sólo irracional, sino persistente y obsesivo.

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